
Fueron dos semanas en que la tranquila ciudad de Mattoon vivió con miedo a una amenaza invisible. No hubo muertos, heridas graves ni una sustancia identificada, pero decenas de vecinos denunciaron episodios extraños dentro de sus casas y empezaron a creer que alguien los atacaba por las noches.
Los relatos se repetían: un olor fuerte que entraba por una ventana, malestar repentino, dificultad para respirar, vómitos o debilidad en las piernas. Cada nuevo caso reforzaba la sospecha de que había un agresor suelto, aunque la policía nunca logró encontrarlo.
Lo extraordinario no fueron solo los síntomas, sino la rapidez con la que el miedo se apoderó de toda la comunidad. Los diarios instalaron la figura de un atacante (máscara incluida), los vecinos salieron a buscarlo y la ciudad empezó a sentir a cualquier olor, sombra o ruido nocturno como una amenaza. Al final, la pregunta no era quién era ese hombre, sino cómo toda una comunidad llegó a creer en él.

El primer olor y la aparición del supuesto atacante
Todo comenzó en la madrugada del 31 de agosto de 1944, en una casa de Grant Avenue. Urban Raef se despertó por un olor extraño y, poco después, empezó a sentir náuseas, debilidad y vómitos. Su esposa intentó levantarse para revisar la estufa, porque los dos pensaron en un problema con el gas doméstico, pero descubrió que no podía mover las piernas.
Más tarde se informó otro episodio similar en una casa cercana. Una joven madre se despertó al oír toser a su hija y, cuando intentó salir de la cama, notó que tenía las mismas dificultades de mover su cuerpo. Aunque los detalles del segundo varían un poco al primero, los dos episodios quedaron asociados más tarde con el inicio de la oleada de denuncias.
Todo cambió cuando, el 1 de septiembre, Aline Kearney, otra vecina de la avenida Marshall, aseguró que percibió un olor dulce y muy fuerte mientras estaba en su casa y que a los pocos minutos perdió sensibilidad en las piernas. Asustada y muy confundida, pidió ayuda. Con ella estaba su hermana, que también habría sentido ese olor, que, dijeron, “parecía entrar por una ventana abierta”.
Hasta entonces había muchas dudas y comenzaban los interrogantes. Pero, otro testimonio despertó las alarmas: Bert Kearney, esposo de Aline y taxista, regresaba a su casa pasada la medianoche cuando, aseguró, vio a un hombre junto a una de las ventanas de la vivienda. Lo describió como alto, vestido con ropa oscura y una gorra ajustada. El desconocido escapó antes de que pudiera alcanzarlo y nunca fue identificado.
Sin embargo, esa descripción se convirtió en la imagen más difundida del supuesto gaseador. Después de esa noche, Aline contó que siguió con la sensación de ardor en los labios y en la garganta, y lo atribuyó al extraño gas. Bastaron esos testimonios para que la hipótesis de un agresor empezara a imponerse sobre las explicaciones más simples, como una fuga doméstica o la presencia de algún producto químico en el ambiente.
Durante los días siguientes surgieron nuevos testimonios. Los nuevos afectados hablaban de olores extraños y malestares repentinos; a la vez que empezaron a circular relatos sobre ventanas abiertas, mosquiteros dañados y personas sospechosas cerca de las viviendas. Todavía no había una explicación creíble para lo ocurrido, pero ya empezaba a tomar forma la idea de que todos esos episodios podían ser obra de una misma persona.

