
Después de El seductor de la patria, Enrique Serna vuelve a la novela histórica con El dios hambriento, y esta vez va más atrás en el tiempo. En entrevista con Infobae México, el autor nos contó cómo a través de los años se fue gestando la idea de escribir sobre el pasado prehispánico:
“Desde la niñez, cuando mi madre me llevó al Museo de Antropología por primera vez, el imperio mexica me dejó una impresión muy fuerte, una mezcla de fascinación y morbo. Y creo que siempre tuve en el inconsciente la idea de transportarme a este reino fabuloso y macabro en algún momento, pero mi vocación literaria brilló por otros caminos. Y después, en el 2018, me propusieron escribir un argumento para una teleserie sobre la conquista de México y mi asesora en ese trabajo me recomendó varias lecturas sobre la vida de los aztecas. Reavivaron en mí esa ilusión infantil. Y a partir de entonces decidí meterme a estudiar el tema más a fondo”.
La novela se va décadas atrás de la llegada de Hernán Cortés a Tenochtitlán, y poco después de la caída de Maxtla a manos de la Triple Alianza. El autor se dio cuenta de que la literatura mexicana estaba en deuda con el pasado más allá de la Conquista:
“Las novelas más leídas sobre México prehispánico, que son Azteca de Gary Jennings y El corazón de piedra verde de Salvador de Madariaga, ocurren ambas en tiempos de la conquista. Y me parecía injustificable que no se hubiese escrito algo de épocas anteriores, como si el único acontecimiento novelable de la historia de los pueblos prehispánicos fuera su encuentro con los españoles. Y entonces empezaron a surgir las ideas a partir de lo mismo que explico en el prólogo: la extraña y paradójica humillación que los mexicas le infundieron a Nezahualcóyotl cuando habían derrotado ya a los usurpadores del reino del rey poeta”.
La novela de Serna aborda un momento histórico particular: la guerra ficticia ideada por Tlacaélel que obligó a Nezahualcóyotl a declararse perdedor y empoderar a los mexicas:

“Todos los historiadores están de acuerdo en que no debió de haberle gustado esta claudicación. Pero de ahí me surgió la idea de: bueno, ¿y por qué si él había sido un aliado leal de los aztecas le impusieron este castigo? Si había ahí un agravio que los mexicas se quisieron cobrar. Y de ahí surgió la intriga palaciega que yo imaginé para tratar de resolver ese misterio, porque es un misterio que la historia probablemente nunca resolverán ya y que solo en el campo de la ficción se pueden hacer conjeturas para explicar".
Ubicarse en ese punto de la línea temporal de la historia de México obligó a Enrique Serna a la investigación y un proceso para mezclar la realidad con la ficción:
“Estuve cinco años metido en el tema y durante la investigación se me iban ocurriendo ideas para armar una escaleta con la trama. Esa trama tiene muchos elementos de ficción. Yo no me creo poseedor de la verdad histórica, solo aspiro a que mi novela sea verosímil. Pero para que sea verosímil hay que tener bastante rigor en la reconstrucción histórica. Porque de lo contrario no se produce el efecto que busca un novelista, que es el efecto que definió muy bien Flaubert en una charla con los hermanos Goncourt, en la época en que él estaba escribiendo Salammbô, una novela histórica que ocurría en la mítica ciudad de Cartago. Y les dijo que él lo que deseaba era darle a sus lectores unas bocanadas de hachís histórico. Entonces, yo escribí esta novela con la misma intención, pero me di cuenta de que para que tenga efectos alucinógenos era necesario hacer una reconstrucción lo más precisa posible de ese mundo.
Una de las grandes dificultades a las que el autor se enfrentó para escribir El Dios Hambriento fue el lenguaje: los personajes, por supuesto, no hablaban español, sino náhuatl, y el texto está escrito en castellano:
“Es la primera vez que yo escribía una novela donde los personajes hablan un idioma distinto al mío. Pero finalmente, el náhuatl clásico y el español mexicano no son dos lenguas divorciadas. Se han fecundado mutuamente. Y eso me permitió a mí proponerle al lector una convención lingüística en la que los personajes hablan con soltura en un español emparentado con el náhuatl”.

