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Cultura

Cuando los hijos de quienes fueron apropiados durante la dictadura tienen sus propios hijos: “El mar vacío”, una novela sobre la identidad heredada

No me fue fácil escribir esta novela, por varios motivos. El primero porque nunca había escrito antes ficción. Publiqué un par de libros sobre el clientelismo político, pero son libros de índole sociológica o ensayista. No había en ellos que “inventar” historias, ni construir personajes. Lo que hice

Cadena LáserVía Infobae7 min de lectura
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Cuando los hijos de quienes fueron apropiados durante la dictadura tienen sus propios hijos: “El mar vacío”, una novela sobre la identidad heredada

No me fue fácil escribir esta novela, por varios motivos. El primero porque nunca había escrito antes ficción. Publiqué un par de libros sobre el clientelismo político, pero son libros de índole sociológica o ensayista. No había en ellos que “inventar” historias, ni construir personajes. Lo que hice entonces fue tratar de transmitir con crudeza, de forma filosa, los hechos que fueron apareciendo en El mar vacío.

Hace unos 15 años, un grupo de profesionales de las ciencias sociales nos percatamos de un tema que se vendría con el paso de los años. Los bebés apropiados por la dictadura habían crecido, ya eran adultos y estaban en edad de tener sus propios hijos. Pensamos que al hecho horrible de que una persona viva desconociendo su verdadera identidad (y en algunos casos pensara que sus padres eran los asesinos de sus padres biológicos) se le agregaba que cuando éstos jóvenes tuvieran su propia descendencia, sus hijos nacerían con una identidad también falsa. Entonces, pensamos: la dictadura –varias décadas después de haber finalizado- continúa cometiendo crímenes porque cada vez que un hijo de uno de aquellos bebés apropiados nace, un nuevo delito se constituye.

La investigación fracasó por motivos domésticos, pero quedaron en mi poder (además de la idea que me presionaba emocionalmente) un cúmulo de material teórico sobre el tema de la identidad y una serie de entrevistas que habíamos realizados con personas que habían sufrido la apropiación de identidad y luego habían sido restituidas.

Resolví utilizar ese material (que me daba pena que no estuviera en la agenda pública) para pensar esta nueva etapa de la búsqueda de los “apropiados”. Me decidí, pese a mi inexperiencia, por la ficción.

Mi formación académica tuvo un par de años en la por entonces Escuela de Periodismo de la Universidad de La Plata y el Trabajo Social, que ha sido –junto con mi militancia política y social- a lo que me dediqué toda la vida. ¿Por qué lo digo? Porque esa experiencia personal me indicó que el tono del texto debía ser claro y directo, como si fuera una crónica periodística. Digamos que El mar vacío es una crónica periodística apócrifa, y por eso opté porque el narrador fuera un periodista. El Chino, que es periodista, es quien narra los sucesos aunque busqué darle una vueltita: no es un periodista especializado en derechos humanos ni en policiales, ni siquiera uno que se dedica a la política sino que El Chino es un periodista de rock, con lo cual le toca abordar un tema del que no es especialista, se asoma a la problemática con la sorpresa de un neófito.

Vamos al argumento de la novela. Ciriaco es un joven de 27 años, líder de una banda de rock que está creciendo. Su compañera está embarazada, esto es central para comprender las motivaciones de Ciri: está a punto de ser padre y, justo en ese momento, le aparece una duda existencial. Una duda que no tiene un fundamento claro, pero nace de la intuición y lo impacta emocionalmente. Ciri piensa: “creo que soy nieto de desaparecidos”. ¿Lo es?

Pablo Torres, autor de

No lo sabe, no tiene elementos concretos, pero sí una duda instalada, que desea resolver antes de que nazca su hija. Su padre, Ernesto, no comparte la duda, ni los deseos de búsqueda. Ernesto se enoja, se opone a remover el pasado, no quiere saber nada con las ideas de su hijo. Busqué que Ernesto, ese posible hijo apropiado, estuviera lejos del estereotipo: lo hice desinteresado de la política, frío frente a su hijo, bastante antipático, lejos de una víctima con la cual identificarse.

