
Cada año, el sonido del shofar, un instrumento litúrgico ancestral, marca el comienzo de Rosh Hashaná, el año nuevo judío. En las comunidades judías de todo el mundo hacemos una pausa para mirar hacia adentro. Es un tiempo de introspección y balance, de preguntarnos quiénes fuimos y quiénes queremos ser. Pero este año esa introspección carga un peso distinto. Desde la Liga Antidifamación (ADL), donde trabajo para amplificar la voz de las comunidades judías alrededor del mundo, mi tarea es mirar hacia afuera, y lo que veo, con cifras en la mano, es que el mundo sigue sin garantizarnos algo tan básico como vivir sin miedo.
Lo digo desde América Latina, aunque escriba en nombre de una organización con sede en Nueva York, porque esta región conoce de primera mano el costo del antisemitismo cuando se vuelve violencia. El 18 de julio de 1994, un coche bomba destruyó en Buenos Aires la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y mató a 85 personas. Por más de tres décadas, ese atentado fue, trágicamente, la referencia obligada para medir la letalidad del antisemitismo contra los judíos fuera de Israel. Ese triste récord ya no es solo argentino.
Según el informe más reciente del J7, una coalición que representa a las siete mayores comunidades judías fuera de Israel y de la que ADL es cofundadora, 2025 se convirtió en el año más mortífero para los judíos de la diáspora desde aquel atentado. Veinte personas fueron asesinadas en ataques antisemitas en Sídney, Mánchester, Washington D. C. y Boulder, Colorado: 15 de ellas durante una celebración de Janucá en Bondi Beach.
En los siete países del J7, donde vive más del 90% de los judíos que están fuera de Israel, se documentaron más de 23.000 incidentes antisemitas en 2025, un aumento del 136% respecto de 2022, el año previo a los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. Los incidentes violentos crecieron un 97% en ese mismo período.
En Estados Unidos, donde ADL lleva este registro desde 1979, 2025 fue el tercer año con más incidentes antisemitas desde que comenzó el conteo: 6.274 casos de agresión, acoso y vandalismo, un promedio de 17 por día. Aunque el total bajó un 33% respecto del año anterior, las agresiones con armas letales aumentaron un 39% y tres personas fueron asesinadas, algo que no ocurría en ese país con víctimas judías desde 2019.
Estos datos importan porque cada número esconde una historia: la de un niño al que llamaron “terrorista” en su salón de clases, la de un hombre que escuchó insultos al entrar a su sinagoga en Rosh Hashaná y la de comunidades enteras para las que vivir detrás de rejas de seguridad, con guardias armados en las puertas de colegios y lugares de culto, ya es lo normal, como si esa fuera la única forma posible de practicar su fe.
Como resumió Jonathan Greenblatt, director ejecutivo y director nacional de ADL, el antisemitismo “no solo se ha vuelto asesino; también se ha vuelto cotidiano”. Se ha normalizado hasta el punto de que lo que hace una década habría sido un escándalo hoy apenas genera un titular.
Escribo esto, sin embargo, sin ceder al fatalismo, porque Rosh Hashaná enseña que el año nuevo no es una fecha en el calendario: es una decisión renovada de actuar. Y hay claras señales de que la acción tiene impacto. En 2025, los incidentes en campus universitarios estadounidenses cayeron un 66%. Al mismo tiempo, muchas universidades respondieron con mayor firmeza, varias de ellas con medidas recomendadas por ADL, en un contexto de mayor presión gubernamental. Australia creó la Comisión Real sobre Antisemitismo y Cohesión Social tras la masacre de Bondi. Cada una de esas medidas nació de comunidades que decidieron no resignarse. Es la misma decisión que renovamos en Rosh Hashaná.
Sabemos, porque lo aprendimos con sangre en Buenos Aires y lo volvimos a aprender en Sídney, Mánchester y Washington, que el antisemitismo no reconoce fronteras ni ideologías. Puede adoptar la forma de una teoría conspirativa, circular como una broma en redes sociales o presentarse como una supuesta crítica política que responsabiliza colectivamente a los judíos. Y termina, demasiadas veces, en violencia.
Si el odio no tiene fronteras, la respuesta tampoco puede tenerlas. Necesitamos gobiernos que adopten e implementen estrategias nacionales contra el antisemitismo y financien la seguridad de sinagogas, escuelas y centros comunitarios antes de la tragedia, no después. Necesitamos plataformas digitales que dejen de tratar el discurso de odio como contenido rentable. Y necesitamos que las sociedades dejen de tratar el antisemitismo como un problema de los judíos: cada vez que una democracia lo tolera, algo se rompe para todos.
Este Rosh Hashaná, mientras las familias judías de Buenos Aires, Ciudad de México, San Pablo, Miami o Bogotá se reúnan a compartir manzana con miel y desearse un año dulce, pensaré en los 15 nombres de Bondi Beach, en los dos de Mánchester, en los dos de Washington y en el de Boulder. Pensaré en las 85 víctimas de la AMIA, cuya memoria sigue exigiendo justicia.
Y pensaré en que cada Rosh Hashaná nos da otra oportunidad de elegir, como siempre lo hemos hecho, la memoria, la esperanza y la acción por encima del miedo.
Shaná Tová. Que sea un buen año.
Marina Rosenberg es la vicepresidenta Sénior de Asuntos Internacionales de la Liga Antidifamación (ADL).




