La educación cubana enfrenta una crisis material y de libertades (YAMIL LAGE/AFP)

El día 1 de septiembre inició el curso escolar en Cuba. Dos videos sobre hechos ocurridos en dos escuelas primarias a casi mil kilómetros de distancia una de otra, ponen de manifiesto la profunda crisis de valores en la Mayor de las Antillas.

En la Escuela Primaria Amistad Cuba-México, de la barriada “El Fanguito”, municipio Plaza de la Revolución, inauguraron el curso con una violenta demostración de combate de artes marciales, protagonizada por las mismas tropas especiales que envían a reprimir a las madres que salen con sus niños a protestar contra los apagones. Fueron a abonar el miedo.

En Santiago de Cuba, en la Escuela Primaria Santiago Callejas, una maestra da la bienvenida a los niños de 5 a 11 años con un discurso que parecía destinado a los miembros de un Núcleo del Partido Comunista.

Desde El Cobre, en la misma provincia oriental, la familia Reyes Isaac afirmó que en la primera semana de clases apenas enviaron a sus niños a la escuela porque no tenían cómo alimentarlos. Lo mismo me explican desde varios municipios de la provincia Granma. La crisis es material, moral y espiritual y afecta a toda la nación.

El 22 de enero de 1998, durante su histórica visita a Cuba, San Juan Pablo II, hablando en Santa Clara sobre la familia y la educación, afirmó que los padres “deben poder escoger para sus hijos el estilo pedagógico, los contenidos éticos y cívicos y la inspiración religiosa” en que desean formarlos.

El Pontífice fue todavía más lejos: recordó que los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos, que esa responsabilidad constituye un derecho insustituible e inalienable y que las atribuciones educativas del poder público no autorizan al Estado a sustituir a la familia.

Veintiocho años después, esas palabras conservan una extraordinaria actualidad ante la dramática situación en que comenzó en Cuba el curso escolar 2026-2027.

Cerca de 1,4 millones de estudiantes regresaron el 1 de septiembre a más de 10.000 escuelas en un país golpeado simultáneamente por apagones, escasez de combustible, problemas de abastecimiento de agua, deterioro del transporte, falta de alimentos y una profunda crisis económica.

La educación no existe aislada de la realidad en que vive el niño.

¿Cómo puede estudiar adecuadamente un menor que pasó buena parte de la noche sin electricidad, soportando calor, mosquitos y dificultades para dormir? ¿Cómo puede concentrarse quien llega al aula sin desayunar o insuficientemente alimentado? ¿Cómo puede mantener un rendimiento adecuado el estudiante cuya familia dedica casi todas sus energías a encontrar comida, agua, medicamentos o transporte?

Según fuentes oficiales, el curso comenzó con una cobertura docente de apenas del 73%. Se calcula un déficit de aproximadamente 21.000 maestros, y La Habana ha tenido que recibir unos 3.000 docentes procedentes de provincias orientales. También se está recurriendo a jubilados, estudiantes universitarios y profesionales de otros sectores para cubrir aulas.

A ello se suma la crisis del transporte. Hay lugares donde trasladarse a una escuela se ha convertido en una verdadera odisea. Associated Press documentó incluso familias utilizando carretas tiradas por caballos debido a la ausencia de transporte disponible. La falta de combustible y el deterioro del transporte público ya afectaron gravemente la asistencia durante el curso anterior.

Tampoco existen uniformes suficientes. Al comenzar el curso solo se había logrado cubrir alrededor del 12 % de la demanda de uniformes para la enseñanza primaria. Los apagones, la falta de combustible, las dificultades industriales y la carencia de materias primas han impedido producirlos en las cantidades necesarias. El propio Ministerio de Educación tuvo que flexibilizar su utilización.

Faltan asimismo materiales escolares, existen graves dificultades con la alimentación y las familias tienen que asumir gastos que sus ingresos muchas veces no permiten cubrir. La crisis ha llegado al extremo de que en determinados centros los estudiantes necesitan llevar lámparas recargables para hacer frente a los apagones.

Pero la tragedia de la educación cubana no es solamente material. También existe un problema de libertad, derechos, pluralismo y formación ética.

Cuba ratificó la Convención sobre los Derechos del Niño. Este instrumento reconoce a los menores derechos a la libertad de expresión, pensamiento, conciencia y asociación. Sin embargo, el Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas ha reclamado al Estado cubano que garantice efectivamente la libertad de expresión de los menores y evite restricciones desproporcionadas.

En sus observaciones de 2022, ese mismo Comité formuló preocupaciones y recomendaciones respecto al ejercicio efectivo de derechos fundamentales de los niños cubanos.

Una verdadera educación no puede consistir únicamente en enseñar matemáticas, historia o gramática. Educar significa formar personas capaces de pensar por sí mismas, preguntar, discrepar, comparar ideas, buscar información y desarrollar libremente sus convicciones.

Una escuela que pretende imponer una única interpretación política del país, de la historia y de la sociedad deja de cumplir plenamente esa misión.

El niño cubano necesita educación, no adoctrinamiento. Necesita maestros bien preparados y dignamente remunerados; aulas con electricidad y agua; alimentación suficiente; transporte; libros, uniformes y otros materiales. Necesita llegar a clases descansado, bien alimentado y saludable.

Pero también necesita algo igualmente importante: libertad para pensar. Y sus padres necesitan recuperar el derecho a participar decisivamente en la formación moral, ética, religiosa y cívica de sus hijos.

San Juan Pablo II lo dijo en Santa Clara hace casi tres décadas: el Estado tiene responsabilidades en materia educativa, pero no puede sustituir a los padres.

Hoy la crisis educativa cubana reúne dos tragedias en una sola: la pobreza material de las escuelas y la falta de libertades que impone el régimen.

A un niño que tiene hambre, que no duerme por los apagones, sin adecuados maestros, sin alimentos, transporte, materiales o medicamentos, le resulta difícil aprender y vive en condiciones adversas para desarrollarse.

Pero también se perjudica al niño cuando se le enseña qué debe pensar en lugar de enseñarle a pensar.

Cuba necesita un sistema de educación capaz de desarrollar la inteligencia, fortalecer los valores, liberar el espíritu y sostener una sociedad libre y próspera. Una educación donde la familia, la escuela y la sociedad acompañen al niño, pero donde ninguna autoridad pretenda adueñarse de su conciencia.