El secreto duró casi siete décadas porque era un secreto terrible, trágico, vergonzante; un secreto que ojalá hubiese sido tragado por el olvido, antes de volver a la luz: entre el 30 de abril y el 2 de mayo de 1945, en sólo tres días, el diez por ciento de los habitantes de la ciudad de Demmin, en el norte de Alemania, se suicidaron cuando vieron la guerra perdida y ante la llegada inminente de las tropas soviéticas del Ejército Rojo, incluso antes de conocer la muerte de Adolf Hitler en su bunker de la Cancillería de Berlín.

Los hijos mataron a sus padres y luego se quitaron la vida; las madres mataron a sus hijos antes de arrojarse a las aguas de los tres ríos que rodeaban a la ciudad; a su pesar, hubo hijos que sobrevivieron a sus padres en el intento suicida, y padres que sobrevivieron a sus hijos; se cortaron las venas, se dispararon un balazo, bebieron cianuro, se colgaron de los árboles en los bosques cercanos: el horror.

Existió una segunda razón, además del espanto, para que el secreto perdurara durante tanto tiempo: Demmin quedó en manos soviéticas luego de la guerra, formó parte de la República Democrática Alemana (RDA), bajo el dominio de Moscú, y no fue libre hasta la reunificación de Alemania, en 1989.

En abril de 1945, ya sobre el final de la Segunda Guerra, Demmin era un pequeño enclave de quince mil habitantes en la actual Pomerania, a ciento cincuenta y seis kilómetros al norte de Berlín. Algunas unidades de la Wehrmacht se habían apostado en la ciudad desde que en octubre del año anterior las fuerzas soviéticas empujaban cada vez con más fuerza a los nazis hacia Berlín. Pero a finales de ese mes, y cuando ya la guerra estaba perdida, las tropas alemanas habían huido veloces de Demmin, después de volar los puentes sobre el río Peene y sus dos afluentes, el Trebel y el Tollense. Esa decisión fue desastrosa: las vías de escape hacia el oeste quedaron cortadas para los civiles que habían quedado en la ciudad y que no tuvieron más remedio que esperar la llegada de los soviéticos en medio de una tremenda angustia.

Un irremediable fatalismo recorrió toda Alemania en los días finales de la guerra. Las cifras dicen que más de cien mil personas eligieron seguir el destino de Hitler y el de su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, que se mató junto a su mujer, Magda, después de asesinar a sus seis hijos, la mayor de doce años y la menor de cuatro; cientos de jerarcas nazis también se habían matado cerca del búnker de Hitler y en las calles de Berlín, antes de la llegada de las tropas soviéticas, a las que veían, y veían bien, dueñas de una poderosa sed de venganza. Ese sentimiento de resignada desesperación se hizo carne en Demmin. El 1 de mayo, una maestra escribió en su diario una breve frase: “Los suicidios, impulsados por la locura, cuestionan el sentido de la vida”. Detrás de esas doce palabras se escondía la tragedia: la gente de Demmin había empezado a matarse.

Demmin, el pueblo alemán, antes y después de la llegada de los soviéticos. (Foto: Statt Museum Demmin)
Demmin, el pueblo alemán, antes y después de la llegada de los soviéticos. (Foto: Statt Museum Demmin)

Un día antes, el 30 de abril, Hitler todavía estaba vivo; el metálico andar de los tanques soviéticos invadió la ciudad: era un día radiante de primavera. Ya para entonces, se habían suicidado veintiuna personas casi en simultáneo, aterradas por la propia propaganda nazi que advertía cuál sería la conducta de los rusos: matanzas, fusilamientos, violaciones masivas. La propaganda no exageraba mucho. El historiador Volker Ullrich revela en su libro “Eight Days in May – Ocho días de Mayo”, en el que narra cómo vivió Alemania el final de la guerra, la carta que un soldado soviético de Tiraspol, en el oeste de la Ucrania sacudida hoy por las huestes de Vladímir Putin, escribió a su familia en enero de 1945: “Ahora, las madres alemanas van a maldecir el momento en el que parieron a sus hijos. Ahora, las mujeres alemanas sentirán el terror de la guerra. Ahora van a vivir lo mismo que ellos provocaron en otros pueblos”. Casi todos los miembros del 65° Cuerpo de Ejército soviético y del Cuerpo de Tanques 1 tenían un familiar o un amigo matado por los nazis luego de la invasión a la URSS en 1941.

