Imagen de archivo de una enfermera cuidando a un paciente de gripe española

Una mañana de marzo, Albert Gitchell se despertó encontrándose bastante mal: fiebre, tos, dolor de garganta. Pero igualmente este cocinero acudió a su puesto de trabajo, al campamento militar de Fort Riley en Kansas (Estados Unidos). Las horas fueron pasando y Gitchell fue empeorando. Tras servir a sus compañeros, acudió a la enfermería, pero nadie le prestó demasiada atención a sus síntomas.

Aquella jornada no fue un día cualquiera. Era el 4 de marzo de 1918, y el mundo estaba a las puertas de una de las pandemias más devastadoras de su historia, la erróneamente conocida como gripe española. La “dama española”, como también se la conoció, infectó a 500 millones de personas en todo el mundo, alrededor del 27% de la población de entonces. En total, más de 50 millones de personas murieron por el virus.

Al malestar de Gitchell se unieron ese día otros muchos compañeros que acabaron falleciendo, aunque es este cocinero militar estadounidense el que es considerado el paciente cero. Rápidamente, la pandemia comenzó a expandirse por todo el mundo y dio el salto a Europa, pero algunos estudios apuntan a que el virus pudo haberse originado en Francia.

El aumento exponencial de infectados y muertos no era suficiente para que países como Estados Unidos, Francia o Reino Unido dieran la voz de alarma. Los gobiernos consideraron que, sumidos en la Primera Guerra Mundial, el anuncio de una pandemia sería demasiado desmoralizador para las tropas, por lo que los medios de comunicación extranjeros maquillaron los datos reales de la gripe.

Cientos de pacientes de gripe española son atendidos

La gripe española que no fue española

España, sin embargo, se encontraba en otra posición. Al ser un Estado neutral durante el conflicto, los periódicos españoles de la época no tuvieron inconveniente en informar sobre el impacto real de la enfermedad. El apelativo de “española” llegó porque la cobertura de la gripe desde Madrid fue mucho más amplia, sin censura. Así empezó a conocerse a la gripe de 1918 como la Spanish influenza, una definición que se utilizó por primera vez el 2 de junio de 1918, en una crónica del corresponsal en Madrid de The Times.

Pese a que España fue neutral en la Gran Guerra, no lo fue para el virus. La influenza entró en la Península Ibérica por Cádiz y Lisboa y se extendió por todo el país, dejando la capital realmente afectada. Según el Instituto Nacional de Estadística, España registró en torno a 696.000 fallecidos en el transcurso de la pandemia, aunque podrían ser muchos más.

Ante la elevada tasa de contagio (los hacinamientos propios de la guerra impulsaron la propagación del virus), los gobiernos tomaron medidas novedosas para aquella época, pero que pueden resultarnos familiares a las de nuestra propia pandemia, la del coronavirus en 2020. El uso obligatorio de la mascarilla y la distancia social fueron algunas de las pautas dispuestas por las autoridades para intentar contener la gripe. Países como Austria o Alemania decretaron el cierre de los teatros, los bares o las salas de cine y se prohibió la celebración de funerales.

Imagen de archivo de un grupo de soldados con mascarillas para protegerse del virus

El verdadero origen de la pandemia de 1918

Las investigaciones actuales apuntan a tres posibles teorías. La primera de ellas es la que tiene más fuerza, y defiende que la pandemia se inició en Estados Unidos en marzo de 1918; la segunda, que el foco surgió en China y los transmisores fueron trabajadores chinos movilizados al frente occidental; por último, hay quienes sitúan el origen de la gripe un par de años antes, entre 1916 y 1917 en el ejército inglés.

Las tropas estadounidenses destinadas a combatir en suelo europeo llevaron el virus al Viejo Continente, que durante los tres meses siguientes se expandió hasta el este de Asia. Después llegó a Sudamérica, al Pacífico Sur, Sudáfrica, India, China... El paso devastador de la pandemia movilizó a las farmacéuticas de todo el mundo para descubrir una vacuna que nunca llegó. Antes de que se desarrollara el fármaco, el virus desapareció sin ni siquiera haber podido aislarlo.