Más de cien varones se reunieron en la Ciudad de la Costa, Uruguay, para reflexionar sobre la desigualdad de género, las violencias, y cómo construir una sociedad más justa

—Me acuerdo de que un día el mayor del grupo contó su primera experiencia sexual y cómo le había impactado negativamente; dijo que se había sentido muy incómodo, pero toda su vida había mentido sobre aquello diciendo que había sido excelente. Ahí nos dimos cuenta rápidamente de que todos habíamos mentido sobre nuestra sexualidad a lo largo de nuestra vida. Fue como sacar el velo, ¿viste?

Fernando Daniel Rodríguez Añón es uruguayo, tiene 52 años, es psicólogo, coordina el área de Desarrollo Humano del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social de su país y formó parte del equipo que organizó el Primer Encuentro Nacional de Varones Antipatriarcales hacia la Igualdad, que reunió, el 8 de agosto, a más de cien hombres en el Centro Cultural de Ciudad de la Costa, a 25 kilómetros de Montevideo.

Coordinado por los colectivos Varones por la Igualdad, Red de Masculinidades Uruguay y Varones Antipatriarcales por la Reflexión, Revisión y Acción, con el apoyo de organismos nacionales e internacionales, el evento contó con la participación del argentino Luciano Fabbri, doctor en Ciencias Sociales y capacitador sobre masculinidades, políticas de género y sexualidades, y referentes feministas uruguayas como Andrea Tuana, directora de la Asociación Civil El Paso (en defensa de los derechos humanos de niñas, niños, adolescentes y mujeres víctimas de violencias). Y tuvo como objetivo reflexionar sobre los modos de ejercer la masculinidad, sobre las violencias de género y la importancia de construir vínculos sanos, sobre las prácticas cotidianas en las que se evidencian micromachismos y desigualdades, y la responsabilidad de cada uno de los participantes en ellas.

Antes de trabajar donde trabaja, Rodríguez Añón cuenta que se desempeñó en la Asesoría para la Igualdad de Género de la intendencia de Montevideo, en el programa de Género y en el de Derechos Humanos y Psicología de la Facultad de Psicología, y en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República. También investigó sobre paternidades adolescentes en contextos de pobreza, coordinó en Uruguay la campaña internacional sobre paternidad activa, Men in Care —una iniciativa global que propone involucrar a los varones como padres y cuidadores en pos de buscar la igualdad de género en las tareas de cuidado— y formó parte de MenEngage —acción mundial que busca sumar a hombres y niños a la búsqueda de la igualdad de género, y desterrar los mandatos que arrastran los varones sobre qué es lo que se espera de ellos.

Su currículum en torno a masculinidades e igualdad de género sigue: es parte del comité académico de los Coloquios Internacionales de Estudios sobre Varones y Masculinidades, espacios de activismo que nuclean a investigadores, gestores y colectivos de América Latina para analizar el género desde la perspectiva masculina y promover la igualdad. Fue facilitador y coordinador de grupos de varones que deciden dejar de ejercer violencia. Y ocupó puestos jerárquicos en la actividad sindical, donde también trabajó temas de género.

Todo eso en los últimos dieciséis años. Antes, dice, tuvo “otros recorridos, como todos los hombres”. Fue chofer de ómnibus y despachante de combustible en una estación de servicio.

Pero con “otros recorridos, como todos los hombres” no habla directamente de los oficios. Sino de su modo de estar en el mundo. “Entonces, sí, hay algo de deconstrucción tardía”.

Lo que lo convocó a iniciar esa deconstrucción fue uno de los coloquios de masculinidades que hubo en el 2011 en Montevideo, cuando él era estudiante de Psicología: “Ahí me encontré con un mundo, consciente y explícito, sobre un montón de cosas que venía problematizando y cuestionándome pero que no sabía cómo ordenar. Ahí encontré un montón de explicaciones. En paralelo venía trabajando, en la universidad, con grupos de mujeres víctimas de violencia doméstica (en aquel momento se decía de esa manera en Uruguay) y también eso me había ayudado a reconocer el daño en las mujeres a nivel doméstico, a nivel de la sociedad, y a cuestionarme algunas cosas personales. Ahí, inmediatamente, empecé a juntarme con grupos de hombres a pensar cosas”.

