Claudia Sheinbaum se toma fotos con sus seguidores en Nuevo León (REUTERS/Daniel Becerril)

Hay una idea curiosa que se ha instalado en algunos sectores de la “opinocracia” de Nuevo León: para demostrar independencia frente al Gobierno Federal de Morena hay que pelearse con él. Entre más distancia, más autonomía. Entre más conflicto, más carácter. Entre más gritos, más federalismo.

No estoy de acuerdo. Y creo que Daniel Cosío Villegas tampoco lo estaría. Cosío Villegas fue uno de los críticos más lúcidos del presidencialismo mexicano. Estudió un sistema donde el Presidente concentraba un poder enorme y gobernadores e instituciones frecuentemente orbitaban alrededor de una sola voluntad.

Conviene leerlo, pero conviene leerlo bien. Porque presidencialismo no significa que un gobernador y una Presidenta trabajen juntos. Tampoco que dos órdenes de gobierno compartan proyectos, coordinen políticas o persigan objetivos comunes. Eso tiene otro nombre bastante menos tenebroso y mucho más exigente: gobernar.

México cambió mucho desde el fin del presidencialismo que algunos quieren invocar como culto a la personalidad o como espectro argumentativo para justificar sus fobias. Nuestra democracia distribuyó poder, construyó contrapesos, fortaleció gobiernos locales y se volvió mucho más plural.

Por eso resulta anacrónico pensar que sentarse con la Presidenta de la República, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, a conseguir inversión, infraestructura, seguridad o vivienda para Nuevo León sea una capitulación frente al centro. Un gobernador, un gobierno, un estado no demuestra autonomía diciendo que no, ese fue el cuento que la actual administración vendió como mero artificio de marketing electoral. Eso no es federalismo adulto.

Nuevo León debería saberlo particularmente bien. Nuestra historia económica está llena de colaboraciones exitosas con México. Los ferrocarriles que ampliaron nuestros mercados, el financiamiento que acompañó nuestra industrialización y la infraestructura energética que permitió crecer a nuestras fábricas fueron esfuerzos donde coincidieron capacidad norteña y estrategia nacional. Nuestros empresarios no perdieron independencia: ganaron mercados, escala y capacidad productiva.

Y hoy existen razones concretas para volver a trabajar juntos y más con la Presidenta de la República que hoy dirige los destinos de México con resultados impactantes. En Nuevo León, la política nacional significa ya 1.5 millones de beneficiarios de los Programas para el Bienestar, 79 mil 800 viviendas proyectadas, más de 616 mil créditos de vivienda reestructurados, cinco nuevas preparatorias, 82 Centros de Educación y Cuidado Infantil, infraestructura hospitalaria y el regreso del ferrocarril de pasajeros hacia Monterrey y Nuevo Laredo.

No veo presidencialismo ahí. Veo ingreso para las familias, construcción, consumo, educación, infraestructura y mercado interno. Porque una pensión se gasta en la tienda, la farmacia o el mercado. Una vivienda necesita acero, cemento, vidrio, transporte y trabajadores. Una preparatoria forma talento. La política social también es política económica cuando está bien hecha. Y eso debería interesarle muchísimo al estado más industrial de México.

Lo mismo sucede con la seguridad. La estrategia de nuestra Presidenta parte de inteligencia, investigación y coordinación entre Federación, estados y municipios. La palabra importante vuelve a ser coordinación. Un delincuente no se detiene en el límite municipal para preguntar qué partido gobierna la siguiente colonia. ¿Por qué deberían hacerlo las instituciones que lo persiguen? Tenemos que abandonar esa extraña adolescencia política donde algunos creen que gobernar con carácter significa pelearse con todos.

Nuevo León no necesita pedir permiso para ser Nuevo León. Nuestra identidad es demasiado sólida para eso. Podemos defender nuestra industria y hacer equipo con México. Podemos exigir lo que nos corresponde y participar en una estrategia nacional. Podemos sentir enorme orgullo por nuestra tierra y enorme orgullo por nuestro país.

No hay contradicción. Nunca la hubo. Por eso, hablar de una nueva alianza con México no es mirar hacia atrás. Es madurar nuestro federalismo. Pasar del federalismo del reclamo al federalismo de los resultados. Del “a ver quién manda” al “a ver qué construimos”.

México tiene una Presidenta con un proyecto de vanguardia de industrialización, infraestructura y Crecimiento con Justicia. Nuevo León tiene empresarios, trabajadores, universidades y capacidad productiva para aprovecharlo. Sería absurdo desperdiciar esa coincidencia por miedo a un fantasma político del siglo pasado.

Coordinar no es subordinar. Es tener suficiente seguridad en lo que somos para trabajar juntos sin dejar de ser nosotros mismos. Eso también es muy norteño.

*El autor es Alcalde, con licencia, del Municipio de General Escobedo y aspirante a Coordinador de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Nuevo León, México.