I En una carta sin fecha, Oscar del Barco le cuenta a Carlos Riccardo de Orión, el último libro de poemas en el que se encuentra trabajando y le aclara: le agregué algunos poemas (en el último los ángeles son vos y Daniel, aquella nada que camina con peyote encima) y corregí de nuevo algunos versos. La edición de Orión es de 2015, pero lo comenzó a escribir en 1976, durante el exilio mexicano en Puebla. Luego de regresar al país, lo finalizó en Córdoba en 1985. En la versión final, un ángel aparece en los primeros versos del último poema: De la flor con sus propias flores en la nube, / del ángel que a través de todo nos alienta, / de los niños jugando a la fantástica alegoría del mundo. Cuando Carlos Riccardo tenía diecisiete años, encontró un libro publicado por la editorial Caldén y le llamó la atención un título que decía Antonin Artaud. Textos revolucionarios 1923-1946. Autor que ya había sido incorporado al imaginario de los jóvenes porteños de los setenta y del propio Carlos, a partir del disco que Spinetta había sacado con Pescado Rabioso, Artaud. En Argentina ya existía un interés por Artaud, sobre todo a partir de las ediciones promovidas por Aldo Pellegrini en Editorial Argonauta. Pero en el libro que el joven Carlos Riccardo tuvo en sus manos encontró una lectura de Artaud diferente a la de Pellegrini, una lectura más cercana al grito: el grito es la unidad, lo que irrumpe es la unidad, un mundo, una sociedad, un cuerpo que no representa nada, se leía en una frase del final del prólogo que acompañaba la edición de Caldén. El nombre que firmaba ese prólogo era de Oscar del Barco y era amigo de un amigo de su familia. Pidió su dirección y le envió una carta. Así, a través de la correspondencia, comenzó un vínculo que signó ambas vidas. Viajes del peyote recoge esta experiencia de amistad atravesada por la escritura y el enteógeno del desierto mexicano. Se trata de la amistad entre Oscar del Barco y Carlos Riccardo en dos espacios de escritura donde sus vidas y sus textos se cruzaron. Por eso, en este libro recuperamos los textos que cada uno publicó a partir de sus experiencias con la ingesta de peyote, Viajes en el caso de Oscar del Barco y Cuaderno del peyote en el de Carlos Riccardo. A ello se suman algunas de las cartas que se enviaron en torno a esas experiencias y a su amistad. Esta correspondencia se edita por primera vez y ha sido extraída de una serie de cartas, que fueron escritas mucho tiempo después de haber vuelto de México, cuando Carlos Riccardo estaba en el proceso de escritura del Cuaderno. La selección realizada reconstruye el vínculo en torno a la experiencia de la ingesta de peyote, la cuestión de la escritura y el trasfondo de amistad. II En abril de 1976, Oscar del Barco se exilió a México. Un par de años más tarde, Carlos también decidió irse del país. Para ese entonces, la literatura sobre sustancias psicoactivas ya contaba con un importante caudal. Aldous Huxley, Henri Michaux, Carlos Castaneda y el mismo Antonin Artaud, entre otros, habían marcado a fuego a los lectores de los años 60. Las experimentaciones con drogas eran parte de un horizonte de escritura poético, etnográfico y filosófico. Pero no fue un programa literario lo que signó las experiencias de Oscar del Barco y Carlos Riccardo con el peyote, sino algo de otro orden. En 1980, Antonio Oviedo y Julio Castellanos fundaron la revista escrita en la ciudad de Córdoba. Dirigieron juntos el primer número y los posteriores fueron dirigidos solamente por Oviedo, a cuyo consejo de publicación y colaboradores se sumaron, entre otros, Oscar del Barco y Carlos Riccardo. En el número 4 de la revista, publicado en septiembre de 1982, se incluyó un texto de Oscar titulado Viajes que le había enviado a su amigo cordobés desde México. En una carta de octubre del mismo año, Oviedo acusa recibo del texto y señala al pasar que el texto tiene una potencia que no se mide. Luego de una cita de Michaux, Viajes de Oscar se abre con la doble marca de un tiempo y un lugar: 16.10.1980/ A las 8 horas salimos hacia