En la conmemoración del Día de la Agricultura, la discusión técnica sobre el devenir del sector productivo nacional trascendió la coyuntura de una campaña o un cultivo puntual.

A tres décadas de la adopción masiva de la siembra directa en el país, el debate central que convoca a especialistas e instituciones se enfoca en una pregunta estructural: ¿cómo garantizar la productividad agrícola durante los próximos 30 años sin erosionar la capacidad del suelo?.

La inquietud guió la jornada de intercambio entre el titular del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), Nicolás Bronzovich, y el referente de la Universidad Estatal de Dakota del Sur, Dwayne Beck.

Durante el encuentro, el investigador norteamericano, reconocido por su labor en el centro experimental Dakota Lakes Research Farm, planteó la necesidad de superar la dependencia exclusiva de insumos tecnológicos para avanzar hacia el diseño de esquemas integrales.

Según su análisis, el futuro de la actividad requiere comprender y reproducir las dinámicas de los ecosistemas naturales.

El paralelo entre las praderas de Dakota del Sur y la Pampa Húmeda sirvió como eje explicativo.

Ambas regiones compartieron originalmente biomas de grandes pastizales con climas continentales y suelos de elevada fertilidad.

Rediseñar el sistema desde la raíz

En esos entornos, las plantas nativas desarrollaron entramados radiculares profundos y variados que capturaban agua y nutrientes mientras estimulaban la microbiología del subsuelo.

La agricultura moderna, por el contrario, tendió a simplificar la matriz productiva concentrándose en pocas especies y ciclos vegetativos breves.

La siembra directa constituyó una bisagra histórica al erradicar la labranza continua y preservar la estructura física del terreno.

No obstante, Beck sostuvo que el escenario actual exige evolucionar desde una práctica conservacionista aislada hacia una gestión sistémica.

En los ensayos de largo plazo conducidos en Dakota Lakes, la eliminación de arados se combinó con rotaciones diversificadas que incluyeron trigo de primavera e invierno, maíz, sorgo, girasol, canola y legumbres como arvejas, lentejas y garbanzos.

Este esquema posibilitó suprimir el barbecho, elevar la infiltración hídrica natural y recortar la dependencia del riego por aspersión.

La premisa operativa establece que un suelo permanentemente cubierto y con raíces vivas retiene con mayor eficiencia el agua de lluvia para las fases climáticas críticas.

Cobertura continua y diversidad biológica: Mantener el suelo verde con plantas en activo crecimiento ayuda a capturar energía solar, retener humedad en el perfil y nutrir la vida del subsuelo durante todo el año. (Foto: INTA).
Cobertura continua y diversidad biológica: Mantener el suelo verde con plantas en activo crecimiento ayuda a capturar energía solar, retener humedad en el perfil y nutrir la vida del subsuelo durante todo el año. (Foto: INTA).

Los cuatro pilares del ecosistema y el manejo biológico

El modelo propuesto por Beck se sostiene en la administración coordinada de cuatro procesos ecológicos esenciales.

En primer término se ubica la dinámica del agua, enfocada en maximizar el ingreso en el perfil, disminuir la evaporación y elevar la materia orgánica para consolidar la reserva hídrica.

El segundo factor es la captura de energía solar mediante la fotosíntesis continua, fijando carbono en el suelo.

El tercer pilar comprende el balance estricto de nutrientes para reponer las extracciones acumuladas en cada cosecha.

Por último, el desarrollo de la biología edáfica actúa como garante de resiliencia frente a adversidades climáticas y biológicas.

Desde este enfoque, problemas habituales de la producción como la proliferación de malezas, plagas o enfermedades dejan de tratarse únicamente mediante intervenciones químicas puntuales y se analizan como desequilibrios de la rotación.

La experiencia de más de veinte años en Dakota Lakes sin aplicaciones masivas de insecticidas de cobertura demuestra que la biodiversidad favorece la autorregulación mediante organismos predadores y hongos benéficos.

Un abordaje similar requiere la compactación del terreno. Para el especialista estadounidense, la labranza mecánica para romper capas duras constituye una respuesta coyuntural sobre las consecuencias sin alterar la causa. La remoción rompe la continuidad de los poros y promueve una compactación mayor tras el paso de la maquinaria.

La alternativa consiste en estructurar el suelo biológicamente a través de raíces diversas con diferentes profundidades y patrones de crecimiento.

El diagnóstico compartido por el INTA subraya que la sostenibilidad del potencial agrícola pampeano exige integrar la actividad primaria con cadenas de valor locales.

La exportación directa de granos representa una salida constante de minerales del ecosistema. Por ello, la integración con la ganadería y la producción láctea facilita el reciclaje de nutrientes en el propio territorio.

El camino trazado para las próximas décadas depende de la sinergia entre el sistema científico-tecnológico y la experiencia de los productores.

Mientras organismos públicos como el INTA y las universidades aportan investigación genética y modelos edáficos, la red de establecimientos productivos valida la viabilidad económica y logística de los esquemas diversificados.

La transición busca consolidar un modelo que, en lugar de forzar los ciclos naturales, se apoye en sus dinámicas para preservar la fertilidad del suelo.