Buenos Aires, 31 agosto (NA) - Hace 50 años, mientras la Argentina atravesaba los primeros meses de la última dictadura cívico-militar, Invisible publicaba El jardín de los presentes, un álbum que con el tiempo se convertiría en una de las obras fundamentales del rock argentino y en uno de los puntos más altos de la trayectoria de Luis Alberto Spinetta. El tercer y último disco de la banda apareció el 29 de septiembre de 1976, seis meses después del golpe de Estado del 24 de marzo, y condensó en ocho canciones una búsqueda musical que desbordaba las fronteras del rock para incorporar el tango, el jazz y una particular sensibilidad urbana. Invisible había nacido en 1973 como trío, con Spinetta en voz y guitarra, Carlos Alberto “Machi” Rufino en bajo y Héctor “Pomo” Lorenzo en batería. Para este último trabajo se sumó Tomás Gubitsch, un guitarrista de apenas 18 años y formación jazzística cuya incorporación transformó el sonido del grupo. Su guitarra dialogó con la de Spinetta en extensos pasajes instrumentales y terminó siendo uno de los rasgos distintivos del álbum. Al año siguiente Gubitsch se incorporaría al octeto de Astor Piazzolla y se instalaría en París. La transformación no fue solamente de formación. El jardín de los presentes profundizó una dirección que Invisible había explorado en sus dos discos anteriores y la llevó hacia una síntesis novedosa: rock progresivo, jazz, tango y elementos de la canción porteña convivieron sin que ninguno funcionara como simple adorno. La participación de los bandoneonistas Juan José Mosalini y Rodolfo Mederos reforzó ese cruce y ubicó al disco dentro de una escena porteña en la que el tango también estaba siendo revisado desde la vanguardia. El contexto vuelve especialmente significativa aquella búsqueda. La dictadura había impuesto censura, persecución y terrorismo de Estado, mientras el rock era observado con desconfianza por las autoridades. En ese escenario, Invisible no produjo un disco de denuncia explícita: Spinetta eligió, como tantas veces en su obra, la poesía, la metáfora y la construcción de mundos imaginarios. Esa decisión permitió que canciones como El anillo del Capitán Beto, Los libros de la buena memoria, Que ves el cielo y Las golondrinas de Plaza de Mayo adquirieran, con el paso del tiempo, nuevas lecturas vinculadas con la incertidumbre, la ausencia, la libertad y la memoria. CANCIONES PARA TODA LA VIDA El anillo del Capitán Beto, que abre el álbum, convirtió a un colectivero porteño en viajero espacial y construyó alrededor de su soledad una de las grandes canciones de la música argentina. La historia mezcla elementos reconocibles de Buenos Aires con una deriva cósmica y existencial. Los libros de la buena memoria, en tanto, incorpora el bandoneón de Mosalini y construye una de las piezas más delicadas del repertorio spinetteano. El disco también alterna momentos de mayor intensidad. Alarma entre los ángeles, instrumental, permite que Gubitsch despliegue su virtuosismo; Ruido de magia combina bajo y guitarras en una atmósfera hipnótica; Doscientos años vuelve a destacar la guitarra del joven músico; y Perdonado (Niño condenado) lleva al grupo hacia uno de sus pasajes más poderosos. El cierre llega con Las golondrinas de Plaza de Mayo, atravesada por bandoneones y una frase que, escuchada desde el presente, adquirió una resonancia histórica inevitable: las golondrinas “solo vuelan en libertad”. La asociación con la posterior lucha de las Madres de Plaza de Mayo es frecuente, aunque Spinetta sostuvo que no había compuesto la canción pensando conscientemente en esa referencia. La recepción inicial estuvo a la altura de la ambición artística. El disco fue presentado en el Luna Park en agosto de 1976, con una convocatoria excepcional para una banda de esas características: unas 15.000 personas asistieron al concierto, una cifra que marcó el salto de Invisible hacia una masividad que Spinetta tampoco había alcanzado con sus proyectos anteriores. Ese éxito no evitó que Invisible tuviera una vida breve. Las tensiones generadas por la nueva formación y la dirección musical desembocaron en la disolución del grupo a comienzos de 1977. Para entonces, El jardín de los presentes ya había dejado una marca: demostró que el rock argentino podía rescatar tradiciones locales sin abandonar la experimentación y que el tango podía funcionar como materia de creación contemporánea y no solamente como patrimonio. Esa influencia excedió a Invisible. El cruce entre rock, tango y jazz que el álbum llevó a un grado de elaboración inédito en la obra del grupo tendría continuidad en distintas búsquedas posteriores de Spinetta, especialmente en su etapa con Jade, y se convirtió en uno de los caminos posibles para pensar una música argentina capaz de dialogar con lenguajes internacionales sin perder su identidad porteña. Cinco décadas después, El jardín de los presentes conserva además una singularidad: es al mismo tiempo un documento de época y una obra que se resiste a quedar encerrada en ella. Grabado en los estudios CBS durante uno de los momentos más oscuros de la historia argentina, transformó la incertidumbre de aquellos años en canciones abiertas a múltiples interpretaciones. Su vigencia no depende únicamente de la memoria de la dictadura ni de la dimensión histórica de Spinetta. Está, sobre todo, en la música: en la convivencia entre guitarras eléctricas, bandoneones, jazz, tango, rock progresivo y poesía. Agencia NA