Mientras el Gobierno sostiene su alianza con Estados Unidos, mantiene a China como uno de sus principales socios comerciales (Imagen ilustrativa Infobae)

Nadie votó para regresar al equilibrismo. El gobierno de Javier Milei llegó al poder prometiendo una Argentina inequívocamente occidental, estratégicamente aliada de Estados Unidos y enfrentada políticamente a las autocracias globales. Comerciar con China es una cosa; convertir a Beijing en socio financiero, tecnológico y estratégico es otra completamente distinta. La diferencia no es semántica: se llama Seguridad Nacional.

El canciller Pablo Quirno pronunció recientemente una definición que merece ser evaluada con toda la honestidad que exige la política exterior. Consultado sobre la relación entre Estados Unidos, China y Argentina, afirmó que sería un “mito” que Washington condicione su apoyo a la reducción de los vínculos con Beijing. Añadió que China es nuestro segundo socio comercial y que las relaciones comerciales y estratégicas “no son excluyentes”.

Hasta aquí podría tratarse de una descripción comercial. El problema de fondo es la contradicción con el mandato político que usó el Gobierno para llegar al poder. Durante la campaña de 2023 la definición fue explícita: alineamiento geopolítico con Estados Unidos e Israel y rechazo político a las autocracias comunistas. Al mismo tiempo, se aclaró, correctamente, que el Estado no debía impedir que los privados comerciaran con quienes quisieran.

Una cosa era libertad comercial; otra, política exterior. El mandato era apertura económica, pero pertenencia estratégica al Mundo Libre. Por eso resulta complejo utilizar la libertad de comercio como caballo de Troya para justificar una aproximación estratégica hacia China.

Nadie votó para reemplazar el viejo equilibrismo diplomático del kirchnerismo por una versión libertaria de la misma ambigüedad. No se votó para proclamar a Estados Unidos como aliado mientras el Estado argentino negocia simultáneamente con Beijing cuestiones financieras, inversiones sensibles, infraestructura y visitas políticas del más alto nivel.

Comerciar no es el problema. El peligro es no trazar la frontera donde termina el mercado y comienza la Seguridad Nacional. Vender carne vacuna a China es comercio. ¿Pero redes 5G administradas por Huawei? ¿El control de los datos? ¿La infraestructura de telecomunicaciones? ¿La energía, los minerales críticos, los puertos, las instalaciones espaciales y la tecnología que atraviesa Vaca Muerta?

No. Eso es poder. Y cuando un Estado extranjero adquiere capacidad de influencia sobre sectores críticos, dejamos de discutir una factura comercial para hablar de soberanía, inteligencia, dependencia y Seguridad Nacional.

La diplomacia ciudadana como contralor estratégico

La política exterior y la Seguridad Nacional no son patrimonio exclusivo de una burocracia. En una democracia, la sociedad civil tiene el derecho (y frente a decisiones estratégicas, también la responsabilidad) de observar, cuestionar e interpelar al poder. Esa es una de las funciones de la diplomacia ciudadana: ejercer participación y escrutinio cívico sobre aquellas decisiones que comprometen el lugar de la Argentina en el mundo.

Los modelos de participación internacional, desarrollados en el International Visitor Leadership Program (IVLP) del Departamento de Estado, se basan en una tradición democrática que reconoce a ciudadanos, organizaciones civiles, especialistas y medios de comunicación como actores de la conversación internacional.

Por eso interpelar públicamente temas de política exterior no significa sustituir a la diplomacia profesional. Significa ejercer ciudadanía. La posibilidad de cuestionar al poder, exigir coherencia a los gobernantes y hacerlo desde una prensa libre (incluso cuando periodistas y medios son atacados y denigrados) constituye precisamente una de las diferencias esenciales entre las democracias occidentales y los sistemas autoritarios que decimos no querer imitar.

Gratitud diplomática

Frente a esta desorientación, el embajador Peter Lamelas ha señalado vulnerabilidades estratégicas que se han relativizado, especialmente frente al uso de tecnología no confiable en redes, datos e infraestructura vinculada incluso a Vaca Muerta.

Resulta paradójico que deba ser un embajador extranjero quien advierta públicamente aquello que los funcionarios deberían estar discutiendo primero. Esta ambigüedad erosiona el capital estratégico y político acumulado con la administración del presidente Donald Trump. Estados Unidos estuvo cuando la Argentina lo necesitó y decidió apostar políticamente por el país en momentos críticos.

Una alianza sólida no nos convierte en colonia. Precisamente porque somos una Nación soberana debemos distinguir entre aliados, competidores y amenazas. La soberanía no significa tratar a todos como si fueran iguales. Eso no es independencia: es ausencia de estrategia.

El “China Shock 2.0” y el futuro de la soberanía

La desconexión diplomática se agrava con la ceguera frente a la realidad productiva. Mientras se celebran toneladas exportadas, el mundo debate el denominado “China Shock 2.0”: una nueva marea de bienes industriales subsidiados —vehículos eléctricos, baterías, semiconductores, energía solar y sectores tecnológicos avanzados— impulsada por crédito dirigido, planificación estatal y sobrecapacidad manufacturera.

Una Argentina que sueña con ser potencia no puede resignarse a ser una mina, una estación de servicio y un supermercado para la maquinaria industrial de Beijing. Queremos venderle alimentos a China, por supuesto. Pero también queremos fabricar acero, maquinaria, software, energía, biotecnología y tecnología argentina. Queremos trabajadores bien pagos, empresarios compitiendo e industria nacional capaz de sobrevivir.

Dejar indefensa la producción frente a una potencia que utiliza todo el aparato de su Estado para conquistar mercados no es libre competencia. Es competencia entre un empresario y un Estado. El propio canciller sostuvo que “los principios adquieren valor cuando se convierten en conducta”. Exactamente. Res non verba.

Si pertenecemos a Occidente, que se note. Si Estados Unidos es aliado estratégico, que se note. Si se busca defender la industria, los datos, las comunicaciones, la energía y los recursos estratégicos, que se note. Y si el Gobierno decidió abandonar aquella definición estratégica de 2023 para regresar al viejo juego de la ambigüedad entre Washington y Beijing, sería justo exponerlo públicamente.

La Seguridad Nacional no se terceriza ni se remata. La verdadera pregunta nunca fue quién nos compra la carne. La pregunta es quién controlará la tecnología, los recursos, los datos y la infraestructura de la Argentina que viene. Y eso no puede ser un mito. Es geopolítica y soberanía.