Hay en nuestra historia hechos y circunstancias curiosas que muchos suelen desconocer.

Por ejemplo, que un argentino fue presidente de Chile y que un peruano fue Director Supremo de las Provincias Unidas, apenas cinco años después de la Revolución de Mayo.

El argentino que presidió Chile fue Manuel Blanco Encalada. El peruano que condujo por un año los destinos de nuestra patria naciente como Director Supremo fue Ignacio Álvarez Thomas.

De este último nos ocuparemos hoy.

Vale recordar que Cornelio Saavedra, presidente del primer Gobierno Patrio, había nacido en lo que hoy es Bolivia. Por otra parte, Juan Larrea y Domingo Matheu, vocales de la Primera Junta, eran españoles.

La primera aparición de Álvarez Thomas en la vida política se produjo cuando firmó el pedido de Cabildo Abierto que culminaría con la creación de la Primera Junta.

La Primera Junta de gobierno. (Foto: Cortesía Eduardo Lazzari)
La Primera Junta de gobierno. (Foto: Cortesía Eduardo Lazzari)

Se discutió su posible incorporación a ese gobierno, pero su edad —tenía 23 años— habría jugado en contra. Además, ya había sido designado como vocal otro joven de la misma edad: Juan Larrea.

De cualquier manera, el promedio de edad de los integrantes de la Junta rondaba los 43 años. El mayor era Miguel de Azcuénaga, con 55. Saavedra, presidente de la Junta, se acercaba a los 50; Manuel Belgrano tenía 39 y Mariano Moreno, apenas 31.

Pero volvamos a nuestro protagonista.

Ignacio Álvarez Thomas nació en Arequipa, Perú, en 1787. Era hijo de un militar español, brigadier y gobernador de esa ciudad al momento de su nacimiento.

Desde joven comenzó a manifestar cierta rebeldía frente a la dominación española en la región. Cuando tenía entre 18 y 19 años, decidió viajar a Buenos Aires ante la inminencia de las invasiones inglesas.

“Los ingleses están por desembarcar en el puerto de Buenos Aires. Iré a pelear por lo que creo justo”, les habría dicho a sus padres.

Los ofrecimientos de su familia no lograron disuadirlo. Finalmente, viajó solo, con la tristeza de dejar atrás sus vínculos familiares, pero convencido de aquello que consideraba justo.

Luego llegaron los acontecimientos de Mayo de 1810. Cinco años más tarde, ya como oficial del Ejército, Álvarez Thomas encabezó la sublevación de Fontezuelas contra el gobierno de Carlos María de Alvear, episodio que precipitó su caída.

Posteriormente, llegó a conducir los destinos de las Provincias Unidas como Director Supremo interino, en reemplazo del general José Rondeau.

Su gestión duró menos de un año.

Sin embargo, su verdadera vocación estuvo vinculada a la carrera militar. Para entonces ya era coronel y acumulaba varios años de servicio.

Como Director Supremo, en 1816 mantuvo intercambios con el general José de San Martín en torno a la estrategia militar vinculada a Chile. Poco después, el cruce de los Andes y la campaña libertadora se convertirían en uno de los acontecimientos decisivos de la independencia sudamericana.

En la última etapa de su intensa vida también se desempeñó como diplomático. Fue ministro plenipotenciario ante los gobiernos de Chile y Perú.

Sus posiciones políticas le valieron la cárcel y el exilio durante el período de Juan Manuel de Rosas.

Retrato litográfico de Juan Manuel de Rosas. (Foto: Museo del Bicentenario)
Retrato litográfico de Juan Manuel de Rosas. (Foto: Museo del Bicentenario)

Pudo regresar al país en 1853, después de la caída de Rosas tras la batalla de Caseros. Ya tenía 66 años y padecía problemas de salud que lo acompañaban desde tiempo atrás.

También debió atravesar uno de los dolores más profundos de su vida: la muerte de sus dos hijos.

Ignacio Álvarez Thomas murió el 20 de julio de 1857, a los 70 años, tras sufrir un ataque de apoplejía.

Había nacido en Perú, combatido durante las invasiones inglesas, participado del proceso revolucionario, ocupado el máximo cargo político de las Provincias Unidas y representado diplomáticamente al país que había elegido como propio.

Álvarez Thomas fue, además, un hombre capaz de reconocer las virtudes de sus adversarios.

Para este ilustre protagonista de nuestra historia puede quedar una reflexión final:

“Todos sufrimos por lo propio. Pero los grandes espíritus sufren también por lo ajeno”.