El Gran Chaco Americano es un ecosistema monumental que se extiende entre Argentina, Bolivia, Paraguay y Brasil. Considerado el segundo bioma boscoso más extenso de Sudamérica después de la Amazonia, alberga bosques, sabanas y humedales donde resiste la cosmovisión ancestral de pueblos originarios como los qom, mocoví, pilagá y wichí.
Aunque representan cerca del 10% de la población de la región —donde el resto son comunidades criollas—, estas minorías históricamente relegadas continúan enfrentando la discriminación, la pérdida de su hábitat y el avance de amenazas externas.
Dentro de este territorio gigantesco, las comunidades wichís, del extremo noroeste de Salta —muy cerca de Bolivia y Paraguay— atraviesan una realidad crítica. Históricamente marcadas por la ausencia estatal y la falta de servicios básicos, hoy experimentan un impacto devastador por la llegada de problemáticas urbanas a su territorio.
El desarrollo de rutas e infraestructura facilitó el acceso a ciertos servicios básicos, pero también abrió la puerta al narcotráfico. Por los mismos caminos por los que avanzan la conectividad, los papeles solares o los medicamentos, ingresan comerciantes y visitantes externos que, bajo el pretexto de vender insumos de primera necesidad, terminan introduciendo sustancias ilegales entre los jóvenes.

La falta de oportunidades, la discriminación y el consumo problemático conforman un cóctel devastador que compromete a la próxima generación y, con ella, a la continuidad de su cultura.
Hoy es habitual ver al amanecer a jóvenes que deambulan tras noches enteras de consumo. En estas zonas aisladas, la sustancia más extendida no es la droga de diseño, sino la química de la indigencia: la inhalación de nafta en tetra brick (nafteo) y la ingesta de alcohol etílico mezclado con jugos en polvo o vino de cartón.
Para estas poblaciones, la irrupción de las adicciones representa un golpe letal sobre un sistema de salud devastado. La problemática convive con endemias crónicas como el Mal de Chagas —que en Argentina afecta a 1,6 millones de personas y causa 1300 nacimientos con la enfermedad por año— y con un alarmante rebrote de tuberculosis, una afección controlada en las ciudades pero que vuelve a cobrarse vidas en el monte.
La gravedad de la crisis llevó a las comunidades del norte chaqueño a realizar un acampe de varias semanas en junio pasado. La protesta visibilizó la epidemia de tuberculosis, pero también expuso demandas estructurales urgentes: hambre, falta de atención médica y un histórico abandono institucional.
El cacique de una de estas comunidades me contó que su padre se oponía fervientemente a la construcción de la Ruta Nacional 81, la principal vía de acceso a la zona. Su mayor temor era que los colonos se apoderaran de sus tierras, una advertencia que el tiempo transformó en realidad: con las décadas, el avance ganadero y agrícola desmontó amplias extensiones de monte nativo, el ecosistema del que los wichís obtienen su alimento y medicina.

El recelo abarcaba también una amenaza más profunda: la erosión progresiva de su idioma y la asimilación forzada de su identidad cultural. Si bien el asfalto facilitó la llegada de algunos servicios, las demandas más elementales —como el agua potable continua o la presencia de ambulancias— siguen siendo deudas pendientes.
La construcción de la ruta se inició en 1988 y su pavimentación total demandó 36 años. Tardaron casi cuatro décadas en conectar la región, pero apenas unos pocos años en comprobar que, por la misma vía por la que el Estado prometió un progreso que nunca llegó del todo, la marginación y las adicciones encontraron un atajo directo para poner en riesgo el futuro de sus jóvenes.




