La comunicación oficial tiene una solución muy sencilla, y además bien liberal: privatizarla
¿Cuál es el origen de los errores no forzados y más costosos que ha cometido el gobierno en los últimos tiempos? Hay al menos tres respuestas dando vuelta: sus ideas, fanáticas, inflexibles y/o equivocadas; su gestión, frecuentemente amateur y desordenada, y siempre cruzada por fuertes internas ; o
¿Cuál es el origen de los errores no forzados y más costosos que ha cometido el gobierno en los últimos tiempos? Hay al menos tres respuestas dando vuelta: sus ideas, fanáticas, inflexibles y/o equivocadas; su gestión, frecuentemente amateur y desordenada, y siempre cruzada por fuertes internas; o su comunicación, que parece muchas veces fuera de foco, empecinada en pelear batallas inexistentes, y mal afinada en los asuntos que realmente importan.
Claro que lo más probable es que se trate de una combinación de todo eso: un poco de mala gestión, un poco de fanatismo y un poco de discurso desafinado, con dosis variables según el asunto que consideremos.
Pero hay, de todos modos, un motivo para pensar que los problemas de comunicación son crecientes y cada vez más frecuentemente determinantes, para mal, y en cambio los de gestión e ideas los han podido más o menos controlar.
Es que si comparamos al gobierno de Milei de hoy en día con el gobierno de Milei en enero de 2024 no hace falta darle muchas vueltas: el primero era uno que proponía muchos delirios y carecía de equipo, pero dominaba ampliamente la conversación pública, mientras que este es uno por completo distinto, porque ha mejorado bastante en los dos primeros terrenos y empeorado en la misma o mayor medida en el último.
Y tal vez el origen de este problema resida justamente en aquel gran éxito comunicacional que fue el mileísmo en su origen: convenció al presidente y su círculo de que si habían ganado sus primeras batallas tan aplastantemente con esas armas, ellas seguirían dándoles buenos resultados, así que se enamoraron de los instrumentos, confiaron excesivamente en su propio talento, y todavía se niegan a reconocer el error, y sus limitaciones en lo que creen ser más duchos.
Lula da Silva y Javier Milei. (Foto: AP)
Ejemplos recientes de pifies comunicacionales descomunales, innecesarios y muy costosos hay unos cuantos. El último, la penosa conferencia que fue a dar el presidente en el Colegio ORT, con la que se ganó el repudio de buena parte de la comunidad escolar de esa institución y un nuevo motivo para que los jóvenes desconfíen de él o, apenas semanas atrás, la retahíla de insultos contra Lula y su gobierno, por la que nos quedamos sin embajador en Brasil y casi sin diálogo con quienes tenemos que arreglar, entre otras cosas, acuerdos comerciales esenciales para volver a los mercados mundiales. Y, poco después, los enredos argumentativos que contribuyeron a sepultar la llamada “Ley de Tierras”. Pero ha habido otros aún más graves: por ejemplo, el manejo del asunto de la morosidad.
Hizo falta que un economista independiente, Matías Fernández, por la suya y por pura curiosidad, hiciera un trabajo detallado con datos del Banco Central, que se ve ningún funcionario se ocupó de estudiar, y mucho menos de transmitir a la cúpula del Ejecutivo, para que se desmintieran algunos bolazos que el periodismo más enojado con Milei, y los opositores más duros, habían tenido ya tiempo de instalar como verdades selladas, sin ninguna información de respaldo: que las billeteras virtuales, y en particular cierto amigo del presidente, son el origen del problema, que la mora está concentrada en compras de comida y otros bienes esenciales, que afecta a familias de los estratos más bajos de la sociedad, que todos los millones de afectados deben sumas asfixiantes, etc. Todas cosas que llevaban a concluir que si el gobierno no hacía nada para resolver el problema era porque está formado por una troupe de insensibles y fanáticos del capitalismo salvaje que quieren ver cómo los grandes pulpos del mercado le chupan la sangre hasta la muerte a los argentinos de a pie.
Hasta que Matías Fernández publicó un simple tweet, con datos mostrando una realidad bastante más matizada de la llamada “crisis”, y mucho más heterogénea, con situaciones muy distintas que no pueden meterse en la misma bolsa, nadie en el gobierno, del presidente para abajo, había atinado a hacer nada más que tratar de lavarse las manos del problema o descargar todas las responsabilidades en los deudores (porque se habían comprado televisores para el Mundial y cosas parecidas). Con lo que confirmaban la tesis opositora: que son una banda de insensibles que, detrás del argumento de que “los privados se arreglen entre ellos”, disimulan mal el deseo de que los grandes se morfen a los chicos sin obstáculo alguno, que es lo que sucede a menos que haya un estado gendarme metiéndose en todos los mercados todo el tiempo.
A través del inefable Adorni, Milei fue horadando su base de apoyo. (Foto: Agustina Ribó/ARCA).
