Cuando Alejandra Ciappa llegó a la Zona Cero después del atentado contra las Torres Gemelas, el escenario que encontró estaba muy lejos de la Nueva York que conocía. El humo, los escombros y el despliegue de cientos de personas que intentaban colaborar daban cuenta de la magnitud de la tragedia.
La médica argentina había viajado para brindar asistencia junto a otros profesionales. La prioridad era atender a quienes estaban en el lugar y colaborar con los equipos que buscaban sobrevivientes entre los restos de los edificios.
“Fuimos para atender los primeros auxilios, lo dermatológico, lo psicológico. Fuimos a ayudar a los rescatistas”, explicó Ciappa en El corresponsal por TN.
Durante los primeros días, la búsqueda de personas con vida continuó pese a que las posibilidades eran cada vez menores. En ese contexto, el trabajo de los médicos también empezó a concentrarse en quienes permanecían durante largas jornadas en la zona.

“En un momento nos dijeron que no iba a haber más sobrevivientes y nosotros tratamos de mantener la esperanza de que sí haya más”, recordó.
Sin embargo, no fueron encontrados nuevos sobrevivientes. Los profesionales pasaron entonces a enfocarse en cuidar a los rescatistas y a las personas que continuaban trabajando entre los escombros.
Ciappa también comenzó a intervenir en las situaciones de crisis emocional. Como hablaba inglés y español, trabajó junto a psiquiatras para determinar quiénes necesitaban abandonar Ground Zero.
“Había mucha gente que quería seguir ayudando pero no tenía conciencia del propio daño que se podían causar. De hecho, no se veían nunca en riesgo, pero estábamos todos en riesgo”, señaló.
Para ella, lo ocurrido fue un quiebre en su vida. Años después, todavía considera que aquella experiencia cambió su manera de entender el valor de estar vivo y de relacionarse con los demás. “Ese día fue un antes y un después en mi vida”, sostuvo.

Ciappa aseguró que también aprendió a encontrar algo positivo en una experiencia profundamente traumática. “Aprendí a transformar esta experiencia dolorosa y a sentirme privilegiada de haber elegido ir ese día voluntariamente”, contó.
Desde entonces, intenta aplicar esa enseñanza en su vida cotidiana: buscar un propósito, ser resiliente, generosa y estar conectada con los demás.
“Uno trataba de ser un granito de arena y ser útil”, resumió. En ese sentido, consideró que, frente a la dimensión de una tragedia de esa magnitud, cada persona podía parecer apenas “una hormiguita pequeña”, pero la suma de todos los que intentaron ayudar fue significativa.




