Hay personas que hablan de resiliencia desde la teoría. Pablo Giesenow lo hace desde la experiencia. Antes de perder las dos piernas en un accidente de tránsito, ya había atravesado dos golpes que marcaron para siempre a su familia: la muerte de dos de sus hermanas.

Abogado, padres de tres hijos, conferencista y deportista, hoy recorre el país compartiendo una historia que no pone el foco en lo que perdió, sino en todo lo que decidió hacer después. Volvió a caminar, aprendió a correr con prótesis, intentó hacer cumbre en el Aconcagua, escribió un libro y convirtió su experiencia en una herramienta para otros.

En esta conversación con Infobae recuerda las pérdidas que lo marcaron, reconstruye la noche del accidente que cambió su vida y explica por qué, desde entonces, aprendió a distinguir un problema de una dificultad. “No somos lo que nos pasó, sino lo que hacemos con eso”, resume.

—Bienvenido, sé que con tus charlas inspirás a mucha gente.

—Sí, me gusta compartir lo que viví, sobre todo a los adolescentes, porque puedo darles herramientas para cuando la vida los desafíe. Sentir que puedo tocar una cabeza o un corazón y generar el impulso para que alguien se anime a hacer algo que antes no se animaba es algo que disfruto.

—Quiero arrancar por el principio. ¿Cuántos hermanos son?

—Hoy somos seis. Fuimos ocho. Los que quedamos tratamos de estar muy unidos y de regalarles sonrisas a mis viejos, que viven cerca nuestro, en Córdoba. Cuando atravesás situaciones difíciles, lo primero que querés es abrir los ojos y ver a tu familia. Aferrarte a ese primer equipo. Estoy convencido de que solo nunca hubiera llegado hasta acá.

—Hoy vivís en Córdoba, pero creciste en Viamonte. Tu papá era médico e intendente.

—Sí. Fue médico e intendente durante veinte años en Viamonte, un pueblo de dos mil habitantes del sur de Córdoba. Ahí transcurrió toda mi infancia. Terminé el secundario y recién entonces me fui a Córdoba capital para estudiar. Fue una infancia hermosa, con los mismos amigos desde el jardín hasta el secundario. Ese grupo sigue unido hasta hoy. Nos pasábamos el día corriendo atrás de una pelota hasta que nos pegaran el grito para ir a cenar.

—El sueño iba por ahí, no médico como papá.

—No. Ni médico como él ni abogado, como terminé siendo. El sueño era el de cualquier chico argentino: jugar al fútbol profesional. Pero vivía en un pueblo tan chiquito que era muy difícil y cuando me mudé a los 17 años a Córdoba capital, que tenía todo más al alcance de la mano, enfoqué las naves hacia la carrera universitaria y el fútbol fue quedando como una pasión amateur.

—¿Cuál fue el primer gran dolor que recordás?

—La muerte de Claudia, una hermanita que vivió apenas veinte días. Yo tendría cuatro o cinco años. Los recuerdos son difusos: ver a mis padres abrazados, sentir la tristeza e ir tiempo después al cementerio para encontrarme con un cajoncito muy chiquito. Fue mi primer contacto con la muerte.

—¿Hay algún registro de una hermanita que llegó a sus 20 días?

—Sí. Hay muy pocas fotos de Claudia y, por esas casualidades, en una de ellas soy yo quien la tiene en brazos. Es uno de los recuerdos familiares más valiosos que conservamos.

—Años después volvió a aparecer la muerte con otra hermana.

—Sí. En circunstancias completamente distintas. Ya no por una enfermedad, sino por una decisión propia. Fue en 1997. Yo tenía 20 años y Ana Laura, 18. Nos descolocó a todos porque nadie lo esperaba. Era una joven brillante, estudiaba Medicina, le iba muy bien y tenía una relación hermosa con todos. Vivíamos los tres hermanos juntos en Córdoba: Juan, Ana Laura y yo.

Pablo Giesenow junto a su familia

—¿Cómo recordás ese momento?

—Ese fin de semana habíamos viajado a Viamonte para el bautismo de quien iba a ser mi ahijado. Tenemos fotos y videos de esa fiesta. El domingo, después del almuerzo familiar, pregunté por mi papá y me dijeron que estaba en el cementerio. Fui hasta allá y, antes de bajar del auto, una persona me dijo: “Se mató Ana Laura”. Fue un punto de quiebre para todos, especialmente para mis viejos. Hay golpes que te rompen para siempre.

