
Varios gobernantes, candidatos, equipos de campaña e incluso algunos consultores, llevan al extremo la idea que concibe a las campañas electorales modernas como verdaderas “batallas” comunicacionales.
Una suerte de fetichización de la faz agonal y conflictiva propia de la naturaleza competitiva de las campañas y un ensalzamiento del enfrentamiento análogo al de una conflagración bélica, que entraña un gravísimo error, en tanto lleva a concentrar los esfuerzos y la atención de la campaña en los rivales y adversarios, atacando y buscando dominar la agenda y la iniciativa, pero perdiendo de vista lo indispensable, que es lo que piensan y sienten los electores-ciudadanos.
En definitiva, más allá de cuanto se ha atacado a los oponentes, y de cómo se auto percibe la performance del gobernante o candidato, serán los electores quiénes decidan a los ganadores y perdedores de la contienda.
Gobernar es comunicar. Si se hace mal, no hay consenso; y por lo tanto no puede haber buen gobierno. Por ello, cuando se insinúa que el problema de un gobierno radica en que no se comunican bien los presuntos logros y pretendidos éxitos de un gestión, se incurre en una peligrosa falacia.
En este contexto, el gobierno se desliza, en las vísperas de un complejo año electoral, hacia un discurso y praxis política que, en mayor o menor medida, ha sido adoptado por prácticamente todos sus antecesores en la presidencia desde el retorno a la democracia: la negación o desacople con una realidad tangible, que no se reconoce en cuanto tal.
Dicho de otra forma, al sostener que los problemas no derivan de la realidad, sino de una percepción distorsionada de ella atribuible a las fallas o déficits en la comunicación, se profundiza en la actitud de no reconocer la necesidad de realizar ajustes o revisiones en el programa económico, se insiste en la idea de que la razón acompaña y que acabará por imponerse, que hay que redoblar los esfuerzos para “convencer”, que hay que retomar con fuerza los ejes de la tan mentada “batalla cultural”, que hay que aferrarse al discurso, y que hay que recuperar el protagonismo.
En esta clave es que deberían leerse los renovados y recargados ataques a periodistas, acompañados por una retahíla de agresiones y descalificaciones personales. Si el problema no es la realidad, la responsabilidad reside en quienes inciden en dichas percepciones.
Una interpretación tan perversa como peligrosa en términos político-electorales, en cuanto no reconoce fisuras en el plan y, lejos de derivar en correcciones que den cuenta de la asunción de algunos de los problemas que experimentan diariamente cada vez más ciudadanos, conduce a una mayor agresividad y cerrazón en el discurso ante los datos cada vez más elocuentes de una realidad económica marcada por niveles de actividad muy pobres, pérdida de poder adquisitivo, problemas de empleo, desplome del consumo y erosión de las expectativas.
Un claro ejemplo de ello es la negación oficial del evidente problema del endeudamiento de las familias argentinas y de la creciente mora financiera, que fue rechazada con agresividad y poca empatía por el presidente en sus últimas apariciones públicas, quien instruyó incluso a sus propios legisladores a resistir cualquier intento opositor de impulsar iniciativas en este tema.
El problema para el oficialismo es que para esta renovada apelación a la “batalla cultural” no solo necesita recuperar el protagonismo del propio Milei, que ahora parece decidido a salir del silencio autoimpuesto por su peculiar exilio en Olivos, sino también ordenar las internas propias, ajustar la comunicación manejada por el rápidamente intrascendente Adrián Ravier y, sobre todo, mantener los niveles de euforia en unas filas libertarias que lucen cada vez más desconcertadas, agotadas y desordenadas.
Frente a ello, trascendió que Milei no solamente retomará el protagonismo, volverá a encabezar reuniones de gabinete, y avanzará con un nueva esquema de comunicación con múltiples voceros según la temática, sino que prepara un nuevo acto y recital libertario a fin de arengar a los propios, y se encargará de ordenar y disciplinar a las diversas voces que entre las filas libertarias se suman a quienes manifiestan algunas inquietudes y reparos por la marcha de la economía.
Así las cosas, un presidente cada vez más obsesionado por tener razón y cada vez más ensimismado con su discurso y con mostrar que su programa económico no tiene fisuras, avanza hacia un proceso electoral que lo verá cada vez más tensionado entre el sostenimiento del programa económico y las necesidades político-electorales.
Por ahora, en un contexto en el que la apuesta del gobierno parece radicar casi exclusivamente en la profundización de la “batalla cultural”, el gran interrogante es si ese dispositivo es el más indicado para seducir o volver a convencer a los votantes. Solo el tiempo dirá.