A las tres de la tarde del 30 de abril, varias banderas blancas ondeaban en las ventanas de los edificios públicos de Demmin y en el campanario de su iglesia principal. Tres negociadores soviéticos y un oficial alemán se acercaron al centro de la ciudad para prometer a sus habitantes que no serían molestados, y que no habría saqueos si aceptaban rendirse sin luchar: los cuatro fueron asesinados por francotiradores de las Juventudes Hitlerianas. Rolf-Dietrich Schultz, que entonces tenía nueve años, declaró muchos años después que había visto y oído a Gerhard Moldenhauer, un ferviente nazi, profesor de la escuela local, que decía a un vecino: “Acabo de disparar a mi mujer y a mis tres hijos. Ahora solo quiero matar a algunos rusos”.

En horas, todo se volvió un infierno; por la noche, los soviéticos saquearon e incendiaron la ciudad en una locura de violencia que se extendió durante los tres fatales días en los que ocurrieron los suicidios masivos. Las tropas soviéticas, que habían tomado por asalto un par de destilerías y varios negocios de venta de alcohol, dieron fuego a las casas y montaron guardia para que los incendios no fuesen sofocados. Ullrich relata en su libro: “Cientos de mujeres y niñas fueron violadas, numerosos habitantes de la localidad fueron asesinados y muchas casas, saqueadas. Lo que a continuación se produjo fue una cantidad ingente de suicidios, como no se dieron en ninguna otra ciudad alemana en la fase final de la guerra; no, al menos, en esa medida. Familias enteras se quitaron la vida en grupos.”

El documentalista e historiador Florian Huber reveló: “Entre los muertos había criaturas de pecho, niños pequeños, escolares y adolescentes, hombres y mujeres jóvenes, matrimonios maduros, personas en la flor de la edad, jubilados y ancianos. Los orígenes de todas esas personas, sus profesiones, su estatus social no siguen ningún patrón (…) Murieron obreros y empleados, funcionarios y artesanos, médicos y farmacéuticos, amas de casa, simples viudas y viudas de guerra, comerciantes y agentes de policía, directores contables, jubilados y maestros (…)”

Quienes no usaron armas, optaron por el veneno o por cortarse las venas; otros ciudadanos de Demmin se ahorcaron o se ahogaron en alguno de sus tres ríos. Ullrich describe: “Las mujeres llenaron de piedras sus mochilas, ataron con cuerdas las muñecas de sus hijos y así se metieron en el agua, amarrados unos a otros. Todavía al cabo de las semanas, había numerosos cadáveres flotando en el río Peene y en sus afluentes”.

Adolf Hitler en un acto político reunido con otros jerarcas nazis. (Foto: Hoffmann France Presse Voir / AFP)
Adolf Hitler en un acto político reunido con otros jerarcas nazis. (Foto: Hoffmann France Presse Voir / AFP)

Uno de los guardabosques de la ciudad mató a tres chicos y a sus madres, luego a su esposa y por fin se disparó en la cabeza: sobrevivió, ciego. Muchos de los suicidios no pasaron del intento: algunas madres que habían ahogado a sus hijos, fueron incapaces luego de arrojarse a las aguas; en otros casos, las dosis de veneno fueron letales para los chicos, pero no alcanzaron a matar a los adultos; muchos hijos emergieron de las aguas y sobrevivieron a sus padres; otros, que habían fallado en el primer intento, emplearon luego otros métodos para poner fin a sus vidas. Los testimonios citan el caso de una madre y su hija, que habían sido violadas por los soviéticos y habían fracasado en su intento de morir ahogadas en el río Peene, pero se colgaron luego en el ático de su casa.

Muchos intentos de suicidio fueron evitados por las tropas soviéticas que, o bien rescataron a las víctimas del agua o curaron las heridas en las muñecas provocadas por cuchillos. Uno de los testigos de la tragedia, un muchachito en 1945, recordó años después: “Mi madre también fue violada. Y entonces, junto con nosotros y los vecinos, se apresuró hacia el río Tollense, dispuesta a saltar a él. Yo la detuve, la saqué de ese estado de trance en el que estaba. Había mucha gente, muchos gritos: todos estaban preparados para morir. Le preguntaban a los niños: ‘¿Quieren vivir? La ciudad arde, Fulano y Fulano están muertos’. Y los chicos decían: ‘No, ya no queremos vivir más’. Y así fue como la gente huyó hacia los ríos. Hasta los rusos estaban aterrados e intentaron impedir los suicidios, o rescataban a los alemanes de las aguas. Todo el pueblo estaba en pánico”.

