
Agosto termina, pero las altas temperaturas continúan. Y no solo afectan a las personas: las mascotas también sufren de forma directa sus consecuencias. Por ello, los dueños responsables deben tomar precauciones para prevenir situaciones de riesgo como los temidos golpes de calor. Guillermo Lapuente, educador canino, voluntario en la Asociación Nacional de Amigos de los Animales (ANAA) y colaborador en el programa Dog House, cuenta a ‘Infobae’ las claves para proteger a las mascotas del asfalto caliente, los riesgos de los bozales de cinta y cómo preparar los viajes en coche para irse de vacaciones sin estrés.
Uno de los pilares del bienestar canino es la rutina de paseos. Según explica el educador, “los paseos hay que hacerlos a horas que no sean la hora punta de calor, o sea, pronto por la mañana y más tarde por la noche”. Aunque destaca la importancia de mantener horarios fijos, aconseja flexibilizar la pauta en época estival para “adaptarnos a las horas de calor”. Además, hace hincapié en una regla fundamental: “Nunca hay que sacar al perro a las tres de la tarde o cuando más calor haga”.

Para saber si el suelo está en condiciones aptas antes de salir, se puede recurrir a la conocida “prueba del antebrazo”: consiste en colocar el dorso de la mano sobre el asfalto. Si no se logra aguantar el contacto durante al menos cinco o siete segundos porque quema, significa que la superficie dañará las patas del animal, ya que “se va a acabar quemando las almohadillas”. En cuanto al uso de calzado protector, Lapuente lo desaconseja y solo lo contempla en situaciones excepcionales, como perros en tratamiento veterinario o traumatológico con pautas de paseo obligatorias, o con problemas de incontinencia: “Si lo tienes que sacar sí o sí, se puede usar, pero solo de manera excepcional”.
Además, el educador canino tampoco recomienda el uso de accesorios como gorras o gafas de sol para mascotas. “Al final es algo a lo que no están acostumbrados a llevar”, asegura, advirtiendo de que elementos como las gafas “les pueden cambiar la forma de ver”. A excepción de un chubasquero en invierno si llueve, los perros no necesitan ninguna protección externa de este tipo en verano.
Cuando se planifica una excursión o una jornada entera fuera de casa, el especialista señala que es imprescindible “llevar siempre agua”, tanto para hidratarles como para refrescar su cuerpo. No obstante, advierte de un error común al mojar al perro: “No se les debe mojar por la parte de arriba; es decir, ni la cabeza ni la espalda”. Según explica Lapuente, “hay que mojarlos siempre en la parte de abajo del cuello y en toda la zona de la tripa. Si mojamos el lomo, el calor incide directamente sobre el agua acumulada en el pelo; esta se calienta y les acaba dando más calor. Por eso, siempre por debajo”.

Señales de un golpe de calor
Pasear durante las horas centrales del día no es el único peligro. Según el educador, uno de los fallos más habituales es “estar más tiempo en la calle del que debes”. El experto relata haber presenciado casos de perros que llegan de urgencia a la clínica por un golpe de calor y que, desafortunadamente, en ocasiones no consiguen recuperarse. Por ello, recalca que es fundamental conocer las particularidades de cada raza: “Hay que tener en cuenta la raza de perro que se tiene. Razas como los carlinos o el bulldog francés tienen un sistema respiratorio más delicado, por lo que con ellos hay que tener aún más cuidado”.
La pauta con estas razas, extensible también a cachorros y perros senior por su especial vulnerabilidad, se reduce a “sacarlos poco tiempo, ir siempre por la sombra y estar atentos a cómo jadean para mantenerlos hidratados”. Identificar los síntomas a tiempo resulta determinante para evitar un desenlace fatal, siendo la respiración la primera señal de alarma. Si el animal comienza a jadear de una forma “mucho más rápida y exagerada”, es imprescindible palpar su cuerpo: si la piel se mantiene fresca, no hay motivo de alarma, pero si desprende un calor excesivo al tacto, se trata de una situación crítica.
Por este motivo, Lapuente añade un aviso crucial sobre el uso de bozales en verano, recordando que es obligatorio utilizar modelos de canastilla que permitan abrir la boca, dado que los cánidos no sudan y regulan su temperatura corporal únicamente mediante el jadeo. “Si llevas al perro con el típico bozal de cinta que le mantiene el hocico cerrado, no puede jadear ni respirar bien”, advierte el experto. Ante la sospecha de un golpe de calor, “hay que actuar lo antes posible e intentar bajar su temperatura progresivamente, jamás con agua helada para evitar un choque térmico”, requiriendo un traslado inmediato al veterinario de urgencia.
Viajar en coche durante las vacaciones
El periodo vacacional implica en muchos casos trasladarse con la mascota, pero el vehículo puede generar episodios de ansiedad si el animal no está habituado. Por ello, Lapuente aconseja planificar el trayecto con margen para “relacionar el coche con algo positivo” y evitar que el perro pase de no subir nunca a verse encerrado durante un viaje largo. Para lograr esta aclimatación progresiva, el educador recomienda “enseñarle a subir y bajar del coche reforzándolo con comida” y realizar pequeñas salidas de prueba para que, cuando llegue el día del viaje, “el perro lo tenga bien asociado y no sea una situación estresante”.

En cuanto a la seguridad vial, la normativa exige garantizar que el animal no interfiera con el conductor. Aunque está permitido llevarlo en los asientos traseros mediante un cinturón de seguridad homologado para perros o en el maletero con una red o rejilla divisoria, el experto subraya que la opción más segura es el transportín. Al igual que con el vehículo, el uso del transportín requiere un proceso previo de “positivización” en casa para que el perro lo asocie con un refugio tranquilo y viaje completamente relajado.
El verano suele vincularse popularmente con el abandono de animales, una realidad que Lapuente conoce bien tras su trayectoria en refugios. Sin embargo, aclara que el volumen máximo de abandonos no se da en esta época: “La época en la que más abandonos hay es entre enero y febrero, coincidiendo con el fin de la temporada de caza, cuando se abandonan muchísimos galgos y podencos”. Lo que ocurre en los meses de verano es un fenómeno de saturación indirecta: “Se nota un estancamiento porque la gente adopta menos durante las vacaciones. Las protectoras se van llenando y no se vacían al ritmo habitual porque se frenan las adopciones”.