El estudio analizó cómo se acumula la tensión en la zona de subducción de Kamchatka, donde en 2025 se produjo un terremoto de magnitud 8,84. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Bajo la costa oriental de Kamchatka, en el extremo nororiental de Rusia, la Tierra llevaba décadas cargando una energía que no hacía ruido. No había una señal visible para el ojo humano, ningún aviso capaz de traducir con claridad ese movimiento lento de las placas. Sin embargo, un grupo de científicos cree haber identificado la zona exacta donde se estaba acumulando la tensión que luego dio lugar al terremoto de magnitud 8,84 de 2025, uno de los sismos más potentes de los últimos años.

El hallazgo, presentado por investigadores de la Universidad de California en Riverside en la revista Geophysical Research Letters, no promete predecir cuándo va a ocurrir un gran terremoto, pero sí ofrece una herramienta para delimitar con mayor precisión dónde puede empezar a romperse una falla.

El estudio, firmado por Axel J. Periollat y Gareth J. Funning, parte de una pregunta que atraviesa desde hace décadas a la geofísica: cómo reconocer, antes de una catástrofe, qué sectores de una zona de subducción están efectivamente trabados y cuáles liberan energía de manera más gradual. En esas fronteras entre placas tectónicas, donde una se hunde por debajo de la otra, se producen los terremotos más grandes del planeta y, en muchos casos, los tsunamis con mayor capacidad destructiva.

La investigación comparó el sismo de 2025 con el gran terremoto de 1952 y detectó que ambos eventos rompieron una región profunda similar de la falla. (Geophysical Research Letters (2026). DOI: 10.1029/2026gl121826)

La novedad del trabajo reside en el método. En vez de fijar de antemano dónde podrían estar las llamadas asperezas —los parches de fricción que resisten el movimiento hasta que ceden—, el equipo utilizó un enfoque plenamente guiado por datos. A partir de mediciones de velocidad horizontal obtenidas con estaciones GNSS, la versión más precisa de los sistemas de posicionamiento satelital usados para medir deformaciones del terreno, los investigadores construyeron un modelo probabilístico de bloqueo intersísmico sobre la megafalla de Kamchatka.

Lo que apareció en ese mapa fue una región principal con alta probabilidad de estar bloqueada, una suerte de costura profunda donde la deformación se había acumulado durante décadas. Según el estudio, esa zona retenía desde el gran terremoto de 1952 un déficit de deslizamiento capaz de explicar casi por completo la magnitud del sismo liberado el 30 de julio de 2025. La energía almacenada desde 1952 era comparable al momento sísmico descargado en 2025, una coincidencia que refuerza la relación entre el bloqueo prolongado y la ruptura posterior.

Un mapa del silencio antes del terremoto

En la jerga de la sismología, el intervalo entre un gran terremoto y el siguiente se llama período intersísmico. Es el tramo silencioso del ciclo, aunque “silencioso” sólo en apariencia. Durante esos años, e incluso durante siglos, ciertos segmentos de la falla quedan inmovilizados por fricción mientras las placas continúan empujándose. La superficie se deforma lentamente y esa deformación puede medirse.

Los investigadores utilizaron mediciones geodésicas para identificar sectores de la falla con alta probabilidad de bloqueo antes de una gran ruptura. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Periollat y Funning tomaron como base velocidades geodésicas registradas en la península rusa y las procesaron con un modelo de elementos de contorno sobre una geometría triangular de la megafalla derivada de Slab2.0, una de las referencias globales para estudiar zonas de subducción. Después aplicaron una estrategia de muestreo probabilístico que les permitió evaluar, elemento por elemento, qué partes de la interfaz estaban bloqueadas sin imponer un dibujo previo de las asperezas.

El resultado fue un modelo con seis regiones principales de alta probabilidad de bloqueo, aunque una se destacó sobre las demás. Ese clúster principal, compuesto por 618 elementos del modelo, definió la zona central de bloqueo sostenido. Allí, las probabilidades más altas coincidieron además con los sectores de menor variabilidad estadística, una señal de que el patrón no era un artefacto aislado de la simulación sino una característica robusta dentro del conjunto de soluciones exploradas.

El método no permite anticipar cuándo ocurrirá un terremoto, pero sí mejora la localización de las zonas con mayor riesgo sísmico. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los autores estimaron que, con una convergencia tectónica de alrededor de 80 milímetros por año, cada elemento bloqueado acumuló unos 5,8 metros de déficit de deslizamiento entre 1952 y 2025. Traducido a magnitud sísmica, ese almacenamiento corresponde a eventos del orden de Mw 8,85 a 8,99, un rango compatible con el terremoto de 2025, cuyo momento sísmico fue calculado en 2,26 × 10²² N·m.

Ese punto es central: el estudio no afirma que todo el segmento de falla haya estado completamente trabado, sino que incluso con un bloqueo parcial dentro de la región principal el modelo reproduce de manera convincente la energía liberada en 2025. No hace falta que toda la falla esté inmovilizada para generar un gran terremoto; alcanza con que una porción persistente haya acumulado suficiente tensión durante décadas.

