El mundo está viviendo una abrupta reformulación del tablero internacional. La Casa Blanca y el Kremlin conjugan sus esfuerzos para que Rusia pueda apoderarse de todo el mundo eslavo que integró la Unión Soviética y ser la potencia gravitante sobre el resto de Europa y Asia. Ese es el proyecto que el ideólogo geopolítico y cultural ruso, Alexander Duguin, logró hacer política de Estado desde el gobierno de Putin. Y el proyecto de Trump incluye la gravitación de Washington desde la Antártida hasta el ártico canadiense.

Con ese objetivo, ambos líderes trabajaron para debilitar a Europa, mientras, paralelamente, Trump embestía de varias maneras contra Canadá. Los líderes ruso y norteamericano unieron esfuerzos para que se concrete el Brexit, separando al Reino Unido de la Unión Europea para, de ese modo, debilitar a las dos partes. Putin lo hizo de manera encubierta, a través de sus operaciones cibernéticas y sus escuadrones de hackers contra la campaña por el voto al “remain” (permanecer en la UE) y a favor del Brexit (salir), mientras que Trump lo hacía de manera abierta y personal, embistiendo contra el primer ministro David Cameron (quien en 2016 convocó el referéndum promoviendo el voto por “remain”), apoyando al extremista de derecha y líder de los euroescépticos Nigel Farage y apoyando, en la interna tory, embistiendo contra la moderadaprimera ministra Theresa May para que llegue al 10 de Downing Street el principal exponente del “hard-Brexit” Boris Johnson.

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Ahora, los esfuerzos de Trump y Putin convergen en promover la secesión de Gales, Irlanda del Norte y Escocia, o sea la desaparición de Gran Bretaña. Sin embargo, a los dos líderes interesados en debilitar Europa se les cruzó un hecho inesperado: la asociación de Canadá y Europa.

Que Canadá salte el Atlántico y Europa la reciba con los brazos abiertos es parte de las reformulaciones geopolíticas que están cambiando el mundo. Ese movimiento es una de las tantas consecuencias negativas de la política exterior de Trump, marcada por un personalismo prepotente histérico y negligente del que sólo están sacando provecho Rusia y China, además de la República Islámica de Irán, que con esta guerra ha ganado centralidad y también imagen de vencedora en el conflicto que está dañando seriamente la economía norteamericana y que, por primera vez en su historia, hizo que el mundo viera a Estados Unidos con sus arsenales casi vacíos.

Al acuerdo anunciado con bombos y platillos entre Washington y el Reino de Dinamarca sobre Groenlandia, en lo militar no modifica mucho de lo que Estados Unidos ya tenía sobre la isla ártica por su pertenencia a la OTAN, mientras que queda ver en la letra chica si logra avances sustanciales sobre el acceso irrestricto a las riquezas minerales que el derretimiento de los glaciares y la retirada de los hielos por el cambio climático hacen de más fácil extracción.

Lo evidente es que no logró lo que había anunciado: que Groenlandia pase a ser parte del territorio de los Estados Unidos.