El estudio compara las experiencias y expectativas de jóvenes de sectores de altos ingresos con las de jóvenes de barrios populares. La diferencia no aparece solamente en las condiciones materiales de vida, sino también en la posibilidad de imaginar qué pueden llegar a ser. Mientras unos cuentan con familias, escuelas, clubes y redes que amplían sus horizontes, otros deben construir sus proyectos en contextos mucho más adversos. “Es mucho más difícil soñar, proyectar, pensarse a futuro”, explicó Daniel Hernández, investigador del CIAS y sociólogo. Para los jóvenes de sectores populares, muchas veces la experiencia consiste en avanzar “sin mapa”. El investigador utilizó el ejemplo de quienes aspiran a convertirse en futbolistas: entrenan y esperan que aparezca esa oportunidad excepcional que les permita cambiar de vida. Pero saben que son pocos los que finalmente lo consiguen. A esa desigualdad se suma una característica particular: muchos de estos jóvenes interpretan su trayectoria como el resultado exclusivo de su esfuerzo individual. Hernández lo definió como un “individualismo empírico”: no necesariamente porque hayan adoptado una determinada ideología, sino porque perciben que están solos y que no cuentan con las mismas instituciones y redes de apoyo que otros jóvenes. La relación con las familias también marca una diferencia profunda. “Los ricos quieren que sus hijos sean parecidos a ellos. Los pobres lo que quieren es que sus hijos no sean parecidos a ellos”, señaló. En los sectores populares aparece con fuerza la idea de que los hijos deben estar mejor que sus padres, una expectativa histórica de movilidad social que, según el investigador, hoy empieza a resquebrajarse. Hernández identificó tres desigualdades que pesan especialmente: la familia, la escuela y el barrio. En muchos hogares populares, la precariedad obliga a los adultos a trabajar durante largas jornadas y hace que los jóvenes deban asumir responsabilidades tempranas. Al mismo tiempo, las escuelas no siempre logran garantizar seguridad ni una formación que permita continuar estudios superiores en igualdad de condiciones. El barrio constituye otro de los grandes contrastes. Mientras para los jóvenes de sectores acomodados puede representar una red de clubes, actividades y oportunidades, en muchos barrios populares “la esquina” aparece como un espacio asociado al consumo, la violencia y las actividades delictivas. “Hay dos caminos en el barrio: el de la esquina y el de la escuela”, explicó Hernández. Según el investigador, cuando la escuela y otras instituciones pierden fuerza, la esquina ocupa ese espacio de socialización. Algunos jóvenes incluso reconocen esa situación y expresan que quieren “rescatarse”. La familia queda entonces enfrentada a una disputa desigual por el futuro de sus hijos. Para Hernández, detrás de esta situación existe una crisis que ya no es solamente económica o productiva, sino también una crisis de crianza. “Estamos criando pibes diciéndoles: ‘andá, metete en esta selva y no te doy nada para que te defiendas’”, afirmó. En ese sentido, sostuvo que las políticas públicas no deberían limitarse a generar empleo y oportunidades económicas, sino también fortalecer las redes que permiten criar y acompañar a niños y jóvenes. “Hace falta no solo una política de desarrollo del aparato productivo, sino desarrollo de las tramas de crianza”, planteó. Durante la entrevista, Hernández también se refirió a la disminución de la natalidad en los sectores populares. Según explicó, muchas madres transmiten hoy a sus hijos un mensaje diferente al de generaciones anteriores: terminar la escuela, postergar la maternidad y tener hijos cuando existan mejores condiciones para criarlos. Para el investigador, se trata de un avance asociado a una mayor planificación de la vida familiar. Finalmente, Hernández advirtió que el crecimiento de las desigualdades puede profundizar la fragmentación social. “Nuestro país fue un país que invirtió mucho en la crianza”, recordó, en referencia al papel histórico de la escuela, los clubes y otros espacios de integración social. “Ahora estamos encerrando a la gente, al revés. Estamos haciendo el camino inverso y mejor que nos demos cuenta”, concluyó.