Una histeria colectiva, seguida del peligroso efecto contagio que, según los expertos, genera el suicidio, había ganado a la ciudad. Bärbel Schreiner, que entonces era una chica de seis años, estuvo a punto de morir a manos de su madre, que la había llevado junto a su hermanito menor a la vera del río Peene. Ese chico la salvó, y se salvó, con sólo cuatro palabras: encaró a su madre frente a las aguas ya repletas de cadáveres y le dijo: “Mamá, nosotros no, ¿verdad?”. Siete décadas después, con la voz quebrada por la emoción, Bärbel afirmó: “Todavía recuerdo el agua enrojecida por la sangre. Sin esas palabras de mi hermano, estoy convencida de que mi madre nos habría ahogado a los dos”.

Huber, el historiador y documentalista, que desconocía esta tragedia, escribió luego un libro estremecedor cuando la investigó: “Hijo, prométeme que te matarás”, en el que intentó explicar a través de durísimos testimonios la extraña ola de suicidios que se apoderó de Demmin: “Estudié historia y nunca escuché nada sobre este episodio trágico. Un día, leí en un libro un breve pie de página que mencionaba la oleada de suicidios de los últimos meses de la guerra y decidí investigar. ¿Qué es lo que llevó a estos hombres y mujeres a pegarse un tiro, colgarse de un árbol o a tirarse al río más cercano? ¿Miedo por las represalias de los vencedores? ¿Fanatismo nazi? ¿O sentimiento de culpa por las tropelías de doce años de nacionalsocialismo y seis de guerra? Creo que fue una mezcla de todos estos factores. También influyó un efecto psicológico que convierte el suicidio en algo contagioso, casi como una infección. Los ríos hicieron de cementerio durante semanas; los trabajos para sacar los cuerpos del agua duraron de mayo a julio de aquel año. Los testigos recuerdan a gente colgada de los árboles por todas partes…

Ni siquiera puede atribuirse a la muerte de Hitler lo que impulsó a los habitantes de Demmin al suicidio masivo: durante al menos veinticuatro horas, la muerte de Hitler fue uno de los secretos mejor guardados de aquel Reich en derrota. Al contrario, entre los escombros del poder se había iniciado una lucha para mantener al nazismo vencido en posición de negociar un imposible con los aliados: que la rendición de Alemania no fuese incondicional. En esa lucha estaban mezclados Martin Bormann, que moriría en las calles de Berlín cuando intentaba huir hacia el sector de avanzada de los americanos, y el almirante Karl Dönitz, a quien Hitler había nombrado su sucesor.

Tres horas después de la muerte de Hitler, en 1945, los rusos ya habían llegado a Demmin y ya se habían desatado los primeros suicidios. (Foto: AFP / FRANCE PRESSE VOIR)
Tres horas después de la muerte de Hitler, en 1945, los rusos ya habían llegado a Demmin y ya se habían desatado los primeros suicidios. (Foto: AFP / FRANCE PRESSE VOIR)

Tres horas después del suicidio de Hitler, Bormann llamó a Dönitz para decirle que Hitler lo había designado heredero del Tercer Reich y jefe del Estado, pero no le dijo que Hitler había muerto. A esa misma hora, los rusos ya habían llegado a Demmin y ya se habían desatado los primeros suicidios. Dönitz supo de la muerte de Hitler recién al día siguiente, 1 de mayo: sospechó una maniobra de Bormann y ordenó su arresto y el de Goebbels, que estaba a punto de matarse junto a su mujer. Dönitz decidió entonces hablar por radio al pueblo alemán para comunicar la muerte de Hitler, pero no dijo que se había suicidado; dio en cambio una versión idealizada porque intentaba mantener vivo el mito del Führer. Dijo: “Hombres, mujeres, soldados de la Wehrmacht alemana, ¡nuestro Führer Adolf Hitler ha caído! El pueblo alemán inclina su cabeza en señal de tristeza y respeto. Hace ya mucho, él reconoció el terrible peligro del bolchevismo y dedicó su vida a combatirlo. Finalmente, su batalla y su inquebrantable adhesión a ese camino, fue su heroica muerte en la capital del Reich. Su vida fue un largo acto de servicio a Alemania. Sus esfuerzos en la lucha contra el sangriento bolchevismo se hicieron en nombre de Europa y también del mundo de la cultura.”

Era una enorme falsedad destinada a perpetuar el fanatismo. A su mensaje siguieron el himno alemán, el del nacionalsocialismo, tres minutos de silencio y la Tercera Sinfonía de Beethoven, “Heroica”. Luego, ya en los primeros minutos del 2 de mayo, un locutor cerró la transmisión: “Enviamos un saludo a nuestros oyentes en Alemania y fuera de sus fronteras, a nuestros soldados en el mar, en los campos de batalla y en los cielos. ¡Heil Hitler!

