
La Argentina atraviesa cinco transformaciones estructurales simultáneas -apertura económica, redefinición del Estado, cambio en los motores del crecimiento, eventual normalización financiera e irrupción de la inteligencia artificial- que pueden reconfigurar su economía. El desafío no es evitar cierres, sino crear más empresas nuevas.
La convergencia de estos cinco cambios puede poner en marcha, por primera vez en mucho tiempo, un proceso de destrucción creativa. El desafío ya no será evitar que desaparezcan empresas, sino crear suficientes nuevas compañías para que el capital y el talento encuentren rápidamente actividades más productivas.
Por décadas confundimos proteger empresas con proteger el empleo. Construimos un entramado de subsidios, barreras comerciales, regímenes especiales y regulaciones destinado a preservar actividades que habían perdido competitividad.
Ese esquema funcionó como un analgésico: alivió el costo inmediato de los cambios, pero también redujo los incentivos para innovar, invertir y reasignar recursos hacia actividades más productivas. Terminamos preservando estructuras existentes, pero debilitando nuestra capacidad para crear nuevas.

El primer cambio es la apertura económica y el progresivo desarme de numerosas artificialidades productivas acumuladas durante años. Más que una simple reducción de aranceles.
La Argentina comienza a adaptarse, con un retraso considerable, a una realidad que el resto del mundo asumió hace mucho tiempo. La producción textil masiva migró hacia Asia hace décadas. Lo mismo ocurrió con buena parte de la electrónica de consumo y con numerosos segmentos manufactureros. No es el mundo el que cambió ahora. Somos nosotros quienes empezamos a adaptarnos a un mundo que ya había cambiado.

El segundo fenómeno es la redefinición del papel del Estado. Durante buena parte de los últimos 20 años, el sector público actuó como uno de los principales motores de la actividad económica y del empleo. Ese esquema comienza a modificarse. El crecimiento dependerá cada vez más de la capacidad del sector privado para invertir, innovar y generar empleo de calidad.
La tercera transformación es la de los motores del crecimiento. Por años, la expansión descansó principalmente sobre el consumo interno, la construcción, algunos sectores industriales y el gasto público. Hoy ganan protagonismo la energía, la minería, el agro de alta tecnología, la economía del conocimiento y los servicios exportables.
Por años, la expansión descansó principalmente sobre el consumo interno, la construcción, algunos sectores industriales y el gasto público
También cambia la geografía económica. Neuquén, San Juan, Salta o Catamarca adquieren un protagonismo creciente, mientras algunos grandes centros urbanos deberán reinventar parte de su estructura productiva.
La experiencia internacional demuestra que estos procesos también redefinen países y ciudades enteras. Detroit y Pittsburgh enfrentaron la misma crisis: el declive de la industria pesada estadounidense:
- Detroit dedicó demasiado tiempo a preservar el modelo que la había convertido en la capital mundial del automóvil.
- Pittsburgh entendió que debía construir una nueva ventaja competitiva y apostó por universidades, salud, robótica, inteligencia artificial y tecnología.
Ambas enfrentaron el mismo desafío. La diferencia estuvo en la velocidad con la que aceptaron el cambio y reasignaron recursos hacia actividades con mayor potencial de crecimiento.

La cuarta transformación es la eventual normalización financiera. Si la estabilidad macroeconómica logra consolidarse y Argentina recupera el acceso al crédito, comenzarán a desarrollarse mercados de capitales más profundos, fondos de venture capital y nuevas fuentes de financiamiento. No se trata solamente de conseguir crédito para las empresas existentes. Se trata, sobre todo, de financiar emprendimientos que todavía no existen.
El quinto cambio es la irrupción de la inteligencia artificial. Como ocurrió con la electricidad o internet, no estamos frente a una innovación más, sino ante una tecnología de propósito general capaz de transformar prácticamente todas las actividades económicas.
La IA automatiza tareas, acelera la innovación, reduce costos y disminuye las barreras de entrada. Nunca fue tan posible que una firma pequeña desafíe a organizaciones mucho más grandes utilizando conocimiento y tecnología como principal ventaja competitiva.
Si la estabilidad macroeconómica logra consolidarse y Argentina recupera el acceso al crédito, comenzarán a desarrollarse mercados de capitales más profundos
Cada uno de estos procesos tendría efectos por separado. La coincidencia de los cinco representa una profunda reasignación de recursos. Son cinco placas tectónicas moviéndose al mismo tiempo. Y cuando varias placas se desplazan simultáneamente, el paisaje económico cambia para siempre.
La destrucción creativa como marco
Hace más de 80 años, Josef Schumpeter bautizó ese fenómeno como destrucción creativa. Su idea era simple: las economías progresan porque permanentemente aparecen nuevas empresas, nuevas tecnologías y nuevos modelos de negocio que desplazan a los anteriores. El crecimiento no surge de conservar intacta la estructura productiva, sino de renovarla continuamente.

