Golda Meir pasó a la historia como una mujer de convicciones firmes. Fue una de las dirigentes centrales del movimiento sionista, participó en la creación del Estado de Israel y, en 1969, se convirtió en su primera ministra. Para entonces, ya era una figura política de enorme peso, conocida por su carácter fuerte y por una vida dedicada casi por completo a la política. Pero décadas antes de convertirse en la mujer que gobernaría Israel, cuando todavía era Golda Meyerson, habría protagonizado una historia de amor que parece salida de una novela.
El hombre era árabe. Ella era judía y militante sionista. Él era un banquero palestino. Ella estaba casada. Él también. Y la relación, si existió, comenzó en la Palestina del Mandato Británico, cuando Israel todavía no existía y las divisiones que después marcarían la región ya comenzaban a profundizarse.
Su nombre era Albert Pharaon. La historia fue conocida muchos años después, cuando el nieto de Pharaon se la contó al escritor y periodista libanés Sélim Nassib, quien creyó que estaba frente a una historia periodística. Nassibe la investigó. Buscó confirmaciones. Y terminó descubriendo que tenía un problema: nadie fuera de la familia de Albert podía corroborar aquel romance. Por eso, en lugar de presentarlo como una investigación histórica, lo convirtió en una novela. Y así nació El amante palestino, publicada en 2004.
La pregunta quedó abierta desde entonces: ¿Golda Meir realmente se enamoró de un palestino?
La mujer que quería construir un país
Golda Mabovitch nació en Kiev en 1898, cuando la ciudad formaba parte del Imperio ruso. En 1906 emigró con su familia a Estados Unidos y creció en Milwaukee, donde comenzó a acercarse al movimiento sionista.
En 1917 se casó con Morris Meyerson. Cuatro años después, juntos emigraron a Palestina y se instalaron en el kibutz Merhavia. Golda se involucró rápido en la actividad política y sindical del movimiento sionista. En los años siguientes ocupó distintos cargos dentro de la Histadrut, la organización sindical de los trabajadores judíos, y comenzó una carrera que la llevaría hasta los primeros planos del futuro Estado de Israel. “Nunca hice nada sola. Todo lo que se logró en este país se logró colectivamente”, escribió. Pero su vida privada tendría una dimensión bastante secreta.

Golda y Morris tuvieron dos hijos, Menachem y Sarah. El matrimonio se fue deteriorando con los años. La pareja terminó separándose, aunque nunca se divorció legalmente. Cuando Morris murió, en 1951, la relación matrimonial llevaba mucho tiempo terminada. Golda había encontrado en la política algo que parecía ocupar cada vez más espacio en su vida. Y también allí aparecería el amor.
El romance documentado
Antes de llegar a Albert Pharaon, hay una historia que permite comprender mejor la vida sentimental de Golda. Se trata de David Remez, uno de los dirigentes del movimiento sionista y, posteriormente, el primer ministro de Transporte de Israel y uno de los firmantes de la Declaración de Independencia.
Remez fue una figura importante en la carrera política de Golda y también se convirtió en su amante. La biógrafa Francine Klagsbrun publicó cartas íntimas que se enviaban, muchas de ellas utilizando palabras en clave para ocultar el contenido a sus respectivos cónyuges. Klagsbrun llegó a la conclusión de que Remez fue el gran amor de la vida de Meir. “Quienes no saben llorar con todo su corazón tampoco saben reír”, escribió la gran Golda en sus memorias.
Una de las cartas, escrita por Golda en 1946, deja ver una faceta diferente de la dirigente que después conocería el mundo. Le escribía a Remez sobre todo lo que llevaba dentro y recordaba con emoción los días que habían pasado juntos. Por eso, cuando años después apareció la historia de un supuesto romance entre Golda y un hombre árabe, la diferencia resultó fundamental. Porque esta vez no había cartas ni documentos. Tampoco existieron testimonios del entorno de Golda. Solo una historia familiar.

