
Fue el manotazo de Buenos Aires para recuperar el poder que sentía se le iba de las manos, ante el poder que concentraba el hombre del momento, Justo José de Urquiza, quien había vencido a Juan Manuel de Rosas en Caseros el 3 de febrero de 1852.
Esa suerte de nacionalismo de Buenos Aires se proponía funcionar como una cuña en el plan institucional impuesto por el caudillo entrerriano, quien ya se había anotado un poroto con la celebración del Acuerdo de San Nicolás, suscripto el 31 de mayo de ese año.
El desafío era grande: reunir en un mismo recinto a federales, algunos de ellos rosistas, con unitarios que sufrieron la persecución de los primeros; liberales sentados junto a conservadores; librecambistas debatiendo con proteccionistas y religiosos con laicos enfrente. Una gran melange que debía ponerse de acuerdo nada más ni nada menos que con la sanción de una constitución.

Se intuía que el principal obstáculo de un congreso constituyente serían los porteños, que pretendían mantener su histórica hegemonía y especialmente los beneficios producidos por la aduana.
El 6 de abril Urquiza organizó en Palermo, antiguo baluarte rosista, una reunión de la que participaron el gobernador de Buenos Aires, el general Virasoro de Corrientes y jefe de su estado mayor Manuel Leiva, delegado de Santa Fe y que además era su secretario privado. Ellos delegaron en su figura la dirección de las relaciones exteriores. Así se estableció en lo que se conoció como el “Protocolo de Palermo”. El objeto de la reunión fue “formar el preliminar de la constitución nacional”.
Desde marzo algunos políticos instaban a Urquiza a firmar el decreto de la capitalización de Buenos Aires, sancionada por el Congreso de 1826, además de concretar una reunión del congreso y organización del gobierno provisional, pero no obtuvieron entonces consenso. El otro, de Valentín Alsina, que logró un amplio apoyo, era que en esa reunión se estableciese dónde, cuándo y cómo se reuniría el Congreso Constituyente que nos daría una Carta Magna.
Urquiza encomendó a Bernardo de Irigoyen quien, conocedor del interior, que visitase a cada uno de los gobernadores para acordar las medidas para mantener el orden, sostener la legitimidad de sus gobiernos y para que colaborasen en la organización nacional, en base al sistema representativo federal.

Tuvo éxito. La mayoría de los gobernadores acudieron a la cita en San Nicolás de los Arroyos, donde suscribieron un acuerdo el 31 de mayo de 1852. En sus 19 artículos, más uno adicional, se declaró al Pacto Federal del 4 de enero de 1831 como ley fundamental de la República; también la convocatoria a un congreso general constituyente a realizarse en San Fe y la organización de la elección de dos diputados por provincia. Ese congreso general debería dictar una constitución nacional. Hasta entonces, se dispuso que Urquiza fuera Director Provisorio de la Confederación Argentina y encargado de las relaciones exteriores.
Cuando Juan B. Alberdi, que por entonces vivía en Chile, se enteró del acuerdo, le envió el 30 de mayo una copia de su trabajo “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, que había escrito en pocas semanas. El tucumano le propuso a quien “ha sabido restablecer la libertad de la patria”, trabajar por la sanción de una constitución.
El contraste de la alegría de San Nicolás era la ciudad de Buenos Aires. “Se ha creado una dictadura irresponsable, que le permitirá al vencedor del tirano (Rosas) actuar con todo discrecionalismo, además de que los poderes que le otorgan lesionan y humillan la autonomía bonaerense”, denunciaron.

El 21 de junio, la legislatura porteña rechazó en pleno que todas las provincias tuviesen el mismo número de representantes, que le impedía imponer su posición y se opuso al nombramiento de Urquiza. También se opuso al punto que indicaba que cada provincia debía aportar para el mantenimiento del gobierno un porcentaje de lo recaudado en su comercio exterior. Argumentaron que el gobernador Vicente López y Planes, que había sido nombrado por Urquiza el 4 de febrero, había asistido a San Nicolás sin la autorización de la legislatura.
El cuerpo rechazó el acuerdo, y López y Planes renunció. Entusiasmados, los porteños entregaron la gobernación al presidente de la legislatura, Manuel Guillermo Pinto. La alegría les duró un día cuando el entrerriano les informó que haría cumplir con la primera de sus obligaciones, que es “salvar la Patria de la demagogia, después de haberla libertado de la tiranía”. El Director Provisorio asumió el mando de la provincia, cerró la legislatura y repuso a López, quien terminaría renunciando en julio.
Ante este panorama, los porteños decidieron no permanecer con los brazos cruzados ante lo que consideraban un avasallamiento de su autonomía.
A mediados de junio de 1852 en Buenos Aires comenzaron los preparativos militares para apoyar a la rebelde sala de representantes que había votado en contra de lo firmado en San Nicolás. Se reunió armamento, se compró munición, y se coordinó a grupos de individuos que debían levantar barricadas y fosos, para defender a la ciudad.

