El peronismo ha venido ofreciendo hace ya más de una década candidatos presidenciales que cuentan con baja autoridad y respetabilidad incluso en sus propias filas. Y a veces muy baja sobre todo en sus propias filas.

Este último fue el caso de Daniel Scioli en 2015: los medios independientes y muchos empresarios trabajaron esforzadamente para hacer creíble su rol de nueva “cabeza” del movimiento, simulando que tenía cerebro y no era sólo una cara bonita; mientras Cristina y los suyos, cada vez que podían, dejaban en claro que esa esperanza blanca era pura ilusión, y el sujeto en cuestión no más que un muñeco de torta, de una torta que ellos habían cocinado y de la que esperaban seguir alimentándose hasta el fin de los tiempos.

Con Alberto hicieron algo un poco distinto: pusieron más empeño en vender la imagen de un “disidente con el que Cristina había aprendido a convivir”, y por eso el producto funcionó mejor en las urnas. Pero también la desilusión de todo el resto terminó siendo mucho mayor en la gestión. Y, con Massa, el juego fue más parecido a este último caso, aunque nunca llegó a generar mayor entusiasmo, así que tampoco puede decirse que haya sido muy grande la desilusión.

Con Alberto, el kirchnerismo quiso instalar la idea de
Con Alberto, el kirchnerismo quiso instalar la idea de "un disidente con el que Cristina había aprendido a convivir”, y la desilusión fue grande. Massa, por su parte, nunca generó mayor entusiasmo. (Foto: NA/Daniel Vides).

Kicillof está apostando a interrumpir esta secuencia. A ser un candidato “con autoridad”. Pero hasta ahora no logra mayores avances. ¿Por qué?

Bueno, ante todo, y es muy evidente, porque Cristina y La Cámpora, en su debilidad, no quieren permitirle que sea un nuevo Massa, porque pretenden que sea un nuevo Scioli. Cada vez que pueden, destacan que si no acepta bajar la cabeza frente a la jefa es porque, al igual que el motonauta, es un traidor en potencia o ya en acto. La última ocasión que encontraron para enrostrarle esta acusación fue el aniversario del atentado contra la expresidenta: dedicaron casi toda la jornada a despotricar contra sus “miserabilidades” por no haber ido al acto y no haber firmado un documento que seguro ni siquiera le mandaron.

Pero también Kicillof se expone por sus propias debilidades. En gran medida porque los instrumentos que utiliza son inadecuados. Para empezar, se niega a desafiar en serio a Cristina y al camporismo. No lo hace en términos programáticos ni en cuanto al manejo del partido.

Su bosquejo de coalición, el famoso “Movimiento Derecho al Futuro”, se anuncia como una convergencia de fuerzas más orientada a esquivar, no a desafiar, por lo que mucho menos podrá resolver entonces el problema que tiene adelante: que al PJ lo siguen controlando Cristina y los suyos. Así que en el momento de la verdad, cuando haya que presentar listas en todo el país, la lapicera la van a tener ellos. A menos que el gobernador amenace con presentar esa nueva coalición para competir, para lo cual ya debería estar juntando avales y sellos legales. Pero nada indica que se vaya a animar o que esté preparando el terreno para algo así.

En la puja por el futuro del peronismo y de cara a las próximas presidenciales, Cristina Fernández de Kirchner sigue rechazando una posible candidatura de Axel Kicillof (Foto: REUTERS/Tomas Cuesta)
En la puja por el futuro del peronismo y de cara a las próximas presidenciales, Cristina Fernández de Kirchner sigue rechazando una posible candidatura de Axel Kicillof (Foto: REUTERS/Tomas Cuesta)

En cuanto al programa, lo poco que ensayó hasta aquí ha sido más bien una estudiantina reafirmativa de los viejos dogmas kirchneristas: nada de mercado, todo el poder al Estado, mucho intervencionismo, distribucionismo, en suma, cero innovación, ni un ápice de desafío al statu quo doctrinario en su partido.

Se pudo comprobar en un reciente encuentro que organizó el CEDAF, el Centro de Estudios Derecho al Futuro, en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, que esta institución educativa actúa como el auténtico centro neurálgico y programático del kicillofismo, y destaca por su perfil academicista y reaccionario, aunque con mucha fraseología “progre”.

En ese encuentro Kicillof anunció un gobierno de científicos. Y el primer problema es que eso ya lo intentó Alberto, con esas mismas palabras, y con resultados que son por todos conocidos. Pero encima esta reedición de esa mala idea tiene más de academia y menos de política que el original.

En el acto de cierre del encuentro abundó la gestualidad y la fraseología del CONICET y hasta los expositores tuvieron -todos- un gran parecido con el propio Kicillof: investigadores de barbita que no ven muy seguido el sol ni levantan los ojos de los libros y los tubos de ensayo, con muchas palabras e ideas abstractas por comunicar, y muy poco o ningún oficio político en su haber.