Esos grupos reunían a varones de entre 19 y 73 años. La confesión de que la primera experiencia sexual de la que se había jactado toda la vida había sido, en verdad, ruin, había surgido del mayor de ellos en uno de esos encuentros.

—Ahí fue que dije: “Ta, yo me quiero dedicar a esto”.

La mesa feminista en el Primer Encuentro de Varones Antipatriarcales de Uruguay

Un método para reconocer y dejar de ejercer violencias: los antecedentes

En el vasto recorrido por tareas y trabajos con foco en la igualdad de género, que fueron de algún modo los antecedentes que lo condujeron al grupo que promovió el encuentro nacional, Rodríguez Añón destaca el de la coordinación de grupos de hombres que deciden dejar de ejercer la violencia, una actividad que llevó a cabo durante unos siete años.

—Yo me formé con el modelo del Centro de Capacitación para Erradicar la Violencia Intrafamiliar Masculina (CECEVIM), que se usa en Estados Unidos y México, creado por el mexicano Antonio Ramírez. Y ese método es el que trabajamos con los hombres para reconocer y detener la violencia.

—¿En qué consiste el método?

—Es una grupalidad de unos veinte hombres (van entrando todo el tiempo nuevos). Se propone que vayan una vez por semana, dos horas, durante seis meses: veinticuatro encuentros. Y se trabaja siempre con el mismo sistema donde cada uno ve un concepto vinculado con el proceso violento: son como diez etapas en las que se deconstruye una situación de violencia, desde el momento en el que se estaba en equilibrio hasta cuando se puso en tensión y fricción. Y se analiza qué códigos culturales incidieron, qué pensamientos se tuvo, qué sensaciones corporales, qué cosas le pidió a la pareja que si no se cumplieron lo llevaron a sentir frustración y a ejercer violencia. Después se identifican los diferentes tipos de violencia, básicamente física, emocional, económica o sexual (son los cuatro tipos que se manejan); se ven los impactos que se generaron en la pareja, en uno mismo, en los hijos y en la comunidad. Ese es el modelo, en síntesis. Es muy intenso lo que pasa en esas dos horas, se sube y se baja la tensión, y la idea es generar que, durante ese tiempo, estén libres de violencia entre los participantes. Si se puede lograr y se puede reconocer el ejercicio de violencia en esas dos horas, eso da herramientas para trabajarlo fuera del grupo.

Rodríguez Añón dice que, en su experiencia, los grupos siempre estaban nutridos de varones que se acercaban, algunos derivados por la Justicia y otros voluntariamente, siguiendo el consejo de analistas, parejas, abogados o familias.

—Pasaban cientos de hombres. Después hay un segundo nivel donde se trabaja mucho más en las emociones y se hacen planes individuales para no ser violentos, se aprende a hacer acuerdos con la pareja. Una de las cosas más novedosas es que el paso número uno para hacer un acuerdo es saber que cuando vas a proponer algo la otra persona te puede contestar que no. Esa hipótesis de base muchos hombres ni siquiera la habíamos pensado antes de razonarla. Y el ejercicio de la violencia está basado en eso, te dicen que no y vos: “¿Y por qué no?”. Ahí empieza la violencia.

El escritor y periodista uruguayo Mario Delgado Aparaín, en la apertura del encuentro

Un evento planeado, empujado y sostenido

El Primer Encuentro Nacional de Varones Antipatriarcales hacia la Igualdad no surgió espontáneamente ni por autoconvocatoria. Su organización, cuenta Rodríguez Añón, implicó que representantes de los tres colectivos que lo impulsaron —Varones por la Igualdad, Red de Masculinidades Uruguay y Varones Antipatriarcales por la Reflexión, Revisión y Acción— se reunieran “treinta y seis veces: una vez por semana, durante dos o tres horas, de manera virtual”.