Albert Pharaon pertenecía a una familia árabe acomodada y era banquero. Según el relato que llegó hasta Nassib, vivía en Haifa y pertenecía a un mundo social muy diferente al de Golda.
En 1928 ambos habrían tenido unos 30 años. La Palestina de entonces estaba bajo mandato británico, en la cual estaba incluida también el país que hoy se llama Jordania. Israel todavía no existía y las comunidades judía y árabe convivían en un territorio atravesado por tensiones políticas cada vez mayores. “La paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian”, dijo Golda Meir en el National Press Club de Washington en 1957.
Según la familia de Pharaon, Golda y Albert se conocieron en una recepción organizada por los británicos. Golda habría asistido como intérprete de dirigentes sionistas. Albert, como representante de una familia árabe acomodada.
El encuentro habría sido el comienzo de una relación clandestina. Pero aquí es donde la historia deja de pertenecer al terreno de los hechos comprobados. Porque no existe una fuente independiente que confirme que ese encuentro ocurrió ni que Golda y Albert hayan mantenido una relación.
El escritor conoció la historia a través de Fouad, nieto de Albert. Fouad le contó que en su familia se había transmitido durante décadas el supuesto romance entre su abuelo y Golda Meir. Nassib quiso comprobarlo. Según contó el escritor, llegó a entrevistar a una mujer de la familia de Pharaon que le transmitió detalles de aquel vínculo. El relato le pareció tan preciso que creyó que podía tratarse de una verdadera primicia periodística. Pero cuando intentó encontrar confirmaciones del otro lado, no las consiguió.
Los hijos de Golda no podían confirmar la historia. Tampoco sus biógrafos. Ni las personas que habían trabajado cerca de ella. Entonces Nassib terminó admitiendo que no podía presentar aquel romance como un hecho histórico. Y escribió una novela.
En 2004 publicó El amante palestino, una obra de ficción inspirada en el supuesto romance. El libro presenta a Albert y a Golda como dos personas que se enamoran a pesar de pertenecer a comunidades enfrentadas y de tener convicciones políticas contradictorias. La novela generó interés porque la idea era irresistible. Golda Meir, una de las principales dirigentes sionistas, enamorada de un palestino. Era una historia perfecta. Quizás demasiado perfecta. Y justo por eso había que preguntarse cuánto había de verdad.

Si la relación ocurrió, las dificultades eran enormes. Golda estaba casada con Morris. Albert también tenía esposa e hijos. Pero el obstáculo no era sólo matrimonial. También era político. Golda había convertido el sionismo en el centro de su vida. Albert pertenecía a la comunidad árabe palestina. El supuesto romance atravesaba dos mundos que estaban comenzando a enfrentarse cada vez con mayor intensidad. Años después, Golda Meir resumiría el costo de ese enfrentamiento en una frase: “Es cierto que ganamos todas nuestras guerras, pero las hemos pagado. Ya no queremos victorias”. Si el romance con Albert Pharaon existió, también tuvo que sobrevivir en medio de ese conflicto.
Según el relato familiar recuperado por Nassib, los encuentros debían mantenerse en secreto. La historia sostiene que ambos sabían que aquella relación no podía hacerse pública. Pero ninguna de esas escenas está documentada. Por eso, en un rumor como este, el silencio de las fuentes también forma parte de la historia.
Lo que ocurrió con Golda
Mientras el supuesto romance permanece sin confirmar, la vida pública de Golda sí está perfectamente documentada. En 1948 fue una de las firmantes de la Declaración de Independencia de Israel. Después ocupó distintos cargos dentro del nuevo Estado: fue ministra de Trabajo, embajadora en la Unión Soviética y ministra de Relaciones Exteriores, entre otras funciones.
En 1969 llegó al cargo de primera ministra de Israel, convirtiéndose en la primera y única mujer en ocupar esa posición en el país. Permaneció en el poder hasta 1974. Su figura quedó asociada para siempre con la política israelí y con una época convulsa de Medio Oriente. Pero su vida privada continuó despertando curiosidad.
La propia biógrafa Francine Klagsbrun documentó la relación con David Remez y señaló que existieron rumores sobre otros hombres. Sin embargo, hizo una distinción importante: de algunos supuestos romances no encontró documentos capaces de probarlos.

Albert Pharaon murió en 1948, el mismo año en que se creó el Estado de Israel. Ese dato vuelve todavía más difícil verificar qué ocurrió entre él y Golda. Cuando el supuesto romance comenzó a circular fuera de su familia, sus protagonistas ya habían muerto.
Golda nunca confirmó la relación. Y la familia de Pharaon fue la principal fuente del relato. Así, la historia quedó atrapada en un territorio extraño. Ella murió en Jerusalén el 8 de diciembre de 1978, a los 80 años, y hasta hoy es una de las figuras más reconocidas de Israel. Nunca dejó una confesión sobre Albert Pharaon. No apareció una carta que pudiera demostrar aquella relación. Tampoco surgió un testimonio capaz de cerrar el caso.
Quizás Golda y Albert Pharaon se amaron. Tal vez el romance existió y ambos hicieron todo lo posible para mantenerlo oculto. O posiblemente aquella historia sobrevivió durante décadas dentro de una familia y terminó transformándose en una leyenda.
Porque hay amores que subsisten en cartas. Otros, en fotografías o recuerdos. Y hay algunos que perduran solo como una pregunta.
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Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.
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