
Antes de que las lluvias más intensas se conviertan en la principal preocupación de Ecuador por el fenómeno de El Niño, el océano ya comenzó a dejar señales de lo que puede venir. En distintos puntos de la Costa, el aumento anómalo del nivel del mar y la llegada de oleajes de mayor energía han acelerado la erosión, alcanzado infraestructura turística y puesto bajo vigilancia a poblaciones que viven o desarrollan su economía junto a la playa.
La imagen más contundente está en la comuna Data de Posorja, en Guayas. Allí, Playa Delfín perdió la extensa franja de arena que durante años separó al mar de uno de sus principales atractivos turísticos. Las olas llegaron hasta el barranco donde se levanta el monumento que identifica al lugar y la erosión provocó daños en la estructura.
El cambio ocurrió en una zona donde, apenas una década atrás, había decenas de metros de playa entre el agua y el monumento. Ahora, la línea costera avanzó hasta modificar por completo el paisaje y convertir la erosión en una amenaza para viviendas y construcciones cercanas al mar.
Lo ocurrido en Playa Delfín no es un fenómeno aislado. En Manabí, los recientes oleajes también alcanzaron directamente a la infraestructura turística. En Punta Bikini, en San Clemente, varias cabañas y negocios ubicados junto a la playa resultaron afectados por la fuerza del mar.

Los daños se produjeron en medio de una alerta por la llegada de olas de largo período, capaces de transportar mayor energía hacia la costa. Para los propietarios de los establecimientos turísticos, el problema no se limita a la destrucción o deterioro de sus instalaciones: también existe preocupación por las consecuencias que una alteración prolongada de las condiciones del mar pueda tener sobre la llegada de visitantes.
La diferencia con otros episodios de oleaje está en el contexto oceanográfico que enfrenta actualmente Ecuador. El nivel del mar frente a las costas del país registró en las últimas semanas incrementos excepcionales. En determinados momentos, la anomalía llegó a bordear los 40 centímetros sobre los valores normales, una cifra que recordó los niveles observados durante el fenómeno de El Niño de 1997-1998.
Posteriormente, el nivel descendió, aunque se mantuvo entre 28 y 33 centímetros por encima de los registros habituales. Ese margen puede parecer reducido a simple vista, pero modifica la relación entre el océano y la infraestructura construida junto a la costa.
Un mar más alto significa que las olas alcanzan sectores a los que normalmente no llegarían con la misma intensidad. También facilita la erosión de playas y acantilados y aumenta la exposición de viviendas, malecones, negocios y otros bienes levantados cerca de la línea costera.

La preocupación se extiende ahora hacia Santa Elena, una provincia con una amplia concentración de balnearios y actividades turísticas expuestas directamente al comportamiento del Pacífico. Sectores como Salinas, Anconcito y otras poblaciones ubicadas a lo largo de la península figuran entre las zonas que requieren seguimiento ante la combinación de oleajes, aguajes y un nivel del mar superior al habitual.
En estos lugares existe además otro riesgo: la capacidad de las ciudades para evacuar el agua durante episodios de lluvia. Si el nivel del océano permanece elevado, los sistemas de drenaje pueden encontrar mayores dificultades para descargar hacia el mar. El resultado podría ser una combinación especialmente compleja: precipitaciones intensas desde tierra y un océano que limita la salida natural del agua.
El escenario adquiere relevancia mientras los organismos de monitoreo mantienen vigilancia sobre la evolución de El Niño y las condiciones marítimas en el litoral ecuatoriano. El Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada mantiene actualizados sus pronósticos de oleaje para la Costa, después de varios días marcados por la llegada de olas de mayor energía.
Los episodios registrados en Guayas y Manabí muestran, sin embargo, que los efectos del fenómeno ya no pertenecen únicamente a los pronósticos. La desaparición de playa en Posorja y los daños a establecimientos turísticos son consecuencias visibles de una presión creciente sobre el borde costero.
A esto se suma que el INAMHI advirtió un incremento de las lluvias en zonas del litoral entre el 5 y el 9 de septiembre, lo que añade un nuevo elemento a un escenario en el que el riesgo comienza a acumularse desde distintos frentes.


