
Un equipo encabezado por la investigadora Stephanie Szarmach recuperó en Anchorage, Alaska, datos de pequeñas reinitas mirto que, mediante geolocalizadores multisensor colocados durante un año, mostraron una migración de ida y vuelta de 10.900 kilómetros hasta la costa del Golfo de Estados Unidos.
Szarmach, por entonces doctoranda, y su director de tesis, el biólogo evolutivo David Toews, instalaron docenas de dispositivos del tamaño de un Tic Tac en aves que se reproducen en el bosque boreal.
El objetivo del trabajo publicado en Movement Ecology era conocer sus trayectos con un nivel de detalle que hasta ahora era difícil de alcanzar en pájaros cantores pequeños.
La investigadora logró recapturar a uno de los individuos tras atraerlo con una grabación de su canto cerca de una red de niebla. Al comprobar que todavía llevaba el aparato, pudo acceder a la información acumulada durante su desplazamiento anual.
La especie siguió una ruta más extensa

De acuerdo con Phys.org, el estudio se centró en la reinita mirto, una subespecie septentrional de la reinita culiamarilla. Estas aves son conocidas por una mancha amarilla sobre la cola, rasgo que ha dado lugar al apodo de “cuello de mantequilla” entre observadores de pájaros.
Los investigadores buscaban determinar si las poblaciones que crían en Anchorage seguían la ruta más corta hacia sus áreas de invernada en California. Esa posibilidad se relacionaba con una observación realizada en 1899 por el ornitólogo Richard McGregor, quien había visto reinitas mirto en la costa californiana.
Sin embargo, los datos contradijeron esa expectativa. “Todas las aves que rastreamos viajaron hacia el este a través del bosque boreal de Canadá antes de desviarse hacia el sur, a la costa del Golfo”, explicó la especialista.
Sensores para seguir aves pequeñas
Las aves pequeñas dificultan el seguimiento científico porque los transmisores GPS pesan demasiado para especies de menos de una cucharada de azúcar. Por eso, los científicos crearon dispositivos más ligeros que almacenan la información internamente.

Los geolocalizadores convencionales detectan la luz y calculan una posición aproximada a partir de las horas de amanecer y atardecer. El método tiene límites: las estimaciones pueden presentar errores de cientos de kilómetros, sobre todo durante los equinoccios, cuando la duración del día es similar en gran parte del planeta.
Las nuevas etiquetas incorporan un sensor de presión atmosférica. Cuando el ave gana altitud al iniciar un vuelo, la presión disminuye; ese cambio permite identificar el momento de salida y llegada en cada escala. La combinación de presión, luz y viento ofrece estimaciones de ubicación más precisas que las obtenidas solo con la duración del día.
Para procesar esos registros, los especialistas comparan las variaciones de presión con datos meteorológicos globales mediante el programa GeoPressureR. El resultado funciona como una “huella dactilar” que ayuda a delimitar las zonas donde pudo encontrarse cada ejemplar.
Una ruta marcada por las glaciaciones
El trayecto detectado fue mayor de lo previsto para una especie considerada migratoria de corta o media distancia. El recorrido completo alcanzó 6.800 millas, equivalentes a 10.900 kilómetros, entre las zonas de reproducción del norte y el destino invernal.

La misma tendencia aparece en otros pájaros cantores rastreados desde el noroeste de Norteamérica, entre ellos las reinitas rayadas y los zorzales de Swainson. Una explicación posible se vincula con las glaciaciones que, hace millones de años, redujeron y aislaron poblaciones de aves hacia el sur.
Cuando los glaciares retrocedieron, los bosques avanzaron de manera gradual hacia el norte y el oeste. Las poblaciones habrían extendido sus áreas de cría en esa misma dirección, mientras conservaron las rutas que las conectaban con los sitios de invernada meridionales.
Los científicos plantean que esos recorridos están codificados genéticamente. La hipótesis es que las rutas actuales mantienen el rastro de la expansión histórica de los bosques, aunque las condiciones que la originaron ya hayan desaparecido.
Los registros pueden orientar medidas de conservación
Aún no se conoce con precisión dónde se reproducen las reinitas que invernan en California y que fueron observadas a fines del siglo XIX. La especialista considera posible que una proporción reducida de ejemplares de Anchorage migre allí, mientras que otras procederían de zonas remotas y poco estudiadas de Alaska o Yukón.

Las próximas investigaciones podrían marcar directamente ejemplares en California para aclarar el origen de esa población y conocer por qué algunos individuos toman una ruta distinta.
La geolocalización barométrica también permite identificar áreas de descanso e invernada que requieren protección. Además, informa sobre la altitud de los vuelos, un dato útil para estudiar los riesgos de colisión con edificios o aerogeneradores.
Los dispositivos registran cada vuelo migratorio y aportan información sobre los horarios de viaje. Datos de más de 50 especies publicados en Current Biology, fueron combinados para analizar cuándo migran los individuos durante el día o la noche.
Szarmach, actualmente investigadora posdoctoral en el Centro de Aves Migratorias Smithsonian, integra esos registros con imágenes satelitales para examinar la relación entre los desplazamientos y los cambios estacionales de la vegetación.




