
Durante décadas, el sistema educativo creció bajo una filosofía que hoy cruje por el peso de la automatización. La idea de “M’hijo el dotor” sacada de la obra de Florencio Sánchez, planteaba el concepto de que los trabajadores con título académico o llamados de “cuello blanco” tenían mayores posibilidades para lograr una movilidad social ascendente. El nuevo paradigma rompe con esa certeza.
Hoy, la IA copia códigos, redacta contratos, traduce y diseña imágenes en segundos, entre otras muchas tareas. Sin embargo, hay un vasto territorio donde la tecnología digital va lento. En el mundo del hacer físico, la resolución de imprevistos en el territorio y la empatía humana, la inteligencia artificial aún asciende por escalera.
Adicionalmente, un preocupante informe de la Universidad de Buenos Aires (UBA) acaba de instalar en el debate nacional el fenómeno de los “Triple Ni”: jóvenes de entre 18 y 29 años que ni estudian, ni trabajan, ni buscan empleo. El estudio revela que casi la mitad (48,9%) de la juventud argentina está en situación de fragilidad socioeconómica. Lo grave es que el abandono laboral no es por apatía; es el resultado de un profundo desencanto ante un mercado que no ofrece oportunidades reales.
En esta coyuntura crítica, mientras la discusión global se encandila con las capacidades de la Inteligencia Artificial generativa, el mercado laboral envía un indicio inesperado: el futuro del trabajo decente y el valor agregado no estará en la pantalla, sino en las manos. Impulsados por la sustitución laboral de la IA, asistimos al resurgimiento de “la era de los oficios” como un nicho de oportunidad inédito.

El valor de los oficios
Según las estadísticas del Banco Mundial y del INDEC correspondientes al año 2025, en el país existe un déficit del 25% de trabajadores especializados en áreas como la plomería. En este nuevo mapa laboral, los oficios podrían experimentar una revalorización histórica que podemos estructurar en tres grandes vertientes:
La primera vertiente de oficios tradicionales como plomeros, electricistas, mecánicos especializados, torneros, gasistas, cerrajeros, aparadores de calzado y soldadores de precisión. En segundo lugar, oficios digitales como instaladores de redes de conectividad, técnicos en mantenimiento de robótica industrial y especialistas en electrónica. Y en tercer lugar, oficios verdes tales como operadores de transición energética o instaladores de paneles solares y aerogeneradores.
¿Por qué resurgen estos oficios? Porque la complejidad del trabajo físico es, por ahora, el límite más costoso y difícil de franquear por la robótica. Aunque hay varias potencias mundiales trabajando en la temática, los humanoides, con capacidad de realizar estas tareas en forma precisa, tardarán más en llegar.

La urgencia de la educación tecnológica
El verdadero desafío no es mirar con nostalgia el pasado artesanal, sino entender la urgencia de la educación tecnológica. Si no dotamos a nuestros alumnos (futuros trabajadores) de las herramientas necesarias para adaptarse a este nuevo mundo, en lugar de ser desplazados por él, el riesgo de una convulsión social por la vía de la desocupación extrema estará a la vuelta de la esquina. Se trata de encontrar, como diría Aristóteles, el equilibrio en el punto medio que permita fortalecer lo que nos diferencia de los sistemas automáticos promoviendo la formación técnica que escasea. Es allí donde hoy se instala la ‘educación centauro’, un espacio donde la colaboración hombre-máquina va a ser una realidad efectiva: el humano aporta el criterio técnico y la realidad del oficio, mientras que la máquina provee la potencia de los datos y la velocidad de respuesta.
Ya lo advertía el filósofo Yuval Noah Harari: millones de empleados corren el riesgo de volverse “inempleables” debido a la irrupción de las redes computacionales.
En este contexto de fuerte automatización, es importante contar con herramientas que permitan garantizar y trazar las competencias laborales. Un ejemplo de ello es el modelo del “Pasaporte de Habilidades” impulsado por la OIT (Organización Internacional del Trabajo), un proyecto con interlocutores locales como la UIA y la UOCRA.
Este camino conlleva la necesidad de profundizar alianzas estratégicas, entre escuelas técnicas, centros de formación profesional e instituciones como el INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) para certificar las competencias requeridas por el mercado laboral.

Tres ejes claves
Teniendo en cuenta que los esfuerzos de cara al futuro demandarán el uso de mano de obra intensiva en tres ejes fundamentales: la economía del conocimiento, la empleabilidad verde y la economía del cuidado, repensar los oficios bajo esta matriz resultará un camino convocante para las nuevas generaciones. Estas buscarán su propósito, ya sea innovando en software para mejorar la calidad de vida de la población, “reparando” el planeta o asistiendo a los más vulnerables. Los sistemas de educación formales y no formales son los ámbitos propicios para trazar una sólida inserción laboral. Para lograrlo, es clave potenciar el robusto entramado científico-tecnológico que caracteriza a nuestro país, un activo estratégico que hoy, más que nunca, resulta indispensable fortalecer y cuidar.
Como decía el científico Bernardo Houssay: “Los países ricos lo son porque dedican dinero al desarrollo científico-tecnológico, y los países pobres lo siguen siendo porque no lo hacen. La ciencia no es cara; cara es la ignorancia”. Es hora de que el ecosistema del trabajo fusione lo manual y lo digital para ser visto, finalmente, como nuestra principal inversión estratégica a largo plazo. Uniendo a los diferentes actores que trabajan en la temática de empleabilidad —sindicatos, cámaras empresariales y el Estado— a través del diálogo social, se podrán generar acciones concretas, dándole impulso a una política proactiva sobre la generación de empleos con la trascendencia que el futuro nos depara.
Como conclusión, el universo de los ‘triple NI’ nos desafía a investigar/profundizar sus causas y ofrecer salidas laborales flexibles y con propósito. Para lograrlo, la clave es fortalecer una educación técnica, que hoy sufre una fuerte escasez de personal en algunas tareas y por ende garantiza excelentes salarios. Este camino abre cuatro vías claras: permite la autonomía; otorga —como demuestra la experiencia de la OIT— competencias trazables y válidas para trabajar en otros países; actúa, por ahora, es un bálsamo ante la tormenta de desplazamiento laboral de la IA; y ofrece la posibilidad de transmitir conocimientos en materias con alto nivel de vacancia en el sistema educativo argentino.
Adrian Gustavo Choren: Abogado y Profesor de Ciencias Jurídicas, Magíster en Derecho del Trabajo y Relaciones Laborales Internacionales, Técnico en electrónica, investigador del INTI y autor del libro ¿Seguiremos Trabajando? Educación tecnológica o convulsión social.




