María cree que su hijo de seis años es simplemente tímido. No es que no hable en clase; es que los sonidos le causan ansiedad. No rechaza el contacto físico por mal educado; procesa el roce de manera diferente. Durante meses ella lo llevó de especialista en especialista buscando la palabra mágica que etiquetara su comportamiento. Cuando llegó el diagnóstico —Trastorno del Espectro Autista— sintió alivio y pánico al mismo tiempo. Al fin tenía un nombre. Pero seguía sin saber cómo vivir con eso.
Esa brecha entre diagnosticar y entender marca la diferencia entre una familia que colapsa y una que avanza. En Argentina, como en gran parte del mundo, el sistema sanitario tiende a resolver la mitad del problema. Entrega un papel. Luego cierra la puerta.
Cuando los primeros signos llegan sin avisar
Según la Organización Mundial de la Salud, uno de cada 100 niños nace con Trastorno del Espectro Autista. Pero ese número frío oculta una realidad más cruda: muchas familias tardan años en reconocer qué está pasando.
“Los signos del TEA pueden aparecer desde los primeros meses de vida”, explica Zuleika Morillo, psiquiatra infantil de República Dominicana. Pero el reconocimiento temprano sigue siendo un cuello de botella. Muchos síntomas se confunden con timidez, introversión o simplemente “ese es su carácter”. Mientras tanto, el tiempo pasa y los padres cargan culpa sin razón.
Los especialistas advierten sobre las cuatro señales que merecen atención:
• Dificultades en la comunicación verbal y no verbal
• Patrones de comportamiento repetitivos
• Hipersensibilidad a estímulos sensoriales
• Desafío en la interacción social cotidiana
Lo que el diagnóstico no te enseña
Aquí está el secreto que nadie quiere contar: un diagnóstico no es comprensión. Es apenas el comienzo. Yazmín Ramiro Cortés, investigadora del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM, México, ha demostrado que el cerebro autista no funciona menos sino diferente. Las neuronas de las personas con autismo son más selectivas, detectan patrones con mayor precisión. Una persona autista no ve el mundo de manera deficitaria sino ampliada, filtrada, intensa.
Lo que una madre necesita no es que le digan qué tiene su hijo sino cómo vive el mundo ese hijo. La diferencia es radical.
Irene López, responsable clínica de la red de centros Anda Conmigo, España, destaca una realidad que toca a miles de familias: “Estamos viendo cómo la demanda se abre por los dos extremos de la infancia y la adolescencia. Cada vez detectamos antes las señales de alarma en los más pequeños, y al mismo tiempo llegan más adolescentes que hasta hace poco no pedían ayuda para gestionar su malestar emocional”.
La empatía como herramienta que falta
Rosa María Paliza, psicóloga especialista en neurodiversidad de República Dominicana, subraya que “entender al otro es el primer paso para aceptar la diferencia”. Y eso es precisamente lo que muchas familias no consiguen en un consultorio. No es cuestión de terapias —aunque ayudan—, sino de capacidad para meterse en la piel de quien procesa el mundo de otra forma.

Por eso existen experiencias que permiten sentir cómo funciona la mente autista desde adentro. En el Teatro Maipo, por ejemplo, la puesta en escena “El curioso incidente del perro a medianoche”, dirigida por Carla Calabrese, materializa exactamente eso. Iñaki Aldao encarna a Christopher, un adolescente con autismo, con una precisión que asusta. Junto a él, Diego Gentile como su padre y Mela Lenoir como su madre, crean un espacio donde el espectador no solo observa sino que experimenta cómo procesa información alguien neurodivergente.
La obra no explica autismo. Lo vive. Y allí, en esa diferencia, radica su valor terapéutico para familias que llegan al teatro desesperadas por entender.
Las familias que llegan a consulta cargan historias de culpa, de luchas silenciosas, de intentos fallidos de comunicación. Pero cuando logran atravesar esa barrera que separa el diagnóstico de la comprensión, algo cambia. La culpa se convierte en curiosidad. La incomprensión, en fascinación.
Porque entender al otro —realmente entender— es la única brújula que no falla.