—Estos tres colectivos el año pasado nos habíamos juntado para hacer, el 24 de agosto, una movilización de varones contra la violencia basada en género en la Plaza Libertad, acá, en el centro de Montevideo. Fuimos unos cincuenta, más o menos. Y en verano a uno de los compañeros de Varones por la Igualdad se le ocurrió esta idea de hacer un encuentro y la compartió con su grupo, que se la compartió a los otros dos grupos.

Lo que siguió fue buscar apoyo económico para que el evento pudiera ser nacional y hubiera algún respaldo para los traslados de los varones hacia el lugar del encuentro. Los impulsores escribieron la idea como proyecto y la postularon a un fondo de Amnistía Internacional que lo eligió entre los cuatro ganadores de setenta y seis candidatos.

—Recibimos un dinero de Amnistía Internacional, que fue como el empujón fuerte. Y después tuvimos apoyo de la embajada británica, del Instituto Nacional de las Mujeres, de la Intendencia de Montevideo, de la Intendencia de Canelones, que nos prestó el local, de la Universidad de la República, que sacó una carta de apoyo.

Rodríguez Añón enumera más organismos que de una u otra manera ayudaron a que el evento se concretara. Muchos nacionales y otros internacionales, como el Fondo de Población de Naciones Unidas y ONU Mujeres. Así pudieron llevar a cabo la convocatoria a la que se anotaron 160 varones, de los que terminarían presentándose 105, de 23 a 89 años.

Vinieron hombres de trece departamentos de los diecinueve que tiene Uruguay. Más algunas mujeres, que fueron las integrantes de la Red de Masculinidades (que incluye mujeres y personas de la diversidad sexual) o invitadas que llegaron para una mesa de feministas. Ahí estuvieron Andrea Tuana, Raquel Hernández, integrante de la Red Uruguaya contra la Violencia Doméstica y Sexual, y Nohelia Millán, que es una amiga feminista que apoyó mucho a estos colectivos durante muchos años. Ella fue directora de Género y Equidad en Canelones y ahora está en la Intendencia de Montevideo. Ellas tres, junto con Geru Aparicio, que es mexicana pero vive en Uruguay hace años, fueron la mesa de feministas que nos interpeló, de alguna manera.

Andrea Tuana, trabajadora social, docente y referente feminista uruguaya, en el Primer Encuentro de Varones Antipatriarcales​. Tuana dirige la Asociación Civil El Paso y es una reconocida activista contra las violencias de género

Del primer femicidio del que se sabe en la historia uruguaya a las violencias actuales: los recorridos del encuentro

En la apertura del evento estuvo el escritor Mario Delgado Aparaín, quien dos décadas atrás, desde el puesto que ocupaba en el área de Cultura de la Intendencia de Montevideo, había convocado a una movilización de hombres contra la violencia hacia las mujeres. Por su exposición los presentes supieron que el primer suicidio del que se sabe en Montevideo, fechado en algún momento del 1700, fue el de un hombre que se quitó la vida después de haber matado a su pareja. Con lo que el primer suicidio del que se conoce en la capital uruguaya está ligado al primer femicidio del que se conoce en la capital uruguaya.

—Pero eso quedó invisibilizado por la historia —dice Rodríguez Añón.

La jornada siguió con una presentación del rosarino, especialista en masculinidades y géneros, Luciano Fabbri. Luego los asistentes se dividieron, según intereses, en cinco talleres que “fueron desde el machismo cotidiano hasta de qué hablan los hombres en el boliche. Pasando por cómo dialogamos con los feminismos, cómo reconocemos la violencia que está en nosotros, algo de sexualidad y cómo dialogar entre nosotros. Después se hizo una puesta en común”.

