Guillermo Benavides

Pekín, 9 sep (EFE).- Liberación, ocupación o anexión: 75 años después de que las primeras tropas de la China de Mao Zedong entraran en Lhasa el 9 de septiembre de 1951, China y el Gobierno tibetano en el exilio mantienen relatos irreconciliables sobre el establecimiento del control de Pekín sobre el Tíbet.

China reivindica la transformación socioeconómica de una región antes aislada y empobrecida, mientras sus críticos denuncian que el desarrollo ha ido acompañado de un creciente control político, religioso, lingüístico y cultural.

Esa pugna por el relato alcanza ahora a la inteligencia artificial (IA), con herramientas que Pekín presenta como aliadas para preservar el idioma tibetano, pero cuyas respuestas sobre la historia de la región están condicionadas por los límites políticos chinos.

Liberación u ocupación

El episodio no comenzó en Lhasa. En octubre de 1950, el Ejército Popular de Liberación (EPL, Ejército chino) derrotó a las fuerzas tibetanas en Chamdo, en el este del territorio administrado por el Gobierno de Lhasa, que desde la caída de la dinastía Qing en 1912 actuaba sin control efectivo de Pekín pero sin reconocimiento internacional.

Tras la derrota, una delegación tibetana firmó en Pekín el 23 de mayo de 1951 el 'Acuerdo de 17 puntos', que reconocía al Tíbet como parte de China. A cambio, Pekín se comprometía a no modificar el sistema político ni la posición del dalái lama y a respetar la religión.

China presenta el pacto como fruto de una negociación y fundamento de la "liberación pacífica". Las autoridades en el exilio sostienen que los delegados carecían de autorización y firmaron bajo coacción.

El 9 de septiembre entró en Lhasa una avanzadilla del EPL sin pelear por la ciudad. Un telegrama en nombre del dalái lama respaldó el acuerdo en octubre, pero el líder tibetano lo repudió en 1959 y huyó a la India.

Pekín asegura que la "liberación" eliminó un sistema "feudal"; el exilio y voces críticas replican que China exagera esas desigualdades para legitimar una ocupación.

Progreso bajo control

China exhibe la transformación de la región como principal justificación de sus 75 años de control. Según datos oficiales, su PIB alcanzó los 303.189 millones de yuanes (45.201 millones de dólares) en 2025, un 7 % más interanual, mientras la red ferroviaria sumaba 1.359 kilómetros al cierre de 2024, frente a los 701 de 2012.

Para Pekín, las infraestructuras han eliminado el aislamiento y la pobreza. Sus críticos sostienen que esa modernización ha ido acompañada de políticas destinadas a diluir la identidad tibetana y reforzar la lealtad partidista.

En 2025 el tibetano dejó de ser materia obligatoria en el examen de acceso universitario, una medida que para el exilio reduce su utilidad social pese a que aún se estudia en primaria y secundaria.

Dos años antes la ONU denunció que alrededor de un millón de menores estudiaban en internados lejos de su lengua y sus familias, algo que China justifica por la dispersión poblacional.

El control alcanza también la religión: el Gobierno chino reivindica que el budismo tibetano se adapte a la sociedad socialista y la potestad de aprobar al futuro dalái lama.

La nueva ley de unidad étnica, vigente desde julio, busca según China consolidar una identidad nacional común, pero el exilio teme que acelere la asimilación.

El contraste resulta difícil de verificar en una región a la que los periodistas extranjeros solo acceden mediante viajes autorizados, una restricción nuevamente visible durante la reciente riada fronteriza.

El relato se automatiza

La disputa histórica ha encontrado un nuevo terreno en las plataformas chinas de IA.

EFE preguntó a DeepSeek, Qwen, Kimi y Ernie sobre 1951, primero con la terminología oficial y después con conceptos como "invasión", "anexión" y "coacción militar", además de repetir las consultas para comprobar la estabilidad de las respuestas.

Cuando se les pidió la visión oficial, los sistemas reprodujeron casi íntegramente el relato de la "liberación pacífica", la reunificación nacional y el final del sistema feudal.

Al cambiar el vocabulario, Ernie calificó "invasión" y "anexión" de expresiones "completamente erróneas" y negó la coacción.

DeepSeek recondujo la respuesta hacia la versión oficial, aunque mencionó las denuncias posteriores del dalái lama.

China presentó además el año pasado la IA DeepZang como una herramienta para preservar el tibetano: ante una consulta sobre la "liberación pacífica", el sistema reprodujo el relato oficial chino y presentó el 'Acuerdo de 17 puntos' como una reafirmación de la soberanía de Pekín, vinculada al fin de la servidumbre y al progreso social.

Al preguntarle por la "invasión", la resistencia tibetana y la presión militar, respondió que se trataba de contenido "sensible" y se negó a contestar.

El caso ilustra cómo el relato oficial sobre el Tíbet se extiende ahora también al terreno tecnológico, con herramientas presentadas como culturales pero sujetas a los mismos límites políticos. EFE

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