La desigualdad puede aumentar durante una primera etapa, justamente porque algunas personas logran acceder antes que otras a los sectores de mayor productividad (Imagen Ilustrativa Infobae)

La Argentina se encuentra en un proceso de transformación económica, en el cual se está dejando de lado la protección y los subsidios a sectores de baja productividad y se está permitiendo una creciente participación de mecanismos de libre mercado en la asignación de los recursos productivos.

En la literatura acerca del tema suele observarse que la desigualdad puede aumentar durante una primera etapa, justamente porque algunas personas logran acceder antes que otras a los sectores de mayor productividad. Pero si el proceso continúa, esa misma transformación suele terminar elevando los salarios de amplias capas de la población y reduciendo la desigualdad.

Hace más de 70 años, el economista Simon Kuznets -Premio Nobel de Economía en 1971 por su interpretación empírica del crecimiento económico-presentó una hipótesis que representó con una curva que hoy lleva su nombre, que ofrece una manera elegante, pero no por eso poco realista, de pensar los grandes procesos de transformación económica.

Tiene una forma sencilla: algo muy parecido a una U invertida. Y detrás de esa figura hay una idea profunda: cuando una sociedad comienza a abandonar actividades de baja productividad para incorporarse progresivamente a sectores más productivos, la desigualdad puede aumentar inicialmente. Pero si la transformación continúa, llega un momento en que los beneficios de esa nueva estructura económica comienzan a extenderse a una proporción cada vez mayor de la población y la desigualdad empieza a disminuir.

Llega un momento en que los beneficios de la nueva estructura económica comienzan a extenderse a una proporción cada vez mayor de la población

Ese proceso puede ofrecer una clave para interpretar lo que está ocurriendo actualmente en la economía argentina.

Cuando una proporción creciente de la población muta de empleos de baja productividad a otros de alta productividad, aparece una de las relaciones fundamentales de la economía de mercado.

Cuando una proporción creciente de la población muta de empleos de baja productividad a otros de alta productividad, aparece una de las relaciones fundamentales de la economía de mercado

En un mercado laboral competitivo, bajo los supuestos habituales del modelo neoclásico, el salario tiende a igualarse al valor del producto marginal del trabajo (VPMgL).

Una empresa estará dispuesta a pagar por un trabajador en función del valor adicional que ese trabajador puede generar. La generalización de este fenómeno genera habitualmente una presión alcista sobre los salarios de toda la economía, luego sobre el consumo y por último sobre la producción.

Una empresa estará dispuesta a pagar por un trabajador en función del valor adicional que ese trabajador puede generar (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuanto mayor sea la productividad marginal del trabajo, mayor será el salario que el mercado puede sostener. Esto cambia completamente la discusión sobre los ingresos y el crecimiento económico.

El eje de la discusión vira desde cómo distribuir una torta de tamaño determinado hacia cómo maximizar el tamaño de la misma.

¿Qué ocurre con la desigualdad?

Aquí aparece la lógica de la curva de Kuznets. Al comienzo de una transformación estructural, no todos pueden saltar al mismo tiempo hacia los sectores de mayor productividad.

  • Algunos trabajadores poseen las habilidades necesarias, otros no.
  • Algunos viven cerca de los nuevos centros productivos, otros no.
  • Algunos consiguen antes información, crédito o contactos.
  • Muchos otros permanecen temporalmente en las actividades tradicionales.

Por eso, durante la primera etapa, la diferencia de ingresos puede aumentar. Pero si la transformación continúa, ocurre algo diferente. Cada vez más trabajadores abandonan las actividades de baja productividad. Cada vez más personas acceden a empleos más productivos y que, por lo tanto, pagan mayores salarios.

Si la transformación continúa, ocurre algo diferente. Cada vez más trabajadores abandonan las actividades de baja productividad

Sin embargo, la clave está en que la segunda mitad de la curva requiere que la transformación continúe. Si el proceso se detiene, la economía puede quedar atrapada en la parte superior de la U invertida.

¿Qué tiene que ver esto con la Argentina?

Aquí aparece una hipótesis especialmente interesante. La Argentina está intentando modificar una estructura económica en la que durante décadas coexistieron actividades extraordinariamente productivas y competitivas con otras que sobrevivieron gracias a protección, regulaciones, subsidios, empleo público, restricciones comerciales o diferentes mecanismos de transferencia.

