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En 1887, Francia fijó las vacaciones escolares hasta octubre. No fue por el descanso de los niños, sino todo lo contrario

Hoy es 1 de septiembre, fecha en la que muchos colegios comienzan el nuevo curso. Sin embargo, en la Francia del siglo XIX, las grandes vacaciones escolares no se organizaron pensando prioritariamente en que los niños descansaran. En una sociedad todavía profundamente rural, el calendario tenía que

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En 1887, Francia fijó las vacaciones escolares hasta octubre. No fue por el descanso de los niños, sino todo lo contrario

En 1887, Francia fijó las vacaciones escolares hasta octubre. No fue por el descanso de los niños, sino todo lo contrario

Hoy es 1 de septiembre, fecha en la que muchos colegios comienzan el nuevo curso. Sin embargo, en la Francia del siglo XIX, las grandes vacaciones escolares no se organizaron pensando prioritariamente en que los niños descansaran. En una sociedad todavía profundamente rural, el calendario tenía que convivir con cosechas, vendimias y familias que necesitaban mano de obra estacional. Esa lógica condicionó durante décadas las fechas escolares y explica por qué la rentrée francesa permaneció anclada alrededor de octubre hasta bien entrado el siglo XX.

Que los niños fueran al cole. Las grandes vacaciones escolares francesas son esencialmente una creación del siglo XIX, cuando el Estado comenzó a organizar de manera sistemática la enseñanza. La ley Guizot de 1833 limitó a seis semanas las vacaciones de primaria, aunque permitía que los prefectos decidieran cuándo se disfrutaban porque las circunstancias variaban enormemente entre territorios.

El problema fundamental no era proporcionar descanso a los alumnos, sino conseguir una asistencia relativamente regular: en las zonas rurales las familias retiraban a sus hijos de las aulas cuando necesitaban ayuda y, todavía después de que las leyes Ferry establecieran la enseñanza obligatoria en 1882, mantenerlos todo el año en la escuela seguía siendo complicado.

El campo y su propio calendario. En 1866, el ministro de Instrucción Pública Victor Duruy dejó por escrito la lógica que condicionaba el calendario. Consideraba imposible establecer las mismas fechas de vacaciones para toda Francia porque ni el clima ni los cultivos eran iguales y defendía hacer coincidir el descanso escolar con aquellos periodos en los que los niños abandonarían de todos modos las aulas para trabajar en el campo

En una Francia donde buena parte de la población dependía directamente de la agricultura, los menores constituían una ayuda familiar importante durante las grandes tareas estacionales: la escuela podía intentar competir contra esa realidad económica o incorporarla a su propio calendario.

Ampliación de las vacaciones. La Tercera República terminó consolidando esa peculiar relación entre aulas y agricultura: en 1887 las vacaciones de primaria pasaron progresivamente de seis a ocho semanas, aunque las fechas siguieron sin ser idénticas en todo el país y quedaron en manos de las autoridades locales. Habitualmente se concentraban entre el verano y comienzos de octubre, de modo que los niños podían participar en cosechas y vendimias antes de regresar definitivamente a clase. 

La paradoja es que una pausa que hoy asociamos al ocio infantil funcionaba entonces también como una solución pragmática para el Estado: si las familias iban a sacar a sus hijos de la escuela para trabajar de todas formas, resultaba más útil colocar las vacaciones en esas semanas y tratar de garantizar su asistencia durante el resto del curso.

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Los niños de campo cosechan, los acomodados disfrutan. Dicho esto, reducir todo el origen de las vacaciones francesas al trabajo agrícola sería algo engañoso, porque Francia mantuvo durante buena parte del siglo XIX dos mundos educativos muy distintos. Los colegios y liceos de secundaria estaban reservados principalmente a las clases burguesas y aristocráticas y ya disfrutaban de largas vacaciones entre agosto y octubre sin necesidad alguna de ayudar en las cosechas.

Al contrario, sus fechas estaban relacionadas incluso con actividades sociales de las élites como la temporada de caza. A finales del siglo XIX la brecha llegó a ser considerable: mientras primaria disponía de unas ocho semanas, en secundaria el comienzo de las vacaciones se adelantó hasta mediados de julio y los alumnos más acomodados podían acumular alrededor de doce semanas.

Octubre se mantuvo décadas. El calendario fue ampliándose, pero durante décadas hubo una fecha especialmente resistente: finales de septiembre o comienzos de octubre. En 1922 se añadieron días hasta establecer aproximadamente el periodo comprendido entre finales de julio y finales de septiembre, y en 1938 el ministro Jean Zay armonizó las vacaciones de primaria y secundaria entre el 14 de julio y el 30 de septiembre

Para entonces la lógica estaba empezando a cambiar: los congés payés, aprobados en 1936, habían democratizado las vacaciones familiares y hacían cada vez más incómodo que dos hijos de una misma familia pudieran tener calendarios escolares diferentes.

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Convertir las vacaciones en vacaciones. La industrialización y el crecimiento de las ciudades transformaron progresivamente aquella pausa ligada al mundo rural en algo mucho más parecido al verano moderno. Las familias trabajadoras empezaron a disponer de vacaciones pagadas, proliferaron las colonias y servicios destinados a cuidar a los niños y el calendario comenzó a tener en cuenta tanto la organización familiar como una industria turística en expansión. 

En 1959 se estableció una pausa aproximadamente desde principios de julio hasta mediados de septiembre y, entre 1960 y 1961, la rentrée se adelantó al 16 de septiembre mientras el final del curso llegó a situarse a finales de junio, llevando las grandes vacaciones hasta unas diez semanas.

Las vendimias y las aulas. La desaparición de aquel calendario agrícola fue gradual porque la pequeña agricultura todavía necesitaba brazos. Para el curso 1960-1961, la administración contemplaba que los alumnos de al menos doce años pudieran obtener permisos especiales para ausentarse entre el 15 y el 30 de septiembre en departamentos vitivinícolas si estaban ocupados en trabajos agrícolas. 

Era el último eco de una lógica que había condicionado la escuela durante más de un siglo: antes de que turismo, vacaciones familiares y pedagogía decidieran cuándo terminaba el curso, eran el trigo, las uvas y las necesidades económicas de las familias rurales las que ayudaban a decidir cuándo podían volver los niños a clase.

Imagen | SC, Pie

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La noticia En 1887, Francia fijó las vacaciones escolares hasta octubre. No fue por el descanso de los niños, sino todo lo contrario fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .

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