
Antes de entrar a trabajar, entre bocinazos, mensajes sin leer y gente que apura el paso, todavía queda un gesto mínimo que resiste en algunas esquinas: frenar un instante. En La Plata, ese alto breve tomó la forma de un proyecto que mezcla diarios, revistas y café al paso en un puesto tradicional reconvertido por tres amigos que buscaron devolverle sentido a una rutina que se fue volviendo cada vez menos frecuente.
La idea empezó a tomar forma en abril, durante una cena entre amigos en la que volvió una pregunta repetida: si no era momento de encarar algo juntos. En esa conversación apareció una pista cercana. El padre de un amigo del secundario, conocido en el barrio como Tano, tenía un puesto de diarios y evaluaba dejarlo después de más de 14 años al frente. Esa misma noche fueron a verlo, casi como quien va al encuentro de una intuición.

Cuando llegaron, el puesto estaba cerrado y la vereda vacía. No había movimiento ni luces encendidas, pero sí una de esas presencias silenciosas que conservan algunos comercios después de décadas en el mismo lugar. Durante décadas, ese espacio había sido el punto de encuentro de ese barrio durante más de 50 o 60 años. Ahí entendieron que no estaban frente a un local más, sino ante una pieza incorporada al paisaje del barrio y a la memoria cotidiana de quienes pasan.
Ubicado en la calle 46, entre 12 y 13, el puesto había funcionado durante años como referencia en una zona por la que circulan miles de personas por día. La apuesta de los nuevos responsables fue retomar esa condición y actualizarla. “Fue una apuesta de recuperar el lugar que puede tener un puesto de diarios”, le cuenta Julián Lanusse a Infobae.
La reconversión buscó sumar una razón para detenerse sin borrar la identidad original
La decisión, según explicó, no fue restaurar el lugar como una postal del pasado, sino darle una nueva utilidad sin desprenderlo de lo que siempre fue. “Lo que nosotros vimos en ese puesto fue la posibilidad de devolvérselo al barrio”, planteó. La venta de diarios y revistas sigue en el centro del proyecto. El agregado fue otra cosa: una excusa para volver a parar, mirar y llevarse algo antes de seguir con el día.

“Nosotros somos un puesto de diarios que además tiene café”, sostuvo. En esa definición está condensada la lógica del emprendimiento. El café aparece como parte de la renovación, pero no desplaza al papel, que conserva su lugar como marca de identidad y como hilo con una tradición barrial que, en muchas esquinas, se fue apagando sin demasiado ruido.
La propuesta está pensada para un momento preciso del día: el de quienes salen apurados, miran la hora y, aun así, encuentran margen para una pausa breve. Lanusse plantea que no se trata de competir con una cafetería de mesas largas o sillones, sino de ofrecer otra escena. Una más corta, más callejera y ajustada a la velocidad de la rutina urbana.
En ese esquema, la experiencia se arma con pocos elementos y un ritmo definido. “El vaso en la mano en cuarenta segundos”, resume al describir la imagen que buscaron construir para el puesto. El café recién molido, una tapa a la vista, alguna revista apoyada en el mostrador y ese primer sorbo que acompaña los primeros metros del día forman parte de una secuencia breve, aunque reconocible para cualquiera que todavía conserve ese hábito.
El café de especialidad se incorporó como complemento de una parada breve y cotidiana
Para esa parte del proyecto eligieron café de un tostador local y un grano proveniente de Brasil. Lanusse explicó que el criterio fue directo: ofrecer “el mejor café al paso de la ciudad”. Para sostener esa premisa incorporaron una máquina que permite mantener regularidad en la preparación y tiempos de servicio de alrededor de dos minutos.
Aunque ninguno de los tres socios viene del mundo gastronómico —el grupo está integrado por un abogado, un ingeniero y el propio Lanusse, psicólogo y filósofo—, sumaron personal capacitado para esa tarea. La combinación, dijo, partió menos de una experiencia técnica previa que de una idea compartida sobre cómo debía sentirse el lugar una vez en marcha.

En la lectura de los impulsores, parte del atractivo del formato se explica por un cambio más amplio en los consumos cotidianos. Lanusse sostuvo que, frente a la saturación de pantallas, notificaciones e información de circulación rápida, empezó a crecer un interés por experiencias más tangibles, menos mediadas por algoritmos y más ligadas al tiempo físico de las cosas. “El puesto de diarios es la respuesta más inesperada a ese problema de época”, resumió.
En esa línea, ubicó al puesto de diarios dentro de una reacción que también puede verse en el regreso del vinilo o en el renovado interés por librerías independientes. “La gente volvió a buscar algo que se pueda tocar”, afirmó. En esa escena, el puesto deja de ser solo un punto de venta y recupera algo de su vieja función: la de ofrecer un umbral entre la casa y el resto del día, una detención mínima antes de que todo se acelere.
El papel conserva un lugar en una ciudad que reformula sus hábitos de paso
Lanusse remarca que diarios y revistas dejaron de convocar no necesariamente porque la lectura perdiera interés, sino porque muchos puestos fueron quedando deteriorados y dejaron de invitar a acercarse. La iniciativa apunta, según su planteo, a revertir esa escena con una esquina cuidada, activa y capaz de volver a despertar curiosidad en medio del tránsito.
“Creemos que hay algo en el papel que la pantalla nunca va a poder reemplazar”, dijo. La textura, el peso y la permanencia del ejemplar físico aparecen en su relato como parte de una experiencia distinta de la digital. Bajo esa idea, el café funciona como impulso de renovación, mientras la venta de publicaciones sigue siendo el núcleo del proyecto.
La inauguración oficial de Tano Café y Revistas está prevista para fin de mes, aunque el puesto ya empezó a moverse esta semana en el centro platense, con una apuesta a recuperar, en medio del apuro, ese instante breve en el que la ciudad todavía se deja leer.




