El primer dólar se hizo en 1794 y llevaba en el anverso la imagen femenina de la libertad y en el reverso un águila, el animal nacional. El último dólar saldrá este año y no con algún símbolo nacional ni con el rostro de algún prócer o un presidente histórico, sino con la cara de Donald Trump.

No será una moneda de circulación sino la que homenajea los dos siglos y medio de la fundación de los Estados Unidos de América. Ningún otro presidente, desde Washington hasta Joe Biden, hizo algo semejante. Habría resultado inaceptable. Una afrenta a la democracia norteamericana.

Mientras la imagen de la moneda dorada era difundida por los medios, el jefe de la Casa Blanca proponía a los países del Golfo Pérsico rebautizar el Estrecho de Ormuz con su nombre: Estrecho de Trump.

+ MIRÁ MÁS: La esperanza que generó Trump sobre Malvinas

Sonó a chiste, pero aún siendo así, nadie duda que es un caso en el que, como explica el padre del psicoanálisis, el chiste actúa como “válvula de escape” de pensamientos y deseos reprimidos. Para Freud, se trata de una expresión del inconsciente que expresa esos deseos y pensamientos de manera disfrazada. Aunque Trump no reprime todo lo que produce su ego descomunal, sino que tiene incontinencia de vanidad y la expele en flujos torrenciales.

El mandatario estadounidense evocó otra vez el conflicto de 1982.
El mandatario estadounidense evocó otra vez el conflicto de 1982.

Si por él fuera, en lugar de pretender el rebautizo del Golfo de México y del Lago Ontario con la palabra América, los llamaría Golfo de Trump y Lago Trump. Nadie duda de eso. Mucho menos desde que se atrevió a proponer reemplazar Ormuz por su apellido para rebautizar el paso que conecta el Golfo Pérsico con el de Omán.

+ MIRÁ MÁS: El acuerdo que institucionaliza el vasallaje de la dictadura chavista

Si sus fuerzas militares lograran liberar esa yugular del petróleo del actual control iraní, el magnate neoyorquino querrá rebautizarlo con su nombre porque se considerará el libertador de ese paso marítimo. Algo absurdo, porque Ormuz jamás había sido antes bloqueado. El control iraní se estableció, por primera vez, durante la segunda semana del conflicto en marcha y, precisamente, como consecuencia de la guerra iniciada por Trump y Netanyahu.

La incontinencia egolátrica de Donald Trump ya lo hizo dar pasos desopilantes, como agregar su nombre al Centro Cultural John F. Kennedy, una de las instituciones más tradicionales y prestigiosas de Washington. Por suerte para el sentido común norteamericano, la Justicia se lo impidió. Pero el historial de desbordes megalómanos del presidente norteamericano permite sospechar que, en el caso de impulsar un proceso que derive en una soberanía compartida entre británicos y argentinos, dejando al Reino Unido la isla Soledad, donde está Puerto Argentino (Stanley para los ingleses) y poniendo bajo soberanía argentina a la isla llamada Gran Malvina, con el objetivo de instalar empresas petroleras y pesqueras norteamericanas con grandes ventajas en lo que le corresponda a la Argentina de la explotación del mar que la circunda, no sería de extrañar que proponga rebautizar el espacio territorial argentino. El magnate neoyorquino pretenderá que deje de llamarse Gran Malvina para llamarse Isla Trump.