
Un nuevo fenómeno digital está impactando la vida de miles de mujeres: las gafas inteligentes, como las de Meta, permiten grabar videos y tomar fotos sin que el entorno lo perciba, desatando una ola de denuncias sobre grabaciones no consentidas.
Esta tecnología, promovida incluso mediante una campaña con Kylie Jenner como imagen, se presenta como asistente personal y herramienta multifuncional. Sin embargo, su uso como instrumento de vigilancia y acoso ha generado un nuevo tipo de violencia de género digital que preocupa a activistas y especialistas en salud mental.
Mujeres relatan que han encontrado su rostro en videos aleatorios, tras interactuar con desconocidos en situaciones cotidianas. Estos registros, lejos de ser aislados, revelan un patrón que va más allá del uso casual: se han identificado contenidos invasivos.
Cómo la grabación sin permiso puede afectar la salud mental
Numerosas mujeres narran haber sido grabadas sin permiso durante interacciones genuinas. Algunas incluso piden expresamente no ser subidas como contenido, pero sus deseos suelen ser ignorados. Los vídeos, grabados con gafas inteligentes, aparecen luego en plataformas digitales sin su consentimiento.

El problema no se limita al entorno personal. Una investigación sueca entrevistó a un trabajador de una subcontrata de Meta en Kenia, dedicada a revisar el contenido generado por las gafas. Según el testimonio, los empleados “encuentran un patrón en el material que les llega: todo tipo de imágenes sexuales”. Esto demuestra que las grabaciones traspasan el ámbito privado y circulan por canales internos y externos.
El aumento de estos casos se enmarca en un escenario alarmante de violencia digital. Un informe del Ministerio de Igualdad, difundido poco antes del 8 de marzo, reveló que “el 80% de mujeres jóvenes españolas de entre 16 y 24 años ha sufrido algún tipo de acoso en redes sociales”, según informó la Cadena Ser.
Encarni Iglesias Pereira, presidenta de la Asociación STOP Violencia de Género, aporta un caso recibido por su organización, cuando el año pasado una mujer, que ya había denunciado varias veces a su expareja por violencia de género y que no había conseguido la orden de alejamiento, entonces él se dedicaba a perseguirla y a grabar en momento lo que estaba haciendo.
“Ella al principio no se dio cuenta, pero sí es verdad que a la mujer empezaron a comentarle familiares y amigos que les habían llegado grabaciones de sitios donde ella había estado y con gente con la que ella había estado”, aseguró.

Tras un análisis forense, se comprobó que la víctima había sido grabada con gafas inteligentes.
Para quienes sufren este tipo de acoso, la experiencia supone una violación de su privacidad, dignidad y bienestar integral. “Los daños psicológicos que esto te puede causar son inmensos”, idce Iglesias.
La exposición no autorizada genera ansiedad, vergüenza y una sensación de vulnerabilidad permanente, según relatan los especialistas. Este fenómeno, además, contribuye a normalizar una cultura donde no se sanciona a quienes crean o distribuyen imágenes sin consentimiento: “Todavía no tenemos los estudios suficientes para saber las consecuencias que todo esto va a tener. Pero buenas no van a ser”.
Las víctimas perciben que el espacio público se vuelve un territorio controlado por unos pocos, donde la imagen de las mujeres queda supeditada a lo que otros decidan grabar.

Iglesias Pereira plantea la contradicción entre la necesidad de protegerse y la imposibilidad de vivir en alerta constante: “¿Qué hacemos? ¿Vamos todo el rato con miedo? ¿Todo el rato con desconfianza? No, son las leyes, son los fabricantes, son los gobiernos los que tienen que terminar con esto. [...] Haz una normativa que no pueda dar paso a eso”.
Diferencias con el móvil y lagunas legales
A diferencia de los teléfonos móviles, las gafas inteligentes permiten grabar de forma discreta y continua, sin que la persona lo note. El móvil requiere un gesto visible para enfocar y activar la cámara, mientras que las gafas registran desde el punto de vista del usuario sin levantar sospechas. Esta característica las convierte en una herramienta singularmente peligrosa para el acoso y la violencia digital.
El vacío legal agrava la situación. La violencia digital no se considera un delito común y las sanciones por invasión de la intimidad suelen ser mínimas. Iglesias Pereira denuncia: “España es un país que se mueve por estadísticas, si no cambian porque la gente no denuncia, nunca se van a endurecer las leyes que tenemos ahora, que son pocas, malas y ridículas”.
Además, advierte sobre la falta de control real sobre la huella digital: “No sabes donde pueden estar tus imágenes, nadie sabemos dónde podemos estar. Las mujeres seguimos siendo las principales víctimas de violencia digital, para una imagen que ves de un hombre, ves doscientas de una mujer”.