A principios de la década de 1980, el tenis femenino asistió al surgimiento de una adolescente de talento prodigioso que amenazaba con romper todos los récords de precocidad. Con apenas 14 años se convirtió en profesional y, en cuestión de meses, escaló en el ranking internacional hasta consolidarse como la número 2 del mundo con solo 16 años, disputando las finales de Roland Garros en 1982 y Wimbledon en 1983.
Sin embargo, detrás de sus victorias ante leyendas de la época y la imagen de jugadora distante que proyectaba en la cancha, se escondía un entorno desgastante. Su padre y entrenador, Roland, ejercía un control estricto sobre su vida deportiva desde que agarró su primera raqueta a los 8 años. Pero el verdadero drama que terminó por fracturar su carrera provino de la propia estructura del circuito profesional.
Acoso, amenazas y complicidad: el lado más oscuro de la WTA
Décadas después de su retiro, Jaeger rompió el silencio en una reveladora entrevista con el medio británico The Independent, donde detalló el acoso sistemático que padeció cuando era menor de edad por parte de una oficial del personal de la propia WTA.
“Me cambiaba en baños portátiles para evitar los comentarios, el interés o las acciones de otras personas. Tuve al menos 30 incidentes con una miembro específico del personal, intentos físicos, todos en el vestuario muy temprano en mi carrera. Esa persona tenía un gran problema para mantener sus manos quietas”, relató.
La exnúmero 2 del mundo también contó cómo evitaba quedarse a solas en las salas de entrenamiento y recordó un episodio angustiante ocurrido durante el Campeonato de la WTA de 1982: tras ser incitada a consumir bebidas alcohólicas por esta misma empleada, la acompañó hasta su casa e intentó besarla a la fuerza. Jaeger recordó haber subido las escaleras de su hogar tambaleándose y buscando no vomitar para no ser descubierta por su padre.
Un retiro prematuro tras siete operaciones
El impacto emocional se combinó rápidamente con el deterioro físico. En el Abierto de Francia de 1985, sufriendo severas dolencias en su hombro derecho, la tenista padeció una lesión grave que derivó en una seguidilla de siete intervenciones quirúrgicas.
A los 19 años, cansada del dolor físico, las secuelas del acoso y la falta de contención en el ambiente profesional, decidió alejarse definitivamente de la actividad. Tras acumular 1,4 millones de dólares en premios, se radicó en Aspen en 1989 para volcar sus recursos en la creación de la Little Star Foundation, una organización orientada a brindar campamentos y programas de asistencia a miles de niños con cáncer, víctimas de abusos o en situación de vulnerabilidad social.
El giro espiritual que cambió su vida
Con el paso del tiempo, su labor benéfica se convirtió en una vocación espiritual definitiva. Tras graduarse en Teología, en septiembre de 2006 tomó formalmente los votos religiosos en la Iglesia Episcopal/Anglicana, ordenándose como la Hermana Andrea dentro de la tradición dominicana.
A partir de ese momento, la exnúmero 2 del mundo cambió los estadios multitudinarios por los pasillos de hospitales infantiles, acompañando a pacientes internados y financiando programas de salud con el dinero que había obtenido en el tenis y a través de donaciones.
“Cuando me preguntan si echo de menos el tenis, mi respuesta siempre ha sido la misma: ‘No me arrepiento de nada. Dios quería que hiciera otra cosa, y resultó ser ayudar a niños con cáncer. Me encanta lo que hago”, le contó en 2006 a la revista PEOPLE.
A varias décadas de sus hazañas en Roland Garros y Wimbledon, la historia de Andrea Jaeger refleja una de las transformaciones más profundas en la historia del deporte: la de una atleta que tocó la cima siendo adolescente, sobrevivió a los abusos de un sistema opresivo y decidió renunciar a la gloria profesional para dedicar su vida al servicio y la sanación de los demás.