Aldea —Annie, Julio, Charlie y yo— el viaje es largo y a través de un paisaje muy hermoso. Al día siguiente, Oscar cuenta que se levantó muy temprano y limpió los peyotes, que Charlie, como lo llama, les aconsejó no comer ni tomar nada, que el mismo Charlie molió los peyotes minuciosamente hasta formar una pasta espesa mientras le agregaba chorritos de té. Luego, sigue contando Oscar, que con ‘el Mumo’ comieron un poco y, para ayudarse a tragar, tomaron té caliente. De ahí en adelante, la escritura se acerca y aleja de la experiencia de la ingesta de cactus que marcó su vida para siempre. Los comensales que lo acompañaban eran Ana María Ashwell (Annie), Julio Glockner, Luis María Gatti (el Mumo), Carlos Riccardo y Daniel Suárez. Por su parte, la editorial Último Reino, en su colección de ensayos El Castillo de Áxel, publica en 1988 el libro de Carlos Riccardo, Cuaderno del peyote. Esta vez una cita de El pesa-nervios de Artaud abre las páginas y un prólogo de Oscar del Barco antecede el escrito. Aquí la escritura, se nos advierte en ese prólogo, no es un medio para relatarnos algo ocurrido en algún lugar y en cierto tiempo sino que ella es la propia experiencia. Luego, el relato recrea observaciones y descripciones a partir de siete ingestas de peyote. Hay una subdivisión del libro en dos partes. La primera se titula “Las experimentaciones” e incluye las dos primeras ingestas. La segunda se llama “Las experiencias” e incluye las ingestas subsiguientes, haciendo un leve pero llamativo desplazamiento de la experimentación a la experiencia, que nos queda como interrogante. Lo cierto es que las dos primeras experiencias narradas en Viajes se corresponden a las séptima y octava ingestiones del Cuaderno, donde se encuentran los mismos personajes y lugares, pero narrados desde una escritura que diferencia y vincula a la vez ambas experiencias, tocando quizás su misterio mayor. Al final de su texto, Oscar agrega una nota donde señala que el problema que nos preocupa es el de la relación entre las drogas y lo místico. Quizás este aspecto provea una clave de lectura para responder al interrogante y precisar la sudivisión que Carlos hace de sus ingestas. En la tercera ingesta y primera de la sección “Las experiencias”, se describe un momento capital: De pronto, el peyote (la masa, la bola) adquiere una figura humana dentro de mí, toma un aspecto inmanente, como si otra persona estuviera ocupando mi lugar, llenándome hasta el borde de mí mismo, buscando la manera de sacarme de mí. Los viajes, en el caso de Oscar, y las experiencias, en el caso de Carlos, son dos marcas del éxtasis. Esto, y no la mera literatura de drogas, es lo que se encuentra en ambos textos. Esta dimensión mística, y aquí sí hay una enseñanza literaria, es lo que diferencia una “experimentación” de una “experiencia”. III Sin embargo, se puede entrever todavía un problema más mundano en ambos textos. Ya no es solamente la relación entre plantas alucinógenas y mística, sino también entre mística y escritura, entre un evento que parece fugarse de todas las palabras y las palabras mismas cuando se inscriben en una superficie para durar en la materialidad del mundo. En su pequeño ensayo L’avventura, Giorgio Agamben vincula la raíz etimológica de la palabra ad-ventus con la de e-ventus y señala que el evento que aparece en la aventura, precisamente en la literatura de aventuras caballerescas de Chrétien de Troyes, no es otro que un evento de palabra. ¿Qué evento trae esa aventura? Se podría decir que el evento del narrador, donde el acto de narrar se convierte en el contenido de la narración. Si tomamos la experiencia con el peyote y con las drogas en general, desde esta perspectiva se podría afirmar que una vez más estamos ante una literatura de aventuras. Y que la aventura es la forma que tienen las amistades, en su sentido más cabal: son viajes, experiencias y vidas trazadas por la escritura. Viajes sin fin. * Viajes del peyote: https://homofaber.empretienda.com.ar/relatos-y-cronicas/viajes-del-peyote-carlos-riccardo-y-oscar-del-b