El presidente de Argentina, Javier Milei, ayer, ante la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas  REUTERS/CAITLIN OCHS

Javier Milei podría ser el funcionario electo más importante del mundo. Pero no porque Argentina tenga la importancia geopolítica de grandes naciones como Estados Unidos y China.

Más bien, se lo observa de cerca porque los gobiernos de todo el mundo enfrentan desafíos económicos muy graves y Milei ofrece un modelo de cómo se puede revertir una crisis y reactivar el crecimiento. Su receta es la austeridad presupuestaria y la liberalización económica.

Los responsables de formular políticas públicas de otros países suelen saber que este es el enfoque correcto, pero les preocupa que diversos bloques de votantes se hayan vuelto adictos a los subsidios, las dádivas, el proteccionismo y los privilegios. Temen que reformas audaces puedan derivar en una derrota electoral.

En pocas palabras, el presidente Milei es un caso de prueba. Su partido ya obtuvo una victoria sorprendentemente sólida en las elecciones legislativas de 2025, un resultado que sin duda fue advertido en otros países. Si también gana la reelección el año próximo, se reforzará el argumento de que las buenas políticas también pueden ser buena política electoral.

Muchos políticos prefieren evitar las decisiones difíciles, por supuesto. Y eso es lo que han hecho durante décadas. Pero hay tres razones por las que “patear la pelota hacia adelante” no es una opción a largo plazo para la mayoría de los países.

  • Casi todas las naciones enfrentan un enorme cambio demográfico, con personas que viven más tiempo y tienen menos hijos.
  • Estos cambios demográficos implican que los programas de jubilaciones y atención de la salud se convertirán en una carga fiscal mucho mayor.
  • Muchos países ya tienen niveles de deuda insostenibles, lo que significa que hay muy poco “margen fiscal” para seguir endeudándose.

Lo clave para entender es que los baby boomers —quienes nacieron en las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial— ahora se están jubilando y los gobiernos comienzan a enfrentar una presión fiscal.

Pero, a diferencia de todo el nuevo gasto destinado a la crisis financiera de 2008 y a la pandemia de 2020, esta presión fiscal no es temporal. El cambio demográfico y los programas de transferencias darán lugar a cargas de gasto y de deuda cada vez mayores.

Salvo que la deuda no seguirá creciendo indefinidamente, porque llegará un momento en que los inversores —las personas e instituciones que compran bonos gubernamentales— se pondrán nerviosos ante un posible incumplimiento de pagos.

Lecciones de la crisis fiscal griega

Esto fue lo que ocurrió en Grecia en 2009. Los políticos de ese país fueron muy irresponsables a comienzos de la década de 2000: incrementaron la carga del gasto público y asumieron niveles más altos de deuda.

La situación se volvió tan grave que la gente perdió la confianza en el gobierno. Los tenedores de bonos temían que Grecia ya no pudiera atender la deuda, lo que suponía un incumplimiento total o parcial. Como resultado, las tasas de interés de la deuda griega se dispararon, ya que los inversores exigían mayores rendimientos para compensar el riesgo de no cobrar. Los políticos se refieren despectivamente a esos inversores inquietos como “vigilantes de los bonos”.

Pero las tasas de interés más altas debilitaron aún más las finanzas del gobierno griego y el desorden finalmente provocó una profunda recesión económica y la pérdida de la soberanía fiscal, cuando la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional —la llamada Troika— tomaron el control de la política económica del país.

Para empeorar las cosas, la Troika impuso impuestos más altos, algo similar a echar gasolina al fuego. Grecia sufrió una caída del 25 % en el producto económico per cápita entre 2007 y 2015. En los últimos años hubo cierta mejora, pero el PIB griego actual todavía está por debajo de los niveles de 2007.

Es una historia muy sombría. Pero la mala noticia es que pocos políticos aprendieron de los errores de Grecia. Usaron la crisis financiera como excusa para gastar más dinero. Usaron la pandemia como excusa para gastar más dinero. Y ahora gastan más dinero por la combinación del cambio demográfico y los programas de redistribución.

Eso ocurre en la mayoría de las naciones europeas y también en Japón, Canadá y Estados Unidos. De hecho, muchos gobiernos han incrementado tanto sus cargas de gasto que ahora tienen niveles de deuda que superan el 100 % del producto interno bruto, algo muy similar a lo que ocurría en Grecia antes de que tuviera problemas fiscales.

Pero existe una diferencia importante. Grecia es una nación pequeña, por lo que fue posible que la Troika interviniera en 2009 y 2010. ¿Pero qué sucedería si los llamados vigilantes de los bonos deciden hoy que el gobierno italiano o el francés ya no son confiables?

Una elección inminente entre libertad y estatismo

En otras palabras, es casi seguro que una crisis fiscal ocurrirá en algunas naciones grandes. La inclinación natural de la mayoría de los gobiernos será subir los impuestos. Sin embargo, Grecia demostró que esa es una receta para el estancamiento económico. Los gobiernos también podrían hacer que los bancos centrales impriman dinero para financiar un Estado cada vez más grande. Este enfoque también tiene consecuencias muy negativas, como se vio cuando el dinero fácil durante la pandemia provocó un aumento de la inflación.

Por eso los logros del presidente Milei son tan importantes. Su agenda de contención del gasto, menores impuestos, desregulación y desinflación no solo funciona para Argentina, sino que también le muestra al mundo que las buenas políticas pueden resolver una crisis.

Sin embargo, en muchos casos los políticos preferirían destruir sus economías antes que perder sus elecciones. Por eso, lo que realmente importa es si Milei gana la reelección el año próximo y Argentina se convierte en un ejemplo para que otras naciones sigan. Si eso ocurre, Milei no solo hará grande a Argentina otra vez. También podría salvar al mundo de un desastre económico.

El autor es exdirectivo de la Fundación Heritage, especialista en presupuesto y política fiscal. Integró el equipo de trabajo de Ronald Reagan.