Una derrota tan palmaria, en una batalla cultural tan esencial como esta, puede atribuirse en parte a malas ideas, en parte a mala gestión, pero en un gobierno que ha cambiado tantas veces de ideas y de gestión, sobre todo en ocasiones en que chocó contra problemas prácticos que le exigían pragmatismo, como sucedía en este caso, no puede explicarse en última instancia sino por un déficit enorme de comunicación.
Al que se suman, claro, problemas de gestión: que las tasas subieron exponencialmente durante la crisis cambiaria del año pasado, que tardaron en bajar porque el gobierno se concentró en contener el rebrote inflacionario posterior, que los ingresos y el consumo cayeron en consecuencia. Pero la verdad es que estos problemas de gestión fueron en alguna medida inevitables: no había salida sin costos de esa situación, porque millones de argentinos habían comprado miles de millones de dólares, prácticamente todos los operadores financieros apostaron a que habría una crisis cambiaria, y contenerla no iba a ser gratis. Mientras que los problemas de comunicación asociados eran y siguen siendo por completo evitables.
¿Por qué entonces no se corrigen, sino que incluso se agravan? Volvamos al comienzo. Seguramente pesa que el oficialismo creía y sigue creyendo que en eso no tiene rival, que comunica como los dioses, así que nadie tiene nada que enseñarle. Tampoco la realidad.
Santiago Caputo, Manuel Adorni y Javier Milei. (Foto: Presidente)
Lo cree Milei, lo creen sus funcionarios y hasta lo creen sus enemigos. Nadie espera entonces que se ocupe en serio de corregir este asunto, o siquiera de someterlo a discusión. “El problema son las políticas”, o “es la gestión”, o las “ideas equivocadas”. O, para el gobierno, la conspiración de los necios: el maldito periodismo de siempre. ¿Pero no era que ya se habían librado de él?
Si “los muertos que vos matáis” gozan de tan buena salud es porque nunca te desembarazaste de ellos, y la circunstancial ventaja que en algún momento sacaste te la están descontando: en las redes esto es muy evidente, y ha sido señalado ya por muchos analistas. Y sin embargo el gobierno no atina a una solución. Los militantes oficialistas que dominaban esos canales han envejecido mal, perdieron público e influencia, y en la Rosada, aunque gastan millones, no encontraron nada con qué reemplazarlos.
Algunos funcionarios que fueron creciendo como comunicadores del proyecto oficial, el propio Luis Caputo, Federico Sturzenegger, Diego Santilli, etc, recientemente han perdido garra y filo, se desgastaron en iniciativas que terminaron en fracaso, o directamente los sacaron de la escena por celos o desconfianza.
Y por si hacía falta, nos acompaña ya hace tiempo otro dato que confirma el diagnóstico, que los instrumentos con que se viene manejando la comunicación oficial no rinden, le traen cada vez más problemas al gobierno, y sin embargo él no encuentra solución, luce entre indiferente e impotente ante la cuestión: carece de vocero.
No es que Manuel Adorni fuera bueno en ese rol. Pareció durante un tiempo ser efectivo simplemente porque el gobierno estiró todo lo que pudo, a través suyo, la ventaja que había sacado en el control de la conversación pública con su triunfo de 2023. Pero como abusó de ella, y lo hizo además muy mal, con groserías y tonteras más que con explicaciones y argumentos, y encima a través del inefable Adorni, fue horadando su base de apoyo; hasta que el entero edificio comunicacional se derrumbó, con la tardía y vergonzosa salida del funcionario; encima reemplazado por alguien que ya a los pocos días de estar en el cargo había demostrado que el saco le quedaba grande, que no iba a poder comunicar jamás nada ni influir en la agenda pública siquiera con los malos modos y pobres resultados que lo hacía su antecesor. Y sin embargo sigue ahí, como si nada, simulando que cumple su función.
¿Qué puede hacer un gobierno como el de Milei, que todos creen que sabe comunicar, pero comunica tan mal que todos empiezan a creer que lo que le pasa es que gobierna muy mal, sus ideas son muy malas, tiene muy malas intenciones y además de malo es terco y tonto?
Siendo liberales, la idea se les debe haber pasado por la cabeza ya más de una vez: no tiene sentido que cambien al vocero, ni que Milei, su hermana o Santiago Caputo les pidan a los funcionarios correctos que hablen correctamente y solo de lo que les incumbe y cuando les corresponde, porque eso sería confiar en que los que están causando el problema sean los que lo resuelvan; les conviene en cambio hacer lo que hacen las empresas o los profesionales cuando enfrentan este tipo de complicaciones, confían en los especialistas, no en sus propios recursos e instintos. Contratar un buen servicio de comunicación, cuanto más autónomo y externo a la firma mejor, no debería avergonzarlos. Lo necesitan, para que les imponga una disciplina, un método y criterios que ellos mismos nunca podrán imponerse. Al menos no mientras sigan creyendo que saben lo que les conviene decir, cuándo y cómo decirlo.