
Nació el 16 de mayo de 1986 en un pequeño pueblo de Estados Unidos y creció en un hogar en el que las reglas eran claras y los límites, estrictos. Sus padres se separaron cuando era niña y quedó al cuidado de su madre y su padrastro, quienes la criaron bajo la fe protestante. Desde muy temprano aprendió que había cosas que podía hacer y otras que no.
A los cinco años comenzó a estudiar ballet, integró el coro de su colegio y también formó parte de un equipo de natación. Su adolescencia estuvo atravesada por la disciplina y por una vida social bastante limitada: en su casa no estaba bien visto que invitara compañeros o amigos, tampoco tenía demasiada libertad para relacionarse fuera del colegio y hasta le prohibían tener novio.
Pero fue en la escuela donde encontró uno de sus mayores obstáculos. Durante la secundaria sufrió bullying y terminó cambiándose de colegio. A los 15 años, mientras comenzaba a descubrir que quería ser actriz, se convirtió en blanco de las burlas de otras alumnas.
“Había unas chicas malísimas en mi colegio, por eso me fui”, recordaría años después. Una de ellas llegó a vestirse de cuero negro y a imitarla para ridiculizarla delante de los demás.
La adolescente tampoco encontraba refugio entre sus compañeros. Según contó, tenía pocos amigos de su edad y había desarrollado una personalidad agresiva como mecanismo de defensa. “Todo el mundo me odiaba y era un completo desastre”, resumiría. También aseguraría que a lo largo de su vida había tenido una sola amiga.
Mientras lidiaba con ese aislamiento, empezó a construir el camino que había imaginado para sí misma. A los 13 años comenzó a trabajar como modelo y, dos años más tarde, tuvo una de sus primeras oportunidades como actriz en una película protagonizada por dos famosas hermanas adolescentes. Aquella experiencia le confirmó que la pantalla podía convertirse en su futuro.
Pero el acoso escolar no desapareció. Al contrario, mientras más avanzaba en su carrera, más difícil se volvía su vida cotidiana en el colegio. A los 17 años quiso abandonar los estudios, aunque su madre no se lo permitió. Finalmente terminó la secundaria y siguió ahorrando todo lo que podía ganar con sus trabajos. Tenía un objetivo concreto: independizarse.
Lo consiguió cuando se mudó a Los Ángeles, aunque el comienzo de su nueva vida estuvo lejos de ser feliz. Había llegado con el corazón roto después de que su primer novio terminara la relación porque no quería mantener un vínculo a distancia. “Fue un año terrorífico. ¡Dios!”, recordaría mucho después al hablar de aquel período.
Ya lejos de su familia, comenzó a perseguir con mayor decisión su sueño. Consiguió pequeños papeles en televisión y, antes de cumplir los 18 años, apareció en una de las comedias más populares de Estados Unidos, en un papel que explotaba deliberadamente su atractivo físico.
Poco después llegaría la película que cambiaría su vida. Tenía 21 años cuando una superproducción de Hollywood la convirtió, casi de un día para otro, en una estrella internacional. Su cara comenzó a aparecer en tapas de revistas y campañas publicitarias, y su nombre quedó asociado a una imagen que terminaría siendo mucho más poderosa que varios de sus trabajos como actriz.
La fama, sin embargo, no llegó como ella esperaba. La exposición permanente y la manera en que la industria comenzó a mostrarla la hicieron sentir atrapada en un personaje que no reconocía como propio. “No estoy cómoda con ese rol en el que me pusieron: yo no soy eso”, dijo después de protagonizar la tapa de una revista que la había elegido como “la mujer más sexy del mundo”. Y cuestionó la forma en que Hollywood utilizaba la imagen femenina: “Las mujeres somos como mercancías que venden un producto a través de los pechos, las piernas y la cola”.
Aquella adolescente que había sido víctima de burlas por querer ser actriz había conseguido finalmente llegar a Hollywood. Pero el reconocimiento que había perseguido desde niña también le impuso una nueva etiqueta.
Respuesta: la niña de la foto es Megan Fox.