La narración transita un doble nudo. Por un lado, un joven que duda de su identidad (y por ende de la de su padre) y, por el otro, se genera un enfrentamiento generacional entre un hijo que duda y desea buscar y un padre que se niega a hacerlo y trata de frustrar esa búsqueda.

El Chino acompaña a Ciriaco en la búsqueda y la va registrando, para luego producir esta crónica apócrifa que se transformó en El mar vacío. Cuando menciono lo apócrifo, debo hacer una mención al pie: los hechos que se narran son apócrifos, pero bien podrían ser reales. Luego de la marcha por los 50 años del Golpe Militar, las Abuelas de Plaza de Mayo difundieron una estadística: las consultas por dudas respecto de la identidad se triplicaron, pero … -y esto es lo más interesante- quienes fueron a consultar no eran potenciales hijos de desaparecidos sino sus hijos. Es decir, los jóvenes que en la novela representa Ciriaco.

Para evitar spoilers no diré si finalmente Ciriaco es nieto de desaparecidos o no. Lo descubrirán quienes lean el libro, pero sí que el enfrentamiento entre el derecho a conocer la identidad y la negativa a conocer su propia historia (que encarna Ernesto) cruzan toda la novela.

¿Por qué El mar vacío? ¿Qué tiene que ver el mar con esta duda sobre la identidad? Mientras escribía la novela me crucé con un breve párrafo de Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra”. Cito de memoria, Nietzsche dice algo así como: “...hemos matado a Dios, hemos vaciado el mar”. Esa imagen me golpeó. Pensar en un mar sin agua, en un mar vaciado por el hombre, en un mar vacío. Me convencí de que si quería reflejar con una imagen cómo se sentía Ciriaco frente a su duda, frente al no conocer su identidad, frente a su hija a punto de nacer también con una posible identidad falsa, frente a su padre que ni duda y se aferra –tal vez por miedo- a sus pobres certezas, frente a todo eso que pasa frente a su mente es imagen era la adecuada. Ciriaco se siente como si estuviera en la arena de una playa mirando desolado un mar vacío. Creí que esa angustia, de estar frente a un mar sin agua, era la exacta representación de su emocionalidad interna.

Como dije antes traté de que fuera un texto fácil de leer, llevadero, lineal. Algunas y algunos lectores, conocidos y no conocidos por mí, me han dicho que los enganchó, que no podían dejar de leerlo. Ojalá me hayan dicho la verdad, porque también eso fue una decisión consciente al momento de escribir el libro. Tal vez porque –pese a la variedad de mis lecturas- admiro mucho a los escritores que “escriben fácil”, que se concentran en la historia, que se despojan de adjetivos y hacen que la historia avance haciendo que el lector olvide que está leyendo. Mencionaré, entre muchos otros, a Raymond Chandler, a Osvaldo Soriano y a Rodolfo Walsh con su maravillosa Operación Masacre. Así que disfruto con los libros directos, con historias potentes que avanzan cortando como un cuchillo. Ese fue el intento, los lectores dirán si se logró o no, espero que me lo digan cuando lean El mar vacío.

Finalmente, además del placer de leer, espero que El mar vacío nos ayude a pensar y debatir el tema de aquellos 300 bebés apropiados a los que aún no se les restituyó su verdadera identidad. Esas 300 personas, hombres y mujeres, tienen hoy alrededor de 50 años, podemos pensar que algunos de ellos tienen hijas e hijos de aproximadamente 20 años. Además, estos jóvenes, están casi casi en edad de tener su propia descendencia. Son tres generaciones de personas que viven (o pronto nacerán) con una identidad falsa. La sociedad les debe la verdad. Ese es el objetivo final de El mar vacío, poner este tema en la agenda pública, ayudarnos a pensar y debatir sobre ésta cuestión que la sociedad argentina adeuda a muchos argentinos. El mar vacío, contrariamente a lo que puede pensarse, no es un libro sobre el pasado, muy por el contrario, es un libro sobre el presente y el futuro. Ojalá que sea un aporte útil para el debate que nos debemos.

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