—Dificilísimo

—Cuando volvimos a Córdoba encontramos un mensaje de despedida escrito con un fibrón en un espejo: “Juan y Pablo, no se olviden nunca de mí. La Flaca”, con dos lágrimas dibujadas. Lo tenía todo planeado. Eso te hace preguntarte qué no viste, qué conversación faltó o qué señal pasó desapercibida. También cambia para siempre la manera en que te relacionás con tu familia.

—¿Te amigaste con esa sensación de no haberlo visto?

—Creo que quien toma una decisión así, muchas veces la oculta. Es un dolor que los va consumiendo por dentro y logran disimularlo. Si vos mirás el video del bautismo, Ana Laura está riéndose, brindando, como una más de la fiesta.

—¿Te enojaste con ella?

—Sí, un poco. Con el tiempo se me pasó. A veces sueño con ella, la abrazo y le digo: “No te vayas más. Quedate acá” o “¿Qué puedo hacer?”.

—Tuvieron que seguir, aunque me imagino que habrá sido dificilísimo.

—Lo fue. Pero estar unidos hizo el camino un poco más llevadero. Y también hacer cosas. Yo soy un hacedor. A los 24 años, mientras estudiaba Abogacía, nació mi hijo Máximo, trabajaba, seguía jugando al fútbol con amigos. El deporte siempre ayudándome a canalizar lo que pasaba y recordándome que no había que quedarse quieto.

—¿Qué pasó el día de tu accidente?

— Era el 24 de enero de 2015 y quería sorprender a mi papá por su cumpleaños. Se habían mudado con mi mamá a Las Heras, Santa Cruz, después de haber dejado la Intendencia para dedicarse de lleno a la medicina mientras ella daba clases de inglés. Pensé: “Nunca tenemos un rato solos”, entre tantos hermanos, nietos, amigos. Estaba de vacaciones, sin apuro, así que decidí manejar los 2.000 kilómetros hasta allá y disfrutar unos días siendo hijo único, que me malcriaran en exclusividad a los 37 años, algo que nunca me había pasado.

—Ser hijo por un rato.

—Exactamente. El viaje empezó en Córdoba con un día hermoso, pero al entrar a La Pampa se largó una lluvia cada vez más intensa, la ruta se inundó, bajé la velocidad y el auto hizo aquaplaning. Perdí el control, empecé a dar trompos y terminé impactando contra el guardarraíl de la mano contraria. Lo atravesó de lado a lado, como una guillotina, y me amputó las dos piernas. Miré hacia abajo y vi que la izquierda ya no estaba. La derecha me dolía muchísimo, pero todavía no entendía lo que había pasado.

Los padres de Pablo viven en Córdoba

—¿Vos veías que no estaba tu pierna?

—Yo veía sangre, el pantalón roto, la ausencia del pie. Sentía dolor, pero estaba totalmente consciente. Y es llamativo porque estudié Abogacía y no Medicina, como mi papá y mis hermanos, justamente porque me impresionaba la sangre. Sin embargo, esa tarde me mantuve consciente. Hasta que aparecieron los primeros ángeles: Sergio y Gastón, dos hombres que pasaban por la ruta, frenaron bajo la lluvia y se acercaron a ayudarme. Yo apenas podía hablar, pero les pedía que, por favor, me sacaran de ahí.

—Ellos pidieron ayuda.

—Sí. Unos minutos después llegaron los héroes sin capa, los bomberos voluntarios de Winifreda, una médica con la ambulancia y la Policía. Los bomberos me contaron que pensaban encontrar un cuerpo, pero cuando llegaron yo estaba despierto, podía hablar y hasta les di de memoria el teléfono de Alejandra, la mamá de Delfi. Me sacaron del auto con un profesionalismo enorme, pero también con un cariño que todavía hoy recuerdo.

—¿Supiste cuánto tiempo pasó hasta que llegaron esas dos primeras personas?

—No, pero debe haber sido rápido. Sergio, a quien pude darle un abrazo más de una vez, me contó que tuvo que recorrer casi un kilómetro y medio hasta encontrar señal para pedir ayuda.