¿Cuántos alemanes murieron en Demmin? Nunca se sabrá con exactitud. Más de novecientos cadáveres fueron enterrados en fosas comunes en el cementerio de Bartholomäi; otros, a pedido de sus familias, fueron sepultados en tumbas identificadas. Al menos quinientas muertes quedaron registradas en el libro de contabilidad de un almacén que sirvió como registro improvisado de aquel horror y como parcial censo de las defunciones. Pero semanas después de aquel precario recuento y de aquellos apresurados enterramientos, todavía surgían cadáveres de las profundidades de los ríos: las ropas y los objetos personales de los muertos habían erigido una especie de barrera de dos metros de ancho a lo largo de las orillas.

En 1995 la revista alemana Focus publicó un artículo del historiador y teólogo Norbert Buske que afirmó: “Tenemos que asumir más de mil muertes”. En 2006, el historiador Udo Grashoff y el escritor Kurt Bauer elevaron esa cifra a mil doscientas personas. Grashoff y Bauer precisaron que hubo una primera oleada de suicidios antes de la llegada de los soviéticos, por temor a las represalias, y una segunda oleada, mayor que la primera, que siguió a los saqueos, fusilamientos y violaciones cometidos por los rusos.

En 2005, el semanario Der Spiegel también calculó la cifra de muertos en “más de mil”. El psicólogo y jurista Nils Volkersen declaró en 2009 que Demmin “supuso el suicidio en masa con mayor número de muertos en la historia alemana”. El historiador Fred Mrotzek, de la Universidad de Rostock, calculó en los últimos años entre mil doscientos y mil quinientos los muertos en aquellos días terribles de abril y mayo de 1945, lo que fija la cantidad de víctimas en el diez por ciento de los habitantes de la ciudad.

Foto de la reunión por el pacto Ribbentrop-Molotov entre la Alemania Nazi y la Unión Soviética. (Foto: Archivos Federales de Alemania)
Foto de la reunión por el pacto Ribbentrop-Molotov entre la Alemania Nazi y la Unión Soviética. (Foto: Archivos Federales de Alemania)

Al finalizar la guerra, con Alemania dividida en dos, el Oeste en manos aliadas y el Este en manos de la URSS, Demmin quedó del lado soviético y el suicidio en masa de sus habitantes, y sobre todo los saqueos y violaciones de las tropas rusas, pasaron a ser un tema tabú de tratamiento prohibido. El sitio que fue destinado a las fosas comunes fue abandonado y se usó en algunas ocasiones para cultivar remolacha azucarera. Solo quedó en pie un solitario monumento con la fecha “1945” grabado en la piedra: sugería que allí había ocurrido algo relacionado con la Segunda Guerra.

Los soviéticos intentaron borrar el pasado y alzaron en el centro de la ciudad un obelisco en homenaje a sus soldados muertos en la zona. El museo de Demmin registró “dos mil trescientas muertes“ debido a la guerra y a la hambruna” que cayó sobre la ciudad entre 1945 y 1946.

En 1989, ya con el comunismo tambaleante y el Muro de Berlín a punto de caer, el Partido Comunista local culpó a la Wehrmacht y a las Juventudes Hitlerianas por la destrucción de la ciudad. Como les era imposible borrar las atrocidades cometidas por los rusos contra la población —saqueos, violaciones, asesinatos y fusilamientos—, culparon a “alemanes disfrazados de soviéticos”, según reveló la revista “Der Spiegel”, que tomó como fuente de información la documentación hallada en la administración militar soviética de Nuevo Brandeburgo.

La gran tragedia de Demmin sobrevivió apenas gracias a un informe interno de la RDA fechado el 15 de mayo de 1945 que, escondido en los archivos, resistió quién sabe cómo a las purgas soviéticas. Menciona a “más de setecientos muertos y trescientas sesenta y cinco casas destruidas; aproximadamente el ochenta por ciento de la ciudad está en ruinas; más de setecientos habitantes pusieron fin a sus vidas mediante el suicidio”. Recién después de la caída del comunismo, en 1991, algunos de los testigos de aquellos trágicos días, que eran unos chicos en 1945, se animaron a hablar: la historia se reconstruyó poco a poco. Un nuevo monumento se alzó sobre el terreno de las fosas comunes y un libro de memorias dedicado a los muertos fue publicado a modo de homenaje por el estado de Mecklemburgo-Pomerania.

En Demmin, el final de la Segunda Guerra Mundial llegó por fin siete décadas después del último disparo.