Pero tal vez lo más llamativo fue que allí sí Kicillof fue reconocido como “jefe”, sin condiciones ni matices, y el efecto fue entre simpático y ridículo. Había cierto tufillo soviético en los diálogos: se decían cosas como “estamos aquí para informarte, compañero Axel, del trabajo que hicimos para definir las misiones del próximo gobierno”, en medio de sonrisas y muestras de compañerismo escolar, por lo que la ceremonia de exaltación y consagración del líder no terminaba de tomarse en serio. Y tras anunciar la presencia y la participación de infinidad de académicos y centros de investigación de todas las facultades y disciplinas universitarias (aunque también se hiciera mención a otras organizaciones, sindicatos, grupos de militantes territoriales), quedó claro que el objetivo esencial era mostrar a una inteligentzia muy ilustrada que está militando para convertir a uno de los suyos, el mejor de los suyos, digamos, en presidente; y gobernar con él. Y el problema es precisamente que ese cometido se consiguió ampliamente: resultó fortalecido por la sensación de comodidad que transmitió el propio Kicillof, tanto desde el público como cuando le tocó hablar, por la facilidad con que se entregó al acto de comunión que se le ofrecía, y la autenticidad con que mostró que confía en esas ideas y esa gente, porque son “los suyos”.

Kicillof llamó a construir una alternativa al Gobierno: “Es nuestra responsabilidad que la era de Milei se termine en 2027”. (Foto: Prensa Axel Kicillof)
Kicillof llamó a construir una alternativa al Gobierno: “Es nuestra responsabilidad que la era de Milei se termine en 2027”. (Foto: Prensa Axel Kicillof)

Todas y cada una de las fórmulas que se utilizaron para explicar las “misiones” propuestas para el futuro gobierno, ya de por sí cargadas de remembranzas chavistas y caribeñas un poco inoportunas, destacaban por lo desorbitadas: desde anular todo lo que está haciendo y haya logrado hacer Milei, incluidos los contratos y cambios legales introducidos, hasta “rescatar la democracia” de su derrumbe y planificar el futuro del país con un “Estado eficiente”. Sin una palabra sobre cómo reformarlo, cómo financiarlo, cómo mejorar los salarios y la inversión al mismo tiempo, etcétera.

El “estatismo furtivo”, que no se anuncia como tal pero se desprende de cada una de las ideas que proponen, se combina, además, con un “autoritarismo furtivo”, la nula consideración de que existen obstáculos difíciles de sortear para anular todo lo que existe, por ejemplo, una Corte Suprema, provincias con atribuciones propias, derechos adquiridos, compromisos externos... Pero nada de eso pareció incomodar al precandidato; todo lo contrario, lo hizo sentirse a sus anchas: esa es la forma en que se ve que le gusta pensar los problemas políticos y económicos del país.

Por lo que el hecho de que Kicillof logre ser reconocido como jefe, justamente en ese ámbito y en esos términos, genera un problema aún mayor. ¿Puede esto servirle para ganar autoridad donde se cuecen las habas del peronismo, en sus discos rígidos, el del sindicalismo, el territorial, el judicial? Lo más probable es que no. Por el contrario, puede que lo siga confirmando como un ser extraño, un académico porteño con muchos libros encima, trasplantado a la provincia, que pretende transformar al peronismo decididamente en una fuerza de izquierda, animada por las ideas que el kirchnerismo usó y todavía abraza, pero que en sus manos siempre fueron más que nada instrumentos circunstanciales, a veces apenas excusas, nunca compromisos demasiado serios.

Porque el peronismo siempre ha sido eso: un movimiento que usa insumos de la sociedad para lograr sus propios objetivos. Y el problema de fondo que le plantea ahora Kicillof es que pareciera querer invertir las cosas, al encarnar, él sí, la definición borgeana del peronista modélico: una persona que simula ser peronista para lograr ventajas en algún terreno. Cuando esa, en realidad, es la forma en que los “no peronistas” han visto muchas veces al peronismo, pero no la forma en que los peronistas se quieren ver a sí mismos. Que Kicillof les esté diciendo, sin querer, que Borges tenía razón, no es algo que genere mucha confianza y reconocimiento de su autoridad en la dirigencia que tiene que seducir.

Este es tal vez el problema más serio que enfrenta el aspirante a suceder a Cristina: que posee todos los elementos extraños al peronismo que ya tenía ella, sin ninguno de los rasgos con que ella moderaba y administraba esa distancia, su historia en común, sus buenos años de crecimiento y distribución, su condición de “viuda de”. Entonces, si Kicillof no adquiere poder y autoridad derrotando a sus predecesores, ni logra sintonizar como “uno de los nuestros” fuera de Exactas, puede terminar en el peor de los mundos: siendo un candidato débil y encima uno extraño.

Claro, todavía podría conseguir lo primero, si se mantienen las PASO y si en ellas el kirchnerismo en serio lo desafiara con un candidato propio, y más débil. Pero que algo así ocurra es improbable: Cristina es una gran simuladora, pretende que su hijo descarriado prometa lealtad a su jefatura e impunidad para sus crímenes, sabiendo muy bien que eso no tiene sentido alguno; y también simula que quiere mantener las PASO vigentes porque de otro modo no habrá unidad; cuando finalmente le conviene tan poco como al gobierno que el sistema se aplique en esta ocasión y sabe que unidad va a haber, en cualquier caso, cualquiera sea el candidato y su campaña. Lo único que está en discusión es cómo se reparten todos los demás cargos, los que tienen más chances de conseguir.