A 25 años de los atentados, la ciberseguridad enfrenta un desafío distinto al de 2001: ya no basta con conectar los puntos dispersos, sino distinguir cuáles son reales en la era de la inteligencia artificial (Imagen Ilustrativa Infobae)

Este 11 de septiembre, cuando se cumplen 25 años de los atentados de 2001, volvemos inevitablemente a las imágenes de las Torres Gemelas, al impacto sobre la política internacional y a la transformación que aquel ataque produjo en la forma en que los Estados entendían la seguridad. Sin embargo, hay una lección de aquel día que adquiere una dimensión diferente cuando se la mira desde el mundo tecnológico actual.

Después de aquella trágica jornada de 2001, una de las conclusiones a las que arribó la Comisión que investigó los atentados, fue que buena parte de la información necesaria para advertir la amenaza ya existía, pero se encontraba dispersa entre organismos que no compartían adecuadamente sus datos ni contaban con una estructura capaz de convertir esas piezas fragmentadas en una visión común. El problema no fue pues, la ausencia de información, sino la incapacidad para conectarla y poder analizarla a tiempo.

Veinticinco años después, la situación parece casi inversa. Contamos con más información que nunca, sistemas capaces de procesarla en tiempo real y una inteligencia artificial que puede producir imágenes, voces, documentos y videos prácticamente indistinguibles de los reales. Ahora, sin embargo, debemos lidiar con una dificultad distinta: separar los datos útiles de los que fueron manipulados o fabricados para influir en nuestra interpretación de los hechos, y también, poder establecer cuáles merecen atención y cuáles fueron creados deliberadamente para alterar nuestra percepción de lo que está ocurriendo.

Es allí donde la ciberseguridad adquiere una dimensión mucho más amplia. Durante años fue entendida principalmente como la protección de sistemas, redes y datos frente a accesos no autorizados. Hoy también debe ocuparse de que la información utilizada para decidir sea confiable. Una organización puede tener sus servidores funcionando y, sin embargo, estar operativamente comprometida si sus responsables reciben datos falsos, si sus sistemas muestran información manipulada o si la población deja de confiar en las comunicaciones oficiales.

La discusión energética que está atravesando Estados Unidos ofrece una demostración concreta de este cambio. En agosto, el presidente Donald Trump declaró una emergencia nacional vinculada con la seguridad del sistema eléctrico de alta tensión y puso el foco en los riesgos que pueden derivarse de determinados equipos importados, incluyendo componentes digitales, software, firmware y mecanismos de acceso remoto. La preocupación no es solamente que alguien pueda apagar una central eléctrica. También existe el riesgo de que una vulnerabilidad permita alterar mediciones, ocultar fallas, retrasar una respuesta o introducir información falsa en los sistemas que coordinan una infraestructura crítica.

El tema adquiere pues, aún mayor relevancia porque la inteligencia artificial está multiplicando la dependencia de la energía. Los centros de datos que sostienen la nueva economía digital necesitan cantidades extraordinarias de electricidad y, al mismo tiempo, concentran información, capacidad de cómputo y servicios esenciales. Así, Estados Unidos ya está tratando la relación entre IA, energía y seguridad como un asunto estratégico, y no simplemente como un problema de infraestructura.

Esto modifica también la naturaleza del poder ya que una infraestructura crítica puede ser atacada sin que un misil atraviese una frontera y una sociedad puede ser desestabilizada sin que sus ciudadanos sepan inicialmente que están siendo atacados. De igual manera, una interrupción eléctrica coordinada con un ataque informático sobre telecomunicaciones, una campaña de desinformación generada mediante inteligencia artificial, o la circulación de una falsa comunicación oficial podrían producir un efecto mucho mayor que cada una de esas acciones por separado.

En ese escenario, la disponibilidad de un servicio ya no alcanza como criterio de seguridad. También importa que los datos que lo describen sean auténticos, que las alertas no hayan sido manipuladas y que las instrucciones recibidas durante una crisis provengan de una fuente confiable. La resiliencia de una red eléctrica, de un hospital o de un sistema financiero depende tanto de su capacidad para seguir funcionando como de la posibilidad de saber qué está ocurriendo realmente dentro de ellos.

Por eso, quizás una de las principales enseñanzas de estos 25 años sea que el próximo gran ataque no necesariamente se parecerá al anterior. No basta con mantener en funcionamiento las infraestructuras, sino que debe preservarse la información que permite operarlas y tomar decisiones sobre ellas. Energía, datos, telecomunicaciones, inteligencia artificial y comunicación pública forman parte de una misma arquitectura de poder.

En 2001 el desafío no alcanzado fue conectar los puntos dispersos. En 2026, además, tendremos que aprender a distinguir cuáles son reales y cuáles no, y asegurarnos de que las decisiones más importantes se tomen sobre esa base.

Así, proteger tanto los sistemas que mantienen una sociedad en funcionamiento como la confianza en la información que le permite a ésta actuar se alzan hoy, como las nuevas fronteras de la ciberseguridad.

El autor es Director Instituto de Integración Regional y Gobernanza Global - UCES y Director Ejecutivo del Centro de Estudios en Ciberentornos y Sociedad Digital - BTR