—Creo que de ahí viene el cambio. De desarmar lo patriarcal entre los varones, tratando de reconocernos todos, de escucharnos todos. Hubo mucha interpelación desde los colectivos de varones gay a cómo se sentían de frágiles en esa grupalidad llena de hombres, igual que lo que dijeron las compañeras feministas: “Uy, cuánto hombre hay acá. Me alegra y me da miedo”. Y después hubo mucho diálogo intergeneracional, que es fabuloso, fabuloso.

—¿Cuáles son las cosas de las que más se hablaron respecto a las prácticas cotidianas que acrecentan las desigualdades o las violencias? ¿Cuáles destacaron como los puntos más urgentes a combatir?

—Lo que más salió es cómo llegarle a los jóvenes, la falta de juventud que había en el encuentro. Y cómo construir a favor de la igualdad y denunciar, de alguna manera, esto de la manósfera que fomentan las derechas, que captan a las juventudes que están muy incómodas con la vida que se lleva hoy, con las necesidades básicas insatisfechas o con la insatisfacción de la vida cotidiana, y les ofrecen un montón de recursos maravillosos que después terminan siendo una pompa jabón que explota y desaparece. Esto de que les hablan de la libertad y en realidad se la coartan. Hablamos mucho de eso, problematizándolo. Y de las violencias más duras: los femicidios, la violencia vicaria, la violencia sexual. De cómo escucharnos y cómo escuchar a quienes tienen trayectoria en el activismo, que son las mujeres, que son la diversidad sexual, y no tratar de descubrir la pólvora sino caminar en conjunto y aprender del proceso que ya hicieron, por los derechos humanos, otros colectivos.

Pese a esta última reflexión de caminar a la par, Rodríguez Añón dice que hacer que el encuentro incluyera una mesa de mujeres fue un logro, que (como también sucede al interior de los feminismos) hubo quienes sostenían que el encuentro de varones antipatriarcales debía ser solo de varones. Que llevó trabajo entender la importancia de sumarlas, así como aceptar a hombres trans y no biniaros. Y que a la mesa feminista —a los colectivos que hay que escuchar porque saben, según acaba de decir— solo le concedieron veinte minutos. Lo señala como una de las críticas que les hicieron y asume que es “parte de las tensiones”.

—Y cuando hablaron las mujeres en la mesa feminista, ¿cuál fue el reclamo más urgente de ellas?

—Ellas reconocieron mucho lo valioso que era ese momento del encuentro y lo bueno que era que nos juntáramos los hombres a pensar todo esto y a hablar de todo esto, y a la vez confrontaron las violencias que todavía no visualizamos o no nos duelen tanto. En el modelo que te contaba hace un rato hay una acción que se hace con los hombres que es reconocer al ser humano que hay en el hombre y de alguna manera confrontar la violencia que ejerce, no decir que es violento sino reconocer que ejerce una acción violenta. Y ellas hicieron más o menos eso: nos abrazaron y nos dijeron “qué suerte que son parte del trabajo por la igualdad, pero no queremos que sigan ejerciendo violencia contra nosotras”. Las dos cosas a la vez. Fue un diálogo muy, muy rico y muy complejo también.

A la derecha, con el micrófono, Fernando Rodríguez Añón en la apertura del evento

Las masculinidades de este lado del charco

Para conocer cuál es la situación en Argentina, Infobae habló con Luciano Fabbri que asegura que la toma de conciencia respecto a la desigualdad de género en nuestro país “es efecto principalmente del trabajo de sensibilización y de interpelación de los movimientos de mujeres y feministas a lo largo de la historia pero, fundamentalmente, con mayor intensidad, en la última década. Del 2015 en adelante, esa interpelación hacia los varones ha tenido sus efectos. Aunque vale aclarar que la toma de conciencia no se traduce necesariamente ni automáticamente en una modificación de los comportamientos, de las prácticas y de las relaciones”.

Parece una obviedad. No lo es. No alcanza con saberlo, pensarlo, reflexionarlo.

Rodríguez Añón también lo señala. Dice que “hay unas diferencias entre lo políticamente correcto y la acción personal” pero destaca la importancia de trabajar sobre eso.