El cambio de régimen implica, precisamente, una reasignación de recursos. Capital y trabajo deben abandonar progresivamente actividades cuya productividad es baja para dirigirse hacia aquellas capaces de competir en mercados más amplios.

Capital y trabajo deben abandonar progresivamente actividades cuya productividad es baja

Agronegocios, energía, minería, industria competitiva, economía del conocimiento, servicios exportables, infraestructura, logística y otras actividades capaces de generar divisas y competir internacionalmente deberían convertirse en los grandes demandantes de trabajo y capital de la nueva economía.

Pero existe un problema que no debería ser subestimado: esa transformación no es instantánea.

Un trabajador que pierde un empleo en una actividad protegida no necesariamente puede convertirse al día siguiente en ingeniero, programador, técnico especializado o trabajador de una industria exportadora.

Una pequeña empresa que deja de recibir una protección tampoco puede reconvertir inmediatamente su estructura productiva. El capital necesita tiempo. Los trabajadores necesitan capacitarse. Las empresas necesitan invertir. Las regiones necesitan infraestructura. Y los empresarios necesitan descubrir cuáles serán las actividades rentables del nuevo régimen.

Por eso, una transformación económica profunda exige dos virtudes que no siempre abundan en la política económica: paciencia e inteligencia.

China, laboratorio de la curva de Kuznets

Pocas experiencias internacionales resultan tan interesantes para analizar esta cuestión como la de China. En 1978 comenzó el proceso de reformas y apertura que transformaría completamente su estructura económica. Desde entonces, China registró un crecimiento extraordinario: el Banco Mundial señala que el PBI creció en promedio más del 9% anual desde 1978 y que cerca de 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema.

El Banco Mundial estimó que el PBI de China creció en promedio más del 9% anual desde 1978 y que cerca de 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema (Foto: Reuters)

Pero la historia no fue lineal. Durante las primeras décadas de reformas, la desigualdad aumentó. Y esto resulta perfectamente compatible con la lógica de Kuznets. China estaba realizando una gigantesca reasignación de trabajadores desde la agricultura hacia la industria y los servicios.

Entre 1978 y 2015, la proporción del empleo no agrícola pasó aproximadamente del 29% al 70%. Millones de trabajadores rurales comenzaron a encontrar oportunidades fuera de la agricultura. Las empresas industriales, particularmente las orientadas a la exportación, absorbieron una enorme cantidad de mano de obra. El resultado fue un crecimiento espectacular de los ingresos, pero inicialmente también una mayor dispersión.

Entre 1978 y 2015, la proporción del empleo no agrícola pasó en China de aproximadamente del 29% al 70%. Millones de trabajadores rurales comenzaron a encontrar oportunidades fuera de la agricultura

El Banco Mundial documentó que el coeficiente de Gini chino, una medida de la desigualdad, pasó de aproximadamente 28,8 en 1981 a 38,8 en 1995, reflejando la profunda transformación estructural que estaba experimentando la economía.

Esto no significa que la desigualdad fuera necesariamente una consecuencia negativa del proceso en su conjunto. Una parte importante del aumento reflejaba algo que antes no existía: la posibilidad de que millones de personas aumentaran su productividad y sus ingresos.

La economía estaba comenzando a premiar las habilidades, la iniciativa empresarial y la capacidad de trasladarse hacia actividades más productivas.

Como destacó el propio Banco Mundial, las reformas permitieron que las habilidades fueran remuneradas crecientemente según principios de mercado y que la apertura internacional generara nuevas oportunidades. Primero crecieron las diferencias. Después comenzaron a cerrarse.

El Banco Mundial destacó:

La parte más interesante de la experiencia china es que la historia no terminó con el aumento de la desigualdad. Durante la última década, la tendencia comenzó a revertirse: se redujeron las brechas salariales entre áreas rurales y urbanas y las regiones más pobres crecieron, en promedio, más rápidamente que las ricas.

Los datos recientes del Banco Mundial muestran que el Gini de China llegó a 39,1 en 2017 y descendió posteriormente hasta 35,7 en 2021 y 36,0 en 2022. La desigualdad continúa siendo elevada, pero la trayectoria de los últimos años resulta compatible con la segunda parte de la curva de Kuznets.

Se redujeron las brechas salariales entre áreas rurales y urbanas y las regiones más pobres crecieron, en promedio, más rápidamente que las ricas

Lo más impresionante, sin embargo, no es solamente el comportamiento del Gini. Es el crecimiento de los ingresos y de la productividad. El ingreso per cápita chino aumentó aproximadamente 25 veces entre 1978 y 2017, según datos citados por el Banco Mundial.