Años más tarde, Philippe Aghion, Premio Nobel de Economía 2025, profundizó esa visión al demostrar que la innovación y la competencia constituyen uno de los principales motores del crecimiento de largo plazo. Sus investigaciones muestran que las economías más dinámicas no son aquellas que protegen indefinidamente a sus empresas líderes, sino aquellas donde constantemente aparecen nuevos competidores capaces de desafiarlas.
La innovación y la competencia constituyen uno de los principales motores del crecimiento de largo plazo (Aghion)
En otras palabras, el progreso no depende solamente de cuánto invierte un país, sino de la velocidad con la que nuevas empresas logran desafiar a las ya establecidas. La tarea de las políticas públicas no consiste en impedir esos cambios, sino en construir instituciones que faciliten la innovación, aceleren la reconversión y hagan socialmente sostenible la destrucción creativa.
La historia ofrece ejemplos elocuentes. Kodak inventó la primera cámara digital en 1975. Sin embargo, decidió no desarrollarla porque temía afectar su exitoso negocio de películas fotográficas. Confundió preservar el presente con construir el futuro. Cuando reaccionó, otros ya habían transformado el mercado. Kodak no fue víctima de la fotografía digital. Fue víctima de intentar preservar un modelo de negocios que el mundo ya había decidido abandonar. Los países también pueden cometer ese error.
La Argentina ha discutido durante demasiado tiempo la cuestión equivocada. Cada vez que una compañía cierra, el debate público se concentra -con razón- en esa pérdida. Pero esa es apenas una parte de la historia. Las economías más dinámicas registran todos los años miles de empresas que desaparecen, pero también miles de empresas nuevas que nacen incorporando tecnologías, conocimientos y modelos de negocio más eficientes.
La destrucción, cuando viene acompañada de creación, deja de ser un síntoma de decadencia para convertirse en el principal mecanismo mediante el cual una economía se renueva.
Quizás el problema histórico de la Argentina no fue una excesiva destrucción de empresas. Fue, precisamente, una insuficiente creación de nuevas empresas.
El problema no es solo el cierre, sino la creación
Los datos ayudan a ilustrarlo. Existen 482.000 empresas con empleados registrados, por debajo del máximo de los últimos seis años, cercano a las 514.000 alcanzado a comienzos de 2024.

Pero el dato más revelador aparece al observar la capacidad para crear nuevas firmas.
Según el Banco Mundial, organismo multilateral, Argentina registra apenas 0,6 empresas nuevas por año por cada 1.000 personas en edad de trabajar. América Latina alcanza 3,5; Brasil, 5,9; y las economías de ingresos altos superan las cinco.
El debate suele concentrarse en las empresas que cierran. Tal vez el verdadero problema sea que nacen demasiado pocas.

Esto no implica que cualquier proceso de destrucción sea deseable. Si las organizaciones desaparecen, pero no aparecen otras capaces de absorber trabajadores, inversiones y conocimiento, la destrucción deja de ser creativa para convertirse simplemente en recesión, desempleo y crisis social.
La clave no es proteger indiscriminadamente a las empresas existentes ni celebrar su desaparición. La clave es acelerar la creación de nuevas empresas y facilitar la reasignación del capital, el talento y el trabajo hacia actividades de mayor productividad.
La destrucción creativa tampoco debe convertirse en una excusa para la ingenuidad. Toda transformación profunda genera costos de transición y sectores que quedan temporalmente rezagados.
La clave es acelerar la creación de nuevas empresas y facilitar la reasignación del capital, el talento y el trabajo hacia actividades de mayor productividad
El desafío no consiste en impedir esos cambios, sino en acompañarlos. Allí el Estado conserva un papel irremplazable: proteger a los sectores sociales más vulnerables, facilitar la reconversión laboral, invertir en capacitación y asegurar que quienes pierden una oportunidad puedan encontrar otra rápidamente.
Una economía dinámica necesita mercados que asignen mejor los recursos, pero también un Estado que ayude a las personas a atravesar esa transición. Las empresas deben competir; las personas deben ser acompañadas.
Qué condiciones hacen falta
Eso exige estabilidad macroeconómica, acceso al financiamiento, mercados de capitales profundos, reglas previsibles, educación adaptada a las nuevas tecnologías, capacitación permanente, un sistema tributario que incentive la inversión y un marco regulatorio que facilite tanto abrir empresas como reorganizar rápidamente aquellas que dejan de ser viables.
Kodak creyó que podía detener la fotografía digital. Detroit creyó que podía vivir entera y eternamente de la industria automotriz. Durante décadas, la Argentina entendió que podía preservar una estructura productiva que el resto del mundo ya había comenzado a transformar.

Hoy, cinco cambios indican que ese tiempo está llegando a su fin. La discusión ya no debería centrarse únicamente en cómo evitar que desaparezcan empresas. La verdadera discusión es cómo construir un país donde nazcan miles de otras nuevas capaces de innovar, competir y exportar.
Los países desarrollados no se distinguen por la cantidad de empresas que logran conservar. Se distinguen por la capacidad que tienen para crear las próximas.
Las economías no prosperan porque conservan su estructura productiva; prosperan porque tienen la capacidad de renovarla permanentemente.
El autor es economista y director de VDC Consultora