Fabbri sostiene que para que la concientización haga mella y se transforme en cambios reales “hay que pasar de una sensibilización en términos individuales a un trabajo colectivo y fomentado desde las instituciones”.

—Y eso es lo que se ha visto fuertemente interrumpido en los últimos tres o cuatro años, con la desarticulación de las pocas políticas públicas nacionales y de muchas de las políticas provinciales y municipales que de algún modo habían logrado incorporar, aunque sea de manera incipiente, la agenda del trabajo con varones dentro de las agendas más destinadas a las políticas de género de las mujeres y de las diversidades sexuales.

El especialista recuerda que “a excepción de la provincia de Buenos Aires, que sostiene una Dirección de Promoción de Masculinidades para la Igualdad”, y dos o tres provincias como Córdoba o Neuquén, que logran mantener a flote alguna secretaría, área o política pública destinada a géneros y, específicamente, al trabajo con varones, lo más frecuente es que estas iniciativas estén destinadas únicamente a los varones que hayan ejercido violencia de género a modo de programas de reflexión y recuperación, como el mencionado por Rodríguez Añón.

—Después nos encontramos con que el panorama, en ese sentido, es de retroceso porque básicamente no se puede hacer política pública sin recursos y si se interrumpen las transferencias nacionales a los gobiernos provinciales y de los gobiernos provinciales a los municipales, con suerte se sostienen algunas políticas de atención a varones que han ejercido violencia o algunas políticas de promoción y sensibilización más centradas en talleres, pero eso pierde una dimensión sistemática, sostenida y que abone un cambio más estructural, que es efectivamente lo que debemos hacer porque el problema es el estructural. No obstante eso, sí es cierto que muchas organizaciones siguen sosteniendo un trabajo por fuera de la institucionalidad pública, de carácter más comunitario, no gubernamental, también por supuesto afectadas por los recortes de recursos.

Frente a este escenario, Fabbri destaca la importancia de encuentros como el celebrado en el país vecino.

—Creo que es muy importante el trabajo que vienen haciendo los tres colectivos organizadores. Con uno de esos colectivos, la Red Uruguaya de Masculinidades, compartimos la alianza MenEngage en Latinoamérica. Lo que vienen impulsando contagia y estimula a que otras redes de organizaciones, como en el caso de la Red de Espacios de Masculinidades de Argentina (REMA), retomemos el camino de los encuentros presenciales, que eran bastante sistemáticos antes de la pandemia y que después se fueron interrumpiendo. Hay algo valioso en ese encuentro cuerpo a cuerpo que no es sustituible por la virtualidad. En ese sentido, la apuesta que han realizado los compañeros y compañeras de Uruguay también promueve que otros continuemos ese recorrido.

Para hacer una lectura de la coyuntura argentina con respecto a este tema, los colectivos que integran la REMA se reunieron a pensar “cuáles son los nuevos desafíos para trabajar con los varones en este contexto, donde muchas veces el antifeminismo es una política de Estado y un discurso oficial, lo que tiene un impacto mayor al que ya tenían esos discursos en nuestro país”.

—Hoy, más del 78% de las personas que se suicidan en Argentina y en la región son varones jóvenes que viven día a día con la presión de cumplir con los mandatos de masculinidad: que tienen que ser sostén de familia, exitosos, competitivos, autosuficientes, en un contexto que cada vez les ofrece menos condiciones para cumplir con esos mandatos. Y a la vez, con un sistema de salud pública cada vez más degradado, con una salud mental cada vez más abandonada y sin estrategias de promoción y de acceso orientadas a esta población en particular. Creo que esas coordenadas nos obligan a pensar en cómo intervenir de manera más adecuada y más eficiente en esta coyuntura. Pero, por supuesto, esta no puede ser una pregunta que solo nos hagamos las organizaciones no gubernamentales sino que también es una responsabilidad del Estado, en tanto son derechos humanos los que se ven vulnerados por esta situación.