
Los bosques del hemisferio norte podrían perder parte de su capacidad para actuar como freno climático. Dos investigaciones recientes señalan que el aumento de las temperaturas debilita la absorción neta de carbono de los ecosistemas forestales, porque acelera la respiración de plantas, raíces y microorganismos, sobre todo durante el verano y el otoño.
La idea de que un clima más cálido favorece de forma automática el crecimiento de los árboles y la captura de dióxido de carbono (CO₂) no se sostiene en todos los escenarios. La respuesta depende de la estación, la edad de la masa forestal, la disponibilidad de agua y la intensidad del calentamiento, según trabajos publicados en las revistas científicas Global Change Biology Communications y Communications Earth & Environment.
Un bosque de Estados Unidos pasó a emitir más carbono que el que absorbía
Uno de los registros más detallados procede del bosque experimental de Bartlett, en Estados Unidos. El equipo encabezado por Darby Bergl analizó mediciones de CO₂ obtenidas entre 2004 y 2023 y detectó una caída sostenida de la absorción neta de carbono: −12,52 ± 3,49 gramos de carbono por metro cuadrado al año.
El resultado no se explica principalmente por una reducción equivalente de la fotosíntesis. La tendencia dominante fue el aumento de la respiración del ecosistema, que creció a un ritmo de 15,82 ± 2,96 gramos de carbono por metro cuadrado al año. En términos simples, el bosque continuó retirando carbono de la atmósfera mediante la actividad de sus plantas, pero empezó a devolver una proporción mayor por sus procesos metabólicos y los del suelo.

En 2021, 2022 y 2023, Bartlett incluso funcionó como fuente neta de carbono. La productividad neta registrada fue de −22, −120 y −15 gramos de carbono por metro cuadrado, respectivamente. Los valores negativos indican que las emisiones de CO₂ superaron la cantidad total captada durante esos años.
Los investigadores observaron además que los inviernos más suaves prolongan la actividad biológica subterránea. Las raíces, hongos y microorganismos del suelo mantienen una respiración mayor en meses que históricamente habían tenido menor actividad.
El estudio se concentra en un solo bosque y un período específico, por lo que ilustra un mecanismo y no permite afirmar que todos los bosques templados ya se hayan convertido en emisores netos.
La primavera compensa solo una parte de las pérdidas posteriores
La segunda investigación reunió una base de datos mucho más amplia. El grupo liderado por Liu examinó 65 masas forestales boreales y templadas del hemisferio norte, con 9.972 observaciones sitio-mes y 831 sitio-años. Los bosques analizados tenían entre 2 y 475 años y los datos procedían de redes internacionales, entre ellas FLUXNET, AmeriFlux, ChinaFLUX e ICOS.
El trabajo detectó un patrón estacional repetido en buena parte de las regiones septentrionales. Las primaveras más cálidas suelen elevar la absorción neta de CO₂, ya que adelantan o amplían el período de fotosíntesis. Sin embargo, el efecto cambia durante la segunda mitad del año: los veranos y otoños con temperaturas más altas reducen esa captura.

Según el análisis, las pérdidas de carbono de verano y otoño pueden compensar cerca del 80 % de la ganancia lograda durante la primavera. El saldo anual, por tanto, no depende solo de que los árboles tengan más días para crecer, sino de cuánto carbono liberan cuando aumentan el calor y el estrés hídrico.
La edad de cada formación forestal también modifica la respuesta. Los bosques maduros mostraron una reacción favorable más marcada en primavera, mientras que las masas jóvenes registraron los descensos más pronunciados de absorción durante el verano y el otoño. La temperatura media anual, aislada de otras variables, no alcanza para anticipar el comportamiento del sistema.
El agua define el límite de la captura en los meses cálidos
En los bosques boreales y otras áreas frías, una estación de crecimiento más larga puede abrir una ventana adicional para la fotosíntesis al comienzo del año. Pero el incremento térmico activa al mismo tiempo la respiración de raíces y suelos. Cuando el agua escasea en verano, la vegetación limita el intercambio de gases para conservar humedad, mientras los procesos respiratorios pueden continuar liberando CO₂.
La situación es especialmente sensible en los bosques templados, donde el calor puede elevar la demanda de mantenimiento de los tejidos vegetales y la actividad de los organismos del suelo. La productividad bruta —el carbono fijado mediante fotosíntesis— no equivale necesariamente al almacenamiento duradero de carbono: una parte relevante puede volver a la atmósfera por respiración.

En las regiones mediterráneas, el factor crítico suele ser la disponibilidad de agua. Las olas de calor, las sequías prolongadas, los incendios y la mortalidad de árboles pueden alterar en poco tiempo el papel de una masa forestal.
Allí, la combinación de temperaturas elevadas y déficit hídrico aumenta la posibilidad de que los ecosistemas pierdan carbono acumulado durante décadas.
La gestión forestal busca reducir la vulnerabilidad climática
Los estudios apuntan a que la plantación de árboles, por sí sola, no garantiza un sumidero de carbono estable. La elección de especies, la conservación de la humedad del suelo y la adecuación de cada masa a las condiciones locales son factores centrales para sostener su capacidad de absorción.
Entre las medidas consideradas están la diversificación de especies, la reducción de la continuidad del material combustible y el manejo adaptado a riesgos de sequía e incendios. La información disponible refuerza que el futuro de los bosques como sumideros de carbono dependerá del equilibrio entre fotosíntesis, respiración y disponibilidad de agua, además de la evolución de la temperatura global.




