La primera parada: un parque elevado justo al sur de donde estaban las Torres Gemelas. "Quiero que observen el edificio amarillo de allá atrás", le indicó a un grupo escolar de Indiana durante un recorrido este mayo. Señaló el número 21 de la calle West, adonde se mudó con su esposo, Brian, en julio de 2001. Acababan de casarse y vivían en el piso 24, donde tenían una terraza fabulosa.
Entonces tenía 31 años, y había sido guía turística certificada durante seis años. "Se suponía que iba a ser mi trabajo extra", explicó, adoptando un acento altivo. "'Yo soy actriz de Broadway'".
Daba recorridos por todo Manhattan. Su recorrido por el World Trade Center, cerca de casa, comenzaba y terminaba en la Esfera de Koenig, de 25 toneladas, en la plaza entre las torres. Una vez había llevado a su madre a un brunch de Navidad en el restaurante Windows on the World en lo alto de la Torre Norte, y ahora el World Trade Center estaba, básicamente, en su jardín delantero.
"Estoy aquí", le dijo a otro grupo en julio de este año, adolescentes de una iglesia en Phoenix, recordando aquellos años. "Estoy viviendo en Nueva York. Estoy viviendo mi mejor vida".
Y entonces llegó aquella despejada mañana de martes de septiembre.
Un recorrido a pie por la ciudad de Nueva York es un monólogo cuidadosamente elaborado de datos, curiosidades y frases ingeniosas. Tal vez con una breve parada para probar la comida local. El recorrido de Stanton atrapa rápidamente a sus oyentes en una historia de terror que va en aumento, dejándolos --a menudo jóvenes que aún no habían nacido ese día-- en un silencio sobrecogedor.
"El impacto del primer avión sacudió nuestro edