
Mientras las torres del World Trade Center se derrumbaban el 11 de septiembre de 2001, había un ciudadano estadounidense que lo observaba desde el espacio. Era el astronauta de la NASA Frank Culbertson, comandante de la Expedición 3 a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS, por las siglas en inglés) —y el único compatriota que esa mañana no pisaba suelo terrestre.
La ISS sobrevolaba el noreste de Estados Unidos cuando la noticia llegó a la órbita. Culbertson tomó la cámara más próxima —que resultó ser una videocámara— y se dirigió a la ventana del camarote de su compañero Michael para apuntar hacia el sur.
Al otro lado del cristal, una columna de humo se alzaba sobre Manhattan visible a cientos de kilómetros de distancia,, abarcando el área metropolitana de Nueva York y sectores de Nueva Jersey. A 25 años de la tragedia, la NASA vuelve a difundir su testimonio y una imagen que estremece.
El astronauta creyó que era una ficción
La noticia llegó a Culbertson de manera gradual y desconcertante. Esa mañana había terminado varios procedimientos de rutina, entre ellos los exámenes físicos de toda la tripulación. En una comunicación privada, el médico de vuelo le dijo que “estaban teniendo un día muy complicado en tierra”. Culbertson no lo advirtió.

Fue alrededor de las 9:00, hora del Centro (CDT),, cuando el médico le describió lo que ocurría. “Me quedé estupefacto, y luego horrorizado”, escribió el astronauta en una carta. “Lo primero que pensé fue que aquello no era una conversación real, que seguía escuchando una de mis cintas de Tom Clancy. Simplemente no me parecía posible que algo así ocurriera en nuestro país”, afirmó.
Con la ISS avanzando en su trayectoria orbital, Culbertson recorrió la costa este con la cámara en busca de otras señales de humo, cerca de Washington D.C. o en cualquier otro punto. No encontró nada visible. En la siguiente órbita, los tres integrantes de la tripulación —cada uno con una o dos cámaras— intentaron registrar imágenes de Nueva York y Washington. Sobre la capital federal había neblina. “Todo se veía increíble desde 200 o 300 millas de distancia”, escribió. “No puedo imaginar las escenas trágicas en tierra”, sumó.
El astronauta observó algo que lo perturbó especialmente. “El humo parecía tener una extraña forma ondulada en la base de la columna que se extendía hacia el sur de la ciudad. Tras leer uno de los artículos de prensa que acabamos de recibir, creo que estábamos viendo Nueva York en la época del derrumbe de la segunda torre, o poco después. ¡Qué horrible…!”, escribió en su carta pública.
La sensación de aislamiento
Al día siguiente del ataque, el cansancio y la tensión emocional ganaron la partida. Culbertson no pudo mantenerse despierto para continuar escribiendo. Cuando retomó la pluma, reflexionó sobre lo que significaba estar completamente fuera del planeta en ese momento. “Es difícil describir lo que se siente al ser el único estadounidense completamente fuera del planeta en un momento como este. La sensación de que debería estar ahí con todos ustedes, afrontando esto, ayudando de alguna manera, es abrumadora”, lamentó.

También escribió: “Es horrible ver el humo saliendo de las heridas en tu propio país desde una perspectiva tan privilegiada. La dicotomía de estar en una nave espacial dedicada a mejorar la vida en la Tierra y ver cómo la vida es destruida por actos tan deliberados y terribles es impactante para la psique, sin importar quién seas”.
La respuesta institucional de la NASA no se limitó al registro visual desde la órbita. Tras los atentados, los programas científicos se articularon con la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA).
De ese modo, desplegó vuelos con sensores para detectar contaminantes en el aire sobre las zonas afectadas y utilizó satélites para monitorear las condiciones desde la atmósfera. En su sitio oficial, la NASA señaló que “cada año, hacemos una pausa para recordar”, y que además de honrar a los fallecidos, brindó apoyo operativo a la FEMA durante los días posteriores al ataque.
Cerca de 6.000 banderas viajaron al espacio
Uno de los gestos más simbólicos de la agencia tomó forma en diciembre de 2001, con la misión STS-108 del transbordador espacial Endeavour: aproximadamente 6.000 banderas estadounidenses de 10x15 centímetros viajaron al espacio. Las banderas fueron preparadas por estudiantes del Centro Espacial Johnson en Houston y formaron parte de paquetes conmemorativos entregados a las familias de las víctimas de los atentados en Nueva York, Washington D. C. y Pensilvania.

La distribución comenzó el 14 de junio de 2002, Día Nacional de la Bandera, durante una ceremonia en el Centro Rose para la Tierra y el Espacio del Museo Americano de Historia Natural en Nueva York.
“La campaña ‘Banderas para Héroes y Familias’ es una forma de honrar y mostrar nuestro apoyo a los miles de valientes hombres y mujeres que contribuyeron desinteresadamente a las labores de socorro y recuperación. Las banderas estadounidenses son un símbolo patriótico de nuestra fuerza y solidaridad, y de la determinación de nuestra nación para prevalecer”, declaró Dan Goldin, administrador de la NASA entre 1992 y 2001.
Goldin añadió que el programa espacial tiene “una larga trayectoria llevando objetos al espacio para conmemorar eventos históricos, actos de valentía y logros trascendentales”, y que la campaña era “una extensión natural de este proyecto de divulgación en curso”.
Quizás el tributo más impactante tomó forma en un taller del bajo Manhattan. En septiembre de 2001, ingenieros de Honeybee Robotics trabajaban contra el reloj en un par de herramientas diseñadas para desgastar superficies erosionadas de rocas marcianas, con el fin de permitir a los rovers Spirit y Opportunity de la NASA estudiar su interior. Los plazos eran inamovibles: la alineación planetaria determinaba las fechas de lanzamiento, y cualquier atraso era inviable.

Con poco margen para participar en los esfuerzos de socorro, los ingenieros encontraron otra vía. Cada herramienta de abrasión de rocas incorporó un manguito de aluminio —que funcionaba como protector de cables— fabricado con aluminio recuperado de las torres del World Trade Center. El metal llevaba grabada una bandera estadounidense. Hoy, con ambos rovers en silencio sobre el frío y árido suelo marciano, esos monumentos a las víctimas del 11 de septiembre podrían perdurar durante millones de años.
El lazo entre el programa espacial y la tragedia del 11 de septiembre también dejó su marca en uno de los símbolos más reconocibles de la recuperación nacional. Banderas del Puerto Espacial de Florida y del Centro Espacial Kennedy fueron cosidas a una bandera estadounidense que había sido rescatada cerca de la Zona Cero, formando así la llamada Bandera Nacional del 11-S.
Ese objeto, que condensa el duelo y la resiliencia de un país, forma hoy parte de la colección permanente del Museo Nacional Conmemorativo del 11 de Septiembre, ubicado en el sitio donde alguna vez se alzaron las torres del World Trade Center.