Y detrás de ese aumento hubo un gigantesco movimiento de trabajadores hacia actividades más productivas. La experiencia china ofrece, por lo tanto, una enseñanza: la mejor política contra la pobreza y, en una segunda etapa, contra la desigualdad, puede ser permitir que millones de personas tengan acceso a empleos cada vez más productivos.

La transición y sus costos

Aquí está quizás la principal lección para la Argentina. Una economía no puede pasar de un régimen a otro sin costos de transición. Los recursos que durante décadas estuvieron asignados a determinados sectores no se reasignan automáticamente. Los trabajadores no cambian de ocupación instantáneamente. Las empresas no modifican sus procesos productivos de un día para otro. Las inversiones tampoco aparecen inmediatamente. Y los nuevos sectores necesitan tiempo para crecer.

la principal lección para la Argentina. Una economía no puede pasar de un régimen a otro sin costos de transición

China ofrece incluso una lección adicional: su proceso fue gradual. El Banco Mundial destaca que las reformas fueron incrementales y que esa gradualidad pudo facilitar la adaptación de empresas y población a la velocidad del cambio.

Argentina, por supuesto, no es China. Tiene otra estructura productiva, otra demografía, otra historia institucional y otro punto de partida, pero existe un principio económico que trasciende las diferencias entre ambos países: los salarios sostenibles no se decretan; se generan allí donde el trabajo produce más valor.

Principio económico que trasciende las diferencias entre países: los salarios sostenibles no se decretan; se generan allí donde el trabajo produce más valor

Y la desigualdad tampoco se combate simplemente comprimiendo los salarios de quienes ganan más. Se combate, sobre todo, logrando que cada vez más personas puedan acceder a empleos de más alta productividad.

La apuesta argentina

Si el cambio de régimen que atraviesa la Argentina consigue reasignar sostenidamente trabajo y capital desde sectores de baja productividad hacia sectores competitivos, puede producirse inicialmente una paradoja. La desigualdad podría aumentar en algunos segmentos mientras la economía se reorganiza. Pero eso no necesariamente significaría que la transformación está fracasando. Podría ser que esté atravesando la primera mitad de la curva de Kuznets.

Si el cambio de régimen que atraviesa la Argentina consigue reasignar sostenidamente trabajo y capital desde sectores de baja productividad hacia sectores competitivos, puede producirse inicialmente una paradoja

La verdadera prueba vendrá después

Los nuevos sectores deberían ser capaces de absorber a millones de trabajadores, debería aumentar la inversión, la productividad, las habilidades laborales y los salarios reales.

La reducción de la brecha entre quienes ya están integrados a la nueva economía y quienes todavía permanecen en actividades de baja productividad mostraría que la economía está comenzando a recorrer la segunda mitad de la curva.

Y entonces podría producirse el fenómeno que muchas veces se pierde en la discusión política: una economía más productiva puede ser, simultáneamente, una economía de salarios más altos y de menor desigualdad.

Una economía más productiva puede ser, simultáneamente, una economía de salarios más altos y de menor desigualdad

La curva de Kuznets no garantiza que eso vaya a ocurrir. La evidencia internacional tampoco permite presentarla como una ley universal. Numerosos estudios han cuestionado la existencia de una relación automática entre crecimiento y desigualdad, pero sí ofrece una poderosa forma de pensar el problema.

Porque quizás el desafío argentino no consista simplemente en decidir cómo distribuir la riqueza existente.

Quizás el desafío mucho más importante sea conseguir que millones de argentinos puedan trasladarse, física, profesional y económicamente, desde actividades de baja productividad hacia aquellas donde su trabajo tenga un valor mucho mayor.

Eso lleva tiempo. Requiere inversión, educación, infraestructura e instituciones.

Y, sobre todo, requiere evitar que la población confunda las dificultades de la transición con el resultado final del cambio.

Una economía no cambia de régimen en un día. La transformación comienza cuando los recursos dejan de estar atrapados en las actividades menos productivas y empiezan a buscar las oportunidades donde pueden generar mayor valor.

Después viene la parte más difícil: conseguir que esa nueva productividad se transforme en más empleo, mejores salarios y una prosperidad que alcance progresivamente a una proporción cada vez mayor de la sociedad.

Ese es el viaje desde la primera hasta la segunda mitad de la curva de Kuznets.

El autor es economista