—¿Qué pasó durante el traslado?

—Fue muy duro. Un bombero se sentó a mi lado y no dejó de hablarme para mantenerme tranquilo. Me colocaron un cuello ortopédico y salimos hacia Santa Rosa. Yo escuchaba que hablaban de mis piernas. Sabía que la izquierda no estaba, pero mientras intentaban controlar la hemorragia pregunté cómo estaba la otra. Nadie respondió. El silencio se rompió cuando llegamos al hospital. El traumatólogo de guardia, Franco, preguntó: “¿Trajeron los miembros?”. Ahí confirmé que había perdido las dos piernas. Después perdí el conocimiento, seguramente por la cantidad de sangre que había perdido y la medicación. Lo siguiente que recuerdo es despertarme en terapia intensiva.

—Es increíble que hayas aguantado despierto todo ese tiempo.

—Sí. Algo me mantuvo consciente y colaborando con los médicos. Recién perdí el conocimiento cuando entré al quirófano. Al día siguiente desperté por primera vez en una terapia intensiva, rodeado de cables, médicos y enfermeros. Siempre digo lo mismo: cerrá los ojos e imaginá a quién querrías ver al despertar de un momento así. Yo no tenía dudas: quería a mi familia. Quise darle una sorpresa a mi viejo para su cumpleaños y, aunque no fue la que había imaginado, al final nos encontramos.

—Y finalmente se encontraron.

—Sí. Ellos manejaron más de 1.300 kilómetros desde Santa Cruz. Mi papá, al ser médico, hizo una sola pregunta: “¿Corre peligro?”. Cuando le respondieron: “Está estabilizado. Perdió las piernas, pero está vivo”, respiró. Mis hermanos viajaron desde distintos lugares y Alejandra, la mamá de Delfi, vino con su hermano porque estaba en shock. Todos hicieron lo imposible por llegar.

—¿Qué pensaste cuando despertaste?

—Intenté incorporarme para ver qué había pasado y vi que las sábanas terminaban debajo de las rodillas. Ahí entendí que era irreversible. Pero enseguida pensé cómo recuperar mi vida y cómo sacarles esa preocupación de la cara a mis viejos y a mis hermanos. Ese fue mi primer objetivo.

—Te diste cuenta de que ya no tenías las piernas y, aun así, tu preocupación era tu familia.

—Sí. Veía preocupación, pero no tristeza. Mis viejos ya habían perdido dos hijos y esta vez yo estaba vivo: habrán querido brindar con un champagne. Después resolveríamos el tema de las piernas. No conocíamos a nadie amputado ni sabíamos cómo era una prótesis, pero la sensación fue inmediata: vamos para adelante. Y esa perspectiva positiva de lo que había pasado me la transmitieron instantáneamente

—¿Existía alguna posibilidad de reconstruir las piernas?

—No. Los bomberos me contaron que ni siquiera encontraron los pies dentro del auto. La prioridad era salvarme la vida y lo hicieron. Estuve cuatro días internado en La Pampa, cinco en Córdoba y al noveno día ya estaba de vuelta en casa.

—La amputación fue por debajo de las rodillas.

—Sí. Y, aunque suene extraño, agradezco el filo que tenía esa chapa y que el corte haya sido tan limpio. No me rompió ligamentos ni meniscos: cortó de una sola vez. Haber conservado las rodillas es lo que hoy me permite correr, subir montañas y todas las locuras que hoy me doy el lujo de hacer.

—Te escucho y se me pone la piel de gallina, pero entiendo que podría haber sido unos centímetros más arriba y hoy no estaríamos teniendo esta conversación.

—Sí. Yo nunca pensé que podía morirme. Después los médicos me explicaron que estuve muy cerca por la hemorragia: perdí casi cuatro litros de sangre. Y ahí apareció otra vez el deporte. Siempre les agradezco por haberme salvado, pero ellos me responden que también me ayudó mi estado físico. Como hacía deporte y nunca fumé, mi cuerpo estaba fuerte y resistió. Entonces pensé que, si el deporte me había salvado la vida esa noche, también iba a mejorar la vida que me quedaba.

Pablo convirtió su experiencia en una herramienta para ayudar a otros

—Se vuelve a entrenar como sea...

