El US Open fue escenario del fin de un récord legendario que se mantuvo inalterable durante casi 150 años en la historia del tenis mundial.
Con la derrota del griego Stefanos Tsitsipas ante el estadounidense Ben Shelton por 6-2, 6-3 y 6-4 en los octavos de final, por primera vez en la era moderna y desde el nacimiento de los torneos de Grand Slam en 1877, no habrá ningún jugador con revés a una mano en las semifinales de un certamen de esta categoría.
La estadística, que sobrevivió al paso de las décadas y a las transformaciones físicas del deporte, dependía exclusivamente del andar del tenista helénico en Nueva York.

Tras haber sabido ocupar el tercer escalón del ranking ATP y alcanzar finales en Roland Garros y el Abierto de Australia, Tsitsipas llegó a octavos como el último bastión de un estilo de juego que comenzó a quedar en franca extinción.
Consciente de la responsabilidad histórica que pesaba sobre sus hombros, el propio jugador griego había ironizado horas antes en sus plataformas digitales sobre la misión que afrontaba en la pista central. “Tengo una racha de 150 años que salvar”, bromeó en la previa de su partido, entendiendo la trascendencia de un estilo que cautivó a generaciones enteras de fanáticos.

El revés a una mano, considerado por muchos la máxima expresión estética de este deporte, tuvo en la figura del suizo Roger Federer a su mayor exponente contemporáneo durante los años 2000. Posteriormente, fue su compatriota Stan Wawrinka quien tomó la bandera para conquistar tres trofeos de Grand Slam apelando a una variante caracterizada por la potencia pura desde el fondo de la cancha.
Con el paso de las temporadas, figuras como el búlgaro Grigor Dimitrov o el italiano Lorenzo Musetti mantuvieron viva la estética en los primeros planos, pero la evolución del juego hacia peloteos más intensos fue acorralando la técnica clásica.

Este fenómeno quedó expuesto en la configuración actual del Top 10 del ranking ATP, integrado en su totalidad por tenistas que ejecutan el golpe a dos manos.
De esta manera, el torneo estadounidense bajó el telón de una era dorada dentro del circuito internacional. La despedida de Tsitsipas no solo definió a uno de los clasificados a la ronda final en Nueva York, sino que confirmó la transformación definitiva en la enseñanza y ejecución del tenis profesional.