La misma cicatriz profunda, dos tsunamis distintos

Uno de los aportes más interesantes del estudio aparece cuando compara el sismo de 2025 con el gran terremoto de 1952, estimado en Mw 9,0. Ambos ocurrieron en el mismo sistema de subducción y ambos parecen asociados a una asperidad persistente, una zona de bloqueo que sobrevive a más de un ciclo sísmico y vuelve a concentrar tensión con el paso del tiempo.

Según el trabajo, la región señalada por el modelo coincide con el sector donde después se produjo el gran terremoto frente a la costa oriental de Rusia.

Las comparaciones entre los modelos de deslizamiento cosísmico muestran una correspondencia espacial fuerte entre las áreas que el nuevo método identifica como más bloqueadas y los sectores que efectivamente se rompieron tanto en 1952 como en 2025. Los dos eventos descargaron energía en una misma región profunda de la megafalla.

Pero allí termina la similitud. El estudio subraya que el terremoto de 1952 habría tenido un deslizamiento mucho mayor en la parte más superficial de la falla, cerca de la fosa oceánica. Esa diferencia ayuda a explicar por qué aquel evento generó un tsunami considerablemente más destructivo que el de 2025. Mientras el sismo reciente produjo amplitudes de alrededor de 0,85 metros en boyas DART y olas costeras de hasta 2 metros en Hawái, el evento de 1952 dejó registros e inferencias de corridas mucho más severas, con alturas de 15 a 18 metros en sectores del sur de Kamchatka y del norte de las islas Kuriles.

En la práctica, eso significa que dos terremotos gigantes en una misma región pueden no comportarse igual frente al océano. La diferencia no está sólo en cuánta energía se libera, sino en qué parte de la falla se libera. Cuando el deslizamiento alcanza con fuerza la zona más somera, el fondo marino puede desplazarse de manera más eficiente para empujar una masa de agua enorme y amplificar el peligro de tsunami.

Ese matiz es uno de los puntos más sensibles del trabajo. Los autores remarcan que la localización de las zonas bloqueadas permite mejorar la evaluación del riesgo sísmico, pero no resuelve por sí sola la incertidumbre sobre el impacto tsunamigénico. La porción superficial de muchas megafallas sigue siendo una región mal observada, precisamente porque se encuentra bajo el mar.

Lo que el método puede decir y lo que todavía no

La investigación también sugiere que las rupturas tienden a iniciarse en sectores muy específicos. Mediante un análisis jerárquico del clúster principal, Periollat y Funning identificaron subregiones menores con probabilidades medias de bloqueo muy altas, algunas cercanas al 0,98. Esos núcleos coinciden con las áreas hipocentrales de los terremotos de 1952 y 2025, lo que abre la posibilidad de que ciertas asperezas pequeñas pero persistentes funcionen como disparadores recurrentes de grandes eventos.

El análisis de la deformación lenta de la corteza ayuda a identificar regiones bloqueadas que concentran energía durante décadas antes de romperse. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Aun así, el propio estudio es cuidadoso con sus límites. Algunas regiones de bloqueo detectadas al norte de los 53 grados de latitud podrían ser artefactos del modelo asociados a la escasez de estaciones geodésicas. Otra anomalía ubicada a mayor profundidad fue interpretada por los autores como probablemente no física, un recordatorio de que el comportamiento de una megafalla todavía se observa con una red incompleta, especialmente mar adentro.

Ahí aparece uno de los desafíos de fondo. Gran parte de las fallas más peligrosas del mundo se extiende bajo el océano, donde las mediciones son mucho más escasas que en tierra firme. El estudio insiste en que será necesario desarrollar geodesia del fondo marino para vigilar con mayor detalle el acoplamiento superficial y reducir la incertidumbre sobre el potencial de ruptura y de tsunami.

El análisis de la deformación lenta de la corteza ayuda a identificar regiones bloqueadas que concentran energía durante décadas antes de romperse. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Ese esfuerzo ya empezó en distintos puntos del planeta. En varias zonas del Pacífico se están desplegando instrumentos acústicos en el lecho marino y nuevos sistemas satelitales para seguir deformaciones que hasta ahora escapaban a la cobertura convencional. La mejora de esa observación puede resultar determinante en lugares como Japón, Chile, México, Nueva Zelanda o el noroeste del Pacífico, donde las zonas de subducción concentran una parte significativa del riesgo sísmico global.

En ese contexto, el valor del trabajo sobre Kamchatka es doble. Por un lado, ofrece una validación poco frecuente: el modelo de bloqueo coincide con la zona que después se rompió en un terremoto real de magnitud extrema. Por otro, recuerda que incluso cuando la física del subsuelo empieza a volverse más legible, el problema dista de estar resuelto. Los científicos pueden acercarse cada vez más a responder dónde se acumula la tensión, pero el cuándo sigue siendo una frontera abierta.

El estudio cierra con una idea que, lejos de clausurar la discusión, la deja deliberadamente en movimiento. Las grandes fallas no liberan su energía de forma idéntica en cada ciclo. Pueden repetir una misma cicatriz profunda y, al mismo tiempo, variar en la porción más superficial donde se decide gran parte del daño oceánico. En ese margen incierto, donde la roca tarda décadas en ceder y el mar puede cambiar de escala en segundos, se juega buena parte de la preparación ante los terremotos del futuro.