Nezahualcóyotl, Tlacaélel, el tlatoani Itzcóatl, la princesa Chimalma y la nahuala Quilaztli son algunos de los personajes que construyen la trama de El Dios hambriento, sobre la creación literaria de éstos, Serna nos cuenta:
“Yo creo que todos los personajes parten de la observación del propio carácter, pero cuando colocas a esos personajes, a los que tú les prestaste algunos ingredientes de tu personalidad, en circunstancias muy diferentes, en un contexto completamente ajeno a lo que uno ha vivido, esos personajes ya pueden empezar a cobrar vida propia. Y a mí me importaba escribir una novela en donde la trama obedeciera a las motivaciones profundas de los personajes. Y entonces tuve que construirlos con un cierto grado de profundidad para lograr esa ilusión de vida, que es lo que buscamos los novelistas”.
Y detalla: “Ha habido una idealización de esta época, a veces con motivos políticos, con motivos propagandísticos, pero yo creo que la idealización deshumaniza a los personajes históricos. Y la tarea del biógrafo, al igual que la del novelista, es resucitarlos, convertirlos en seres de carne y hueso. Por lo tanto, un novelista, guste o no, tiene que ser un desacralizador, mostrar las pasiones en carne viva, cómo pudieron haberse producido. Y esa fue uno de los principales objetivos que yo tuve”.
Escribir una novela, y especialmente una como El dios hambriento, requiere de una organización. Enrique Serna tiene una forma particular de trabajar: se guía a través de una escaleta, pero no teme a las eventualidades narrativas que puedan aparecer a la mitad del camino. Así nos lo explica:

“Yo hago una escaleta, es como una escaleta preliminar que de a grandes rasgos, a dónde se pueden ir las principales líneas argumentales de la trama. Cuando ya la escribo, la novela no siempre sigo al pie de la letra esa guía. Porque cuando empiezas a desmenuzar más en detalle las situaciones de los conflictos en los que están metidos los personajes, eso muchas veces nos puede llevar por otros caminos de los que tenías planeados. Entonces reelaboré esa escaleta más o menos cuando iba a la mitad de la novela para pensar qué podía venir en la segunda parte. Y creo que es por lo menos una práctica para mí necesaria, porque de lo contrario me sentiría como estoy en el aire. Los esbozos argumentales me dan más seguridad de que voy pisando terreno firme”.
Recientemente, un estudio de la Universidad de Michigan analizó más de 14 mil libros publicados en Amazon y no sólo concluyó que muchos de ellos están escritos parcial o totalmente con IA, sino que su rápida producción afecta directamente a autores que no utilizan esta herramienta. Sobre la pluma robotizada en la literatura, Serna opina:
“La inteligencia artificial puede producir un tipo de novela muy mecánico, a partir de lo que ya se ha escrito antes. Lo que puede ser un trabajo literario valioso es la intuición, que consiste en sacar de la nada algunas ideas. Eso no creo que lo pueda hacer nunca la inteligencia artificial, no tiene capacidad creativa. Claro, puede producir mucha literatura barata o muchas teleseries, películas de fórmula. Porque para eso sí, desde luego que lo pueden lograr. Es como para hacer refritos para lo que sirve la inteligencia artificial”.
Finalmente, el autor compartió sus consejos para jóvenes escritores:

“Que no lean solamente libros del género al que creen que se van a dedicar o para el que sienten que tienen vocación, sino que lean a partes iguales poesía, narrativa y drama. Porque además, no existen los géneros puros. Entonces, un novelista tiene que usar recursos del lenguaje poético y del lenguaje dramático. Un poeta también tiene que saber ciertos rudimentos de la narración. No en vano decía Octavio Paz que cantar es contar, tiene un ensayo con ese tema. Y el dramaturgo igual, cuando aparece un personaje contando una historia en escena, usa recursos de la narrativa. Y ya no hablemos de la poesía, que ha habido grandes poetas que han sido dramaturgos: Lope de Vega, Shakespeare, Shelley, Camus, etcétera. Entonces, ese es un consejo. Otro es que lean a los clásicos antiguos y modernos de su propia lengua, porque son los que a un escritor le pueden enseñar a pensar. Yo creo que el lenguaje corrige el pensamiento. Y justamente cuando lees a estos magos de la palabra, hay más posibilidades de que también se afine tu capacidad intelectual. Y otro consejo que va ligado con este es que aprendan otras lenguas. Porque el aprender otras lenguas, aunque uno no las llegue a dominar bien, hace que depures el estilo. O sea, si se te pega algo, por ejemplo, de inglés, que es una lengua que logra una mayor condensación que la lengua española, eso también te puede ayudar a mejorar tu lenguaje. Y si se te pega, por ejemplo, la musicalidad, la eufonía del francés, eso también repercute a favor de tu estilo. Es algo que ya se ha comprobado muchas veces en diferentes épocas de la historia de la literatura. Por ejemplo, cómo Garcilaso de la Vega y Juan Boscán aclimataron el soneto italiano a la lengua española. O el caso de los modernistas, de Rubén Darío, Gutiérrez Nájera, José Martí, todos ellos, Julián del Casal, el cubano, eran afrancesados. Entonces, ellos abrevaron en el francés, lo trasladaron al español y lograron escribir una poesía verdaderamente extraordinaria. Ese tipo de comercio lingüístico creo que es muy benéfico para los escritores”.