—Exactamente. Primero había que recuperar los músculos que había perdido durante la internación y empezar de nuevo.

—¿Qué recordás de esos minutos dentro del auto?

—Muy poco. Solo que entendí, en una fracción de segundo, lo importantes que eran mis piernas para mi vida. Después apareció el instinto de supervivencia. Estaba atrapado, solo podía mover la parte superior del cuerpo y golpeaba el vidrio sin fuerzas para romperlo. Lo siguiente que recuerdo es la llegada de quienes frenaron a ayudarme y que me pasaban agua por la ventanilla.

—Nunca pensaste que te podías morir.

—Nunca. Y quizás eso también me sostuvo.

—A los nueve días ya estabas en tu casa.

—Sí. Me había ido con una valija llena de regalos y de ilusión por un cumpleaños sorpresa, y regresé sin las piernas y en una silla de ruedas. Ahí empezó otro desafío: descubrir que la silla no entraba al baño, que había escaleras por todos lados y que, de golpe, dependía de otros para casi todo.

—¿Qué edades tenían tus hijos?

—Delfi tenía 9 años y Maxi, 13. Ellos fueron otro motor. Me preguntaba qué clase de papá quería que recordaran. Nunca me victimicé ni dramaticé; siempre traté de ponerle humor. Estuve nueve meses en silla de ruedas y, aunque sabía que era una etapa transitoria, perder la autonomía autonomía fue, probablemente, lo más difícil desde el accidente para acá.

—¿Conocías el mundo de las prótesis?

—Para nada. Empecé a buscar información y apareció Benja Buteler, sobreviviente del accidente de LAPA y doble amputado. No nos conocíamos, pero me llamó porque quería venir a verme. Verlo entrar caminando y sonriendo con total naturalidad fue un antes y un después, entendí que la vida podía seguir.

—Con posibilidades.

—Exactamente. Incluso se puso a bailar delante de Delfi y le dijo: “Todo esto va a poder hacerlo tu papá”. Esa escena nos llenó de esperanza.

—¿Se pueden usar inmediatamente o hay que esperar un tiempo?

—No es inmediato. Primero hay que esperar la cicatrización, hacer rehabilitación y preparar el muñón. A mí ese proceso me llevó siete meses. Conté uno por uno los 225 días hasta que pude ponerme las prótesis por primera vez.

—¿Se empiezan a usar las dos al mismo tiempo?

—Sí. Pero durante esos siete meses no me limité a rehabilitarme: también entrené. Hacía ejercicios con mancuernas, colchonetas, pelotas y aparatos de gimnasio porque quería llegar lo mejor preparado posible. El día que me enseñaron a ponerme las prótesis me paré por primera vez. Tenía una ansiedad enorme por volver a caminar a los 38 años. Sentí una confianza que no sé de dónde salió, corrí el andador hacia un costado y empecé a caminar con total naturalidad. Todos se sorprendieron porque me habían preparado para un proceso mucho más largo. Nunca usé el andador ni los bastones. Desde aquel 4 de septiembre de 2015 nunca más me quedé quieto.

Antes dijiste: “¿Qué papá les quiero mostrar a mis hijos?”. Eso fue determinante.

—Fue clave. Sabía que, si me ponía en el lugar de víctima, ellos iban a construir una imagen muy distinta de su papá. Hoy tienen uno de 49 años que hace más deporte que ellos, viaja para correr carreras, subir montañas o dar charlas. Con el tiempo siento que nunca tuvieron un papá definido por una discapacidad.

—En medio de la recuperación volviste a trabajar y te separaste.

—Sí, y fue en el peor momento. Con Ale, la mamá de Delfi, la decisión ya estaba tomada antes del accidente. Después ella eligió quedarse y acompañarme, pero yo sentía que no era justo esperar a recuperarme para separarme. Si lo hacía cuando ya caminara otra vez, iba a sentir que la había usado en el momento más difícil. Elegí atravesar ese dolor durante la rehabilitación. Hoy tenemos una excelente relación y creo que fue la decisión correcta.

—Me impresiona tu fortaleza. ¿Nunca te enojaste ni dijiste “basta”?

