Hay varios tipos de experiencias lectoras. Tenemos a los lectores fieles al libro en papel, los que no salen ni a comprar el pan sin su Kindle, los que entrenan al ritmo de un audiolibro y hasta los que te pedirían pena de cárcel si te ven marcar un libro doblando una de sus páginas. Leer ya no es una experiencia absoluta y cada lector puede elegir la manera en la que se enfrenta a una obra.
Lo que quizá no nos esperábamos es que esa variedad de experiencias lectoras nos llevase a hacernos, en pleno 2026, una pregunta bastante más incómoda: ¿qué significa exactamente leer? Y, aunque pueda parecer una pregunta absurda porque seguimos asociando la lectura a hacer un recorrido completo por las páginas de una obra, nuestra relación con los libros no termina necesariamente ahí.
Vivimos en una cultura que premia la velocidad. Nuestro ritmo de vida nos predispone a querer que todo sea rápido, que nuestra atención sea captada en los primeros segundos, idealmente con contenidos resumidos y fáciles de consumir que nos permitan estar al día de lo que se lleva en redes sociales. Esa lógica y tendencia también ha llegado al mundo de la lectura.
Ya no nos resulta ajeno encontrarnos con creadores de BookTok que comentan haber leído hasta 100 libros en periodos de tiempo que parecen, como poco, sospechosos. Hasta que por fin descubres que algunos de ellos promocionan plataformas que precisamente te ayudan a eso: terminar un libro en pocos minutos con la ayuda de un resumen que proporciona la inteligencia artificial. Con la proliferación de estas herramientas ya no resulta tan disparatada esa pregunta inicial.
“Leer” ya no significa leer
El problema no es que utilicemos la IA para consultar el orden de lectura de una saga o alguna duda que nos surja sobre la trama o un personaje; tampoco tiene nada que ver con los archiconocidos vídeos de YouTube estilo “final explicado de Tenet”. Aquí nos adentramos en algo totalmente diferente, que desvirtúa por completo la acción de leer usando la IA o un vídeo corto para sustituir esa travesía lectora por una versión comprimida. Y esta diferencia importa.
En España las cifras arrojan que el 76,9% de las personas de 15 a 24 años lee libros en su tiempo libre, siendo el grupo de edad con mayor tasa de lectura. Por lo tanto estamos ante un dato más que positivo y que parece desmontar por completo esa idea recurrente de que los jóvenes no leen.
Pero detrás de este porcentaje sobrevuela el fantasma de si para los jóvenes se ha convertido en un requerimiento más, algo que tienen que consumir para no quedarse atrás de la conversación cultural en redes. Todo esto añade una presión adicional; no hay que buscar un libro que te guste sino que tienes que conocer el libro del que todo el mundo está hablando. Ahí es donde estas herramientas entran en juego.
Si nos encontramos con un panorama en el que cada dos días aparece una nueva novela viral en BookTok, las ediciones especiales vuelan y nuestra TBR o lista de pendientes crece a un ritmo preocupante, quizá todo ello haya acabado por normalizar apps que parecen solucionar “el problema” mediante atajos tecnológicos, como la IA o los resúmenes de audio: conocer el libro sin invertir las horas que se necesitan para leerlo.
Nunca hemos tenido tantas formas de descubrir libros, hablar de libros, recomendarnos libros y convertir libros en contenido. Pero eso no significa necesariamente que hayamos aumentado proporcionalmente el tiempo dedicado a leerlos. Y no, no todos los nuevos formatos tienen un tinte negativo. Porque sí, un audiolibro sigue siendo una experiencia completa de la obra. Puedes estar tranquilo, si escuchas las 77 horas de ‘Guerra y Paz’ en Audible también cuenta, solo cambia el canal. Ahora bien, si una IA te resume 'Jane Eyre' en 10 minutos, ¿cuál es el propósito? ¿Nos ayuda a comprender mejor la novela? ¿Nos ayuda a decidir si la queremos leer? ¿Nos salva de quedar mal en una conversación?
No estamos haciendo un examen constante y nadie debería aprobar una prueba sobre las hermanas Brontë o Sarah J. Maas para demostrar que pertenece a la conversación cultural. Así que, más bien, parece que esa necesidad de consumir obras aunque no tengamos tiempo para experimentarlas solo responde a que ya consideramos a los libros como cualquier otro contenido o producto viral. El cambio reciente es que ahora la IA añade una posibilidad todavía más radical: reducir una obra completa a la información que queramos extraer de ella.
Las aplicaciones que provocarían un ictus a Dostoievski
Atrás queda ese único uso de plataformas como Goodreads o derivados para leer sinopsis, consultar opiniones y decidir si el libro que tenemos en pendientes merece la pena.
Ahora hay diversas plataformas y herramientas que nos obligan a reconsiderar lo que conocíamos como lectura. Como muleta entre la IA y el mundo lector no solo podemos usar los archiconocidos ChatGPT, Gemini y compañía. También han surgido varias aplicaciones que específicamente nos proporcionan esos resúmenes en pocos minutos.
Una de ellas es Sobrief que directamente nos promete ayudarnos a terminar un libro en 10 minutos. Esta app nos ofrece resúmenes, en formato escrito o de audio, generados por IA de libros de ficción y no ficción y asegura contar con más de 73.000 resúmenes en más de 40 idiomas. Además, su propia propuesta de descubrimiento resulta muy vendible en TikTok con su función que se presenta como el “Tinder para libros” ofreciendo recomendaciones personalizadas mediante IA. Una vez más los libros parecen un simple catálogo de contenido para hacer swipe.
Otro de los nombres más conocidos es Blinkist. Con un catálogo de más de 9.000 títulos, deja atrás la ficción y se centra en textos sobre negocios, desarrollo personal o psicología. Con esta plataforma ocurre algo curioso: su compañía afirma que sus textos son elaborados por un equipo editorial humano y que no se generan directamente con inteligencia artificial, pero un análisis publicado por Originality.ai en 2025 concluyó que el 48% de sus resúmenes presentaba señales de lo contrario. Además la plataforma no oculta el uso de inteligencia artificial en su versión pro, generando un resumen instantáneo de los archivos que tu decidas subir.
Y después está Headway, uno de sus competidores. Su propuesta es muy parecida, ofrece resúmenes condensados (en texto y audio) de los principales bestsellers de no ficción y afirman contar con más de 50 millones de usuarios.
Todo esto debería hacernos dudar más o, por lo menos, mirar con más cautela a aquellos que en TikTok presumen de haber leído una cantidad inverosímil de libros en unas pocas semanas. Porque quizá haya leído esos 100 libros o puede que haya consumido dicha cantidad, pero de resúmenes.
Por otro lado, este fenómeno adquiere la categoría de bizarro cuando nos encontramos con análisis como el de enero de este año en el que se observa que más de 800 libros de autoayuda en Amazon y el 77% de los más vendidos presentan señales compatibles con una creación gracias a la IA. De hecho llama la atención un autor, Noah Felix Bennet, que publicó 74 libros de autoayuda en 6 meses, incluida una colección entera de 5 libros en 3 días.
Así llegamos al uróboros de la lectura del siglo XXI, un clásico caso de pescadilla que se muerde la cola. Creadoras que no leen libros, quieren generar contenido y usan resúmenes que le proporciona una IA, que a su vez resumen lo que puede ya haber creado otra IA. Una auténtica simulación de lectura sobre simulación de escritura.
Convertir esta actividad en algo que simplemente es eficiente no casa bien con lo que es la lectura. Además de desvirtuar el medio, deja, quieras o no, una sensación de vacío o de asunto pendiente. Dejando atrás los libros que tengas que leer para un trabajo y los atajos que desde siempre han existido, es difícil que con este tipo de apps podamos seguir hablando de un hobby. Un resumen puede decirnos qué ocurre o incluso por qué ocurre, pero nunca puede reproducir la experiencia de haber llegado hasta allí.
Es imposible que a través de estas herramientas experimentes el recorrido emocional que supuso una obra, el tedio que te pudo suponer terminar 800 páginas o las ganas de devorar la siguiente parte de una saga. Lo que te llevó a leer ese libro y su consecuente camino se pierde, y con eso, la afición ya no puede llamarse tal. Ningún resumen va a poder replicar los escalofríos al leer ese “Marianne, no soy una persona religiosa, pero a veces pienso que Dios te hizo para mí” de ‘Normal People’ o la decisión de jugar con el orden de lectura de los capítulos de ‘Rayuela’.
Lo mismo ocurre con casi cualquier disciplina. En el mundo del cine encontramos mil resúmenes en redes sociales sobre películas, reduciendo un guion o un plot twist a unos meros segundos. Lo mismo pasa con la música con los famosos snippets y videos explicativos. Por no hablar de las noticias que nos llegan convertidas en clips, titulares, capturas o incluso memes. El caso es que la lectura siempre ha sido el reducto de lo sosegado, siendo el único atajo disponible hasta la fecha la lectura diagonal que más de uno entrenamos durante nuestra etapa escolar. Quizás, si esta deriva prosigue, pronto haya que sustituir el verbo leer por el verbo consumir.
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La noticia
Estamos consumiendo más libros que nunca gracias a la IA: eso no significa necesariamente que los estemos leyendo
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Xataka
por
Lara Ben-Ameur
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