Se le ofreció la dirección del movimiento al general José María Paz, radicado en Montevideo, y varios jefes de la guardia nacional habían decidido plegarse.
En junio, Valentín Alsina se reunió con Bartolomé Mitre, quien no estaba de acuerdo con el estallido porque suponía que el millar de hombres que calculaban contarían no tenían chances contra las fuerzas de Urquiza. Cuando estaban por impartir la orden de frenar todo, Mitre sostuvo que era hora de sacrificarse, y que no quería que en la posteridad se dijese que no se había hecho nada por su culpa. Pero el golpe que debía estallar el 24 de junio no pudo ser posible porque, enterado Urquiza de la conspiración, se apuró a ordenar la cárcel y el destierro para los cabecillas, y la disolución de la legislatura.
Pero al mes siguiente siguieron los preparativos con la adhesión de unidades militares del interior, entre ellos el general Pinto y los coroneles Hilario Lagos y Pedro Rosas y Belgrano, hijo del creador de la bandera.
Urquiza, quien estaba en Buenos Aires, no tomó en serio los rumores que le llegaban y los complotados esperaban actuar cuando aquel dejase la ciudad. En los primeros días de septiembre delegó el mando del gobierno provincial en el general Galán y el 8 Urquiza embarcó a Santa Fe. Entonces los revolucionarios acordaron hacer estallar el movimiento la noche del 10 de septiembre.
Los jefes militares se reunieron esa noche en la casa del general Pirán, designado jefe del movimiento, por ser el militar mas antiguo. Estableció su cuartel en el fuerte.

Mientras las tropas rebeldes se concentraban en la Plaza de la Victoria -los entrerrianos, acantonados en Palermo, se mantuvieron fieles- la campana del cabildo no dejaba de replicar, señal acordada como de inicio del movimiento.
En las primeras horas del 11, los revolucionarios declararon que se habían reconquistado para Buenos Aires “el ejercicio de los primeros derechos de los pueblos”.
La primera medida fue la de recomponer la legislatura disuelta, quien nombró al general Pinto gobernador provisorio y se armó un gabinete.
Luego se enviaron circulares a los jueces bonaerenses informándoles del nuevo estado de situación, y se hostilizó a las tropas fieles de Urquiza, que habían iniciado la marcha para dejar la provincia.
La noche del 13 Urquiza conoció que había habido una revolución. Ordenó que las fuerzas de Santa Fe, Entre Ríos y el norte de Buenos Aires se pusieran en marcha para sofocarla. Auguró “un castigo ejemplar” para los revolucionarios y llamaba a la cordura a los porteños. Lo que no calculaba es que los comandantes del norte de Buenos Aires se habían adherido a la revolución y se prepararon para enfrentar a su ejército.
Cuando Urquiza desembarcó en San Nicolás tomó conciencia de que el movimiento no se circunscribía a unos pocos, sino que tenía a toda la provincia en contra. Entonces decidió regresar y mandó a un oficial a la ciudad de Buenos Aires a comunicar su decisión.
El caudillo entrerriano pensó en renunciar a su cargo de director provisorio, evaluó no llamar a un congreso constituyente y temió que la revolución se propagase por todo el país y hasta evaluó declarar la independencia de Entre Ríos y Corrientes. Sin embargo, lograron convencerlo de que siguiese adelante con su proyecto constitucional.
Urquiza fijó en Paraná sede del gobierno, continuó al mando de las relaciones exteriores hasta la reunión del congreso constituyente. Para Buenos Aires, Urquiza no era director provisorio, sino gobernador de Entre Ríos, y así lo trataba.
Mientras tanto, Buenos Aires organizaba sus fuerzas militares y daba a conocer un manifiesto, que llamaba a reasumir el espíritu del 25 de mayo de 1810 y enumeraba una serie de reproches y críticas a Urquiza.
El 20 se anunció que Buenos Aires no reconocería ningún acto de los diputados reunidos en Santa Fe, llamaba a sus diputados y los empleados que habían ido para trabajar en el congreso constituyente y le quitaban el cargo a Urquiza de responsable de las relaciones exteriores hasta tanto no hubiera una autoridad nacional.
Urquiza decidió contraatacar, pero en el terreno económico. Anunció que los productos de Buenos Aires enviados al interior debían pagar derechos aduaneros. La provincia estaba sola, ya que el interior repudió la rebelión. Envió al general José María Paz en una misión conciliadora para fortalecer las relaciones. Pero la negativa de Santa Fe a recibirlo y las órdenes de los comandantes de frontera de detenerlo en caso de sorprenderlo en sus territorios, llevó al militar no poder dejar la provincia de Buenos Aires.
Buenos Aires vio la oportunidad de aliarse a Corrientes, cuyo gobernador apoyaba el movimiento revolucionario, para hacerle la guerra a Urquiza, mientras éste preparaba la instalación del congreso constituyente en Santa Fe y llamaba a la unión y a la concordia.
A la par que Paz terminaba la misión que nunca pudo comenzar, Buenos Aires preparaba a contrarreloj una expedición militar con 1400 hombres contra Santa Fe y Entre Ríos. Las fuerzas porteñas, luego de obtener un par de victorias en Entre Ríos, terminaron desbandadas y escapadas al Brasil.
Urquiza nuevamente se puso al frente y el gobernador correntino Pujol, al ver los resultados, acusó de traición a Buenos Aires.
El 1 de diciembre de 1852 hubo una contrarrevolución, encabezada por el coronel Hilario Lagos quien, junto a otros jefes militares, exigían el regreso de Buenos Aires a la Confederación. Esta situación provocó la renuncia de Alsina, que había asumido en octubre.
Lagos atacó a Buenos Aires, logró ser detenido y el militar sitió la ciudad. Urquiza le envió tropas de refuerzo y además una escuadra que bloqueó el puerto. Hubo intentos de acercar a ambas partes, sin suerte. Un tentador soborno de los porteños al comandante de la escuadra determinó el levantamiento del bloqueo. En el medio, en Paraná, se sancionaba el 1 de mayo de 1853 la Constitución Nacional. En julio Urquiza abandonó el sitio de Buenos Aires y al año siguiente Buenos Aires dictaría su propia Constitución.
Así, el país quedaría partido al medio hasta 1859 cuando, batallas mediante, comenzó un proceso de unificación. El resto forma parte de otra historia y de ésta, un barrio recuerda a esa rebelión, donde los porteños se habían hecho notar.