—No, y me considero un afortunado. Miraba alrededor y veía gente atravesando cosas mucho peores sin bajar los brazos. Veía a mis viejos, que después de perder dos hijos seguían llenándonos de amor, y veía a mis hijos, que fueron mi motor. Además, no tenía tiempo para deprimirme: trabajaba, entrenaba, estaba con mis hijos y con mis amigos. Llegaba la noche agotado y en vez de pensar pavadas, solo quería recuperar energía para el día siguiente.

—¿Cómo volviste a correr?

—Todo empezó por una entrevista. Aunque recién estaba aprendiendo a caminar, dije que quería volver a correr, andar en bicicleta y jugar al fútbol. Esa nota llegó a Gustavo, dueño de una ortopedia de Córdoba. Me llamó y me dijo: “Tengo unas prótesis para correr guardadas. Solo me falta alguien que se anime”. Nos juntamos y lo único que le respondí fue: “Yo quiero correr”. Me tomó los moldes y, una semana después, ya estaba parado sobre esas prótesis. Habían pasado poco más de dos años del accidente. Primero corrí dentro del gimnasio de la ortopedia y después en una pista. Las primeras fotos se hicieron virales por culpa de mi mamá. Le pedí que no se las mostrara a nadie e hizo exactamente lo contrario. (Ríe). Gracias a eso me invitaron a correr mi primera carrera de tres kilómetros, en Oncativo.

—¿Aceptaste enseguida?

—Sí. Me preparé como si fueran unos Juegos Olímpicos. Eran tres kilómetros y para mí parecían una maratón. No dormí la noche anterior. El 5 de noviembre de 2017 estaba en una largada por primera vez. Nunca había corrido si no era detrás de una pelota. Recuerdo cada paso y, sobre todo, el aliento de la gente. Ese combustible humano volvió a aparecer. Crucé la meta más con la cabeza y el corazón que con las piernas. Ese día me enamoré del running. Hoy corro diez kilómetros y ya no busco demostrar que un doble amputado puede hacerlo: compito conmigo mismo.

“No somos lo que nos pasó, sino lo que hacemos con eso”, dice

—¿Cómo funcionan las prótesis?

—Es un mecanismo bastante simple. Funcionan por vacío: esta rodillera impide que entre aire y así quedan sujetas. Una vez selladas puedo correr, saltar y hacer prácticamente de todo. Las de correr son distintas; ni siquiera llevan zapatillas.

—Hay que aprender a caminar de nuevo.

—Sí. Iba por la calle o por un shopping en silla de ruedas mirando cómo caminaba la gente para aprender otra vez. Siempre digo que probablemente sea el único que recuerda el día en que aprendió a caminar. Lo recuerdo con una felicidad enorme. Creo que la cabeza manda mucho. La preparación física y la confianza hicieron que algo que parecía imposible saliera con naturalidad.

—¿Las prótesis son accesibles o siguen siendo muy costosas?

—Son costosas. En mi caso la obra social cubrió las prótesis para caminar porque el accidente fue mientras trabajaba en relación de dependencia. Las deportivas fueron otra historia: primero me ayudó una ortopedia y después logré que también las cubrieran demostrando que el deporte era parte de mi vida. No es un camino fácil, pero ojalá cualquier persona amputada pueda acceder a ellas. El deporte mejora el cuerpo, la cabeza y también la vida social. Gracias a eso hoy me invitan a carreras en todo el país, me cubren los gastos, me malcrían, vivo experiencias increíbles.

—Escribiste un libro también.

—Sí. Me tocó sentarme muchas madrugadas a escribir todo lo que antes contaba en las charlas. Quise que fuera una caja de herramientas para quien estuviera atravesando un momento difícil. Corre tus límites. Quise que fuera una caja de herramientas para quien estuviera atravesando un momento difícil.

—Tiene que ver con tu historia, pero sobre todo con un mensaje.

—Sí. Habla de no dejar que alguien te diga que no antes de intentarlo y de sacarnos esos autolímites que muchas veces están más en la imaginación que en la realidad. Se trata de animarse y disfrutar del intento. Si no hubiera aprendido a correr, jamás habría intentado hacer cumbre en el Aconcagua.

—Y volviste a ser padre.

—Sí. Matilda tiene cinco años y la disfruto desde otro lugar: soy un papá más maduro, con mejor trabajo, con más tiempo, con otra perspectiva. Maxi y Delfi ya hicieron su camino, ella todavía duerme conmigo y me regala esa felicidad cotidiana que emociona el alma.

¿Costó volver a enamorarte?

—Sí, claro. Pero también fue algo muy lindo. Matilda llegó en plena pandemia y fue luz. Además, verla crecer junto a sus hermanos me emociona muchísimo.

¿Hoy estás en pareja con la mamá de Matilda?

—Desde hace poco tiempo ya no. Una separación siempre duele, pero fue buscando algo mejor para los tres. Hoy tenemos una relación muy sana, con mucho respeto y un mismo objetivo: ser los mejores padres posibles.

—¿Sos un hombre feliz?

—Totalmente.

—¿Creés que lo serías si el accidente no hubiera ocurrido?

—Hubiera sido feliz, pero dentro de un mundo mucho más chico: el del abogado que iba a trabajar y volvía a su casa. Hoy la felicidad también pasa por recibir un mensaje de alguien que me dice que una charla o una carrera le cambió la manera de mirar la vida. Esa posibilidad de trascender es un regalo. Cuando escribí el libro pensé que ni siquiera hacía falta poner el nombre del autor. Ojalá quien lo lea no recuerde a Pablo Giesenow, sino la historia de alguien que descubrió que, cuando la adversidad aparece, siempre hay una oportunidad para volver a empezar. Mientras haya un respiro, siempre hay una posibilidad más.

—¿Alguna vez agradeciste el accidente?

—Sí, todo el tiempo. Agradezco a esos ángeles que aparecieron aquella noche y a los que siguen apareciendo cada día con una palabra, un abrazo o una mirada. Y agradezco despertarme sabiendo que mis hijos, mis viejos y mis hermanos están sanos.

—¿Y agradecés también al hombre en el que te convertiste?

—Sí, porque hoy me disfruto. Pienso que, quizás, mi última separación tuvo que ver con volver a encontrarme conmigo después de tres relaciones largas, de tres hijos y de no estar solo en más de 30 años. Tengo la suerte de que Matilda pasa mucho tiempo conmigo, pero también disfruto esos momentos de soledad para pensar qué clase de papá, de hijo, de hermano, de abogado y de funcionario quiero ser, y siento que esa versión está cada vez más cerca. Para mí eso también es felicidad.

—¿Volviste al lugar del accidente?

Fue uno de los momentos más fuertes que viví. Me senté otra vez sobre el guardarraíl y después fui al cuartel de los bomberos. Ellos me dijeron: “Sacamos del auto a un hombre sin piernas, bañado en sangre, y no sabíamos si iba a sobrevivir. Verte entrar caminando un año después, con el mate en la mano, solo para decir gracias, fue emocionante”.

—Quiero la foto con los bomberos.

—Fue un abrazo enorme, con lágrimas de agradecimiento. También pude conocer a la médica que me atendió esa noche, que me contara cómo peleó con la hemorragia todo el trayecto en la ambulancia. Y volver a encontrarme con Franco, el traumatólogo que me operó. Con el tiempo me di cuenta de algo: casi no recuerdo el dolor. La memoria eligió quedarse con las personas.

—¿Hay algo que no te haya preguntado y que te gustaría decir para cerrar?

—Quiero agradecerles a las familias que me escriben por redes. Muchas veces me piden un video para alguien que está pasando un momento difícil y, si puedo, prefiero ir personalmente. Entrar a una habitación del Hospital de Niños con el casco de la bicicleta en la mano, el mate y una sonrisa para mostrar que la vida sigue. Decirles que trabajo, hago deporte, soy papá y que ellos también van a volver a vivir. Lo más lindo es ver cómo cambia la cara de ese chico y de su familia. Y siempre les dejo el mismo desafío: cuando les toque estar mejor, vayan ustedes a ayudar a otro. Porque luchar no garantiza el éxito, pero rendirse sí garantiza el fracaso.

—Me quedó una frase dando vueltas durante toda la charla: no somos lo que nos pasó, sino lo que hacemos con eso.

—Lo dijiste mejor de lo que podría haberlo hecho yo. Gracias por ser un puente para que estas historias lleguen a tanta gente. Ojalá siempre sirvan para recordarnos que mientras haya vida, siempre hay una oportunidad más.