Cuando el miedo empezó a fabricar sus propias pruebas
La prensa local tuvo un papel decisivo en la transformación de aquellos primeros episodios en una amenaza colectiva. El Mattoon Journal-Gazette publicó el caso de Aline Kearney con un título que ya hablaba de una “primera víctima” y de un “merodeador anestésico”, instalando la idea de que no se trataba de un hecho aislado. En una ciudad chica, donde el diario llegaba a casi todos los hogares, esa interpretación podía extenderse rápido.
Después de la publicación comenzaron a multiplicarse los testimonios. Para el 5 de septiembre ya se habían denunciado varios episodios similares y aparecieron nuevos elementos que parecían confirmar la presencia de un atacante: pisadas bajo las ventanas, mosquiteros dañados y supuestos avistamientos. La descripción del hombre alto, vestido de oscuro y con una gorra ajustada terminó convirtiéndose en la imagen del “Gaseador Loco”.
Esa noche apareció también lo que parecía ser la primera evidencia material. Carl y Beulah Cordes encontraron un trozo de tela blanca en la galería. La mujer lo levantó y lo olió; poco después aseguró haber sufrido ardor en la boca y la garganta, hinchazón, vómitos y debilidad en las piernas. Cerca del lugar había además una llave maestra y un tubo de lápiz labial casi vacío. Sin embargo, el análisis del paño no encontró ninguna sustancia capaz de explicar su reacción.
Mientras los diarios de Chicago reproducían la historia y el caso alcanzaba repercusión nacional, en Mattoon la distancia entre lo comprobado y lo supuesto comenzó a hacerse cada vez más difícil de distinguir. Un olor podía interpretarse como un ataque, una sombra como el paso del gaseador y unas huellas como prueba de que alguien había estado allí. La amenaza empezaba a existir también en la imaginación de quienes la buscaban.

Una amenaza que desapareció sin dejar culpable
El miedo pronto salió de las viviendas. Los vecinos organizaron patrullas nocturnas para recorrer las calles y algunos comenzaron a llevar armas. Las llamados “perseguidores” iban detrás de los patrulleros para encontrar al supuesto atacante, mientras la policía advertía que esas iniciativas podían terminar provocando una tragedia. En medio de la tensión, una mujer llegó a disparar accidentalmente contra la pared de su propia casa.
Las autoridades tampoco encontraban respuestas. La policía local y estatal investigaron los casos, intervino el FBI y expertos del Servicio de Guerra Química intentaron determinar qué sustancia podía provocar los síntomas. Se consideraron diferentes productos, incluidos compuestos utilizados en ámbitos industriales, pero nunca apareció una evidencia concluyente. Las víctimas se recuperaban rápidamente, no había consecuencias graves y el supuesto atacante seguía sin aparecer.
El 12 de septiembre, después de recibir numerosas falsas alarmas, el jefe de policía C. E. Cole anunció que el caso dejaría de ser prioritario. Planteó que algunos olores podían provenir de instalaciones industriales cercanas y que el temor masivo había amplificado los incidentes. Después de ese comunicado, las denuncias disminuyeron abruptamente. No hubo detenidos, nunca se identificó una sustancia responsable y tampoco pudo demostrarse que una sola persona hubiera estado detrás de los hechos.

Con el tiempo, la explicación que reunió mayor respaldo fue la de una histeria colectiva. En 1945, el psicólogo Donald M. Johnson estudió el caso y sostuvo que la información publicada por los diarios había contribuido a que otras personas interpretaran sensaciones comunes dentro del mismo marco de miedo. Eso no significaba que los síntomas fueran inventados: quienes los experimentaron podían haber sufrido realmente náuseas, tos, debilidad o dificultades para respirar.
También quedó abierta la posibilidad de una contaminación industrial y, más difícil de demostrar, la existencia de un atacante real. Ninguna de esas hipótesis logró explicar por completo lo ocurrido.
Y quizás allí esté la razón por la que el caso todavía resulta inquietante: los síntomas fueron reales para quienes los padecieron, pero nunca apareció una prueba capaz de explicar por qué ocurrieron. Cuando la policía dejó de perseguir al supuesto gaseador, el fenómeno prácticamente desapareció. El hombre que durante días parecía esconderse detrás de cada ventana nunca fue encontrado, pero la historia que nació a su alrededor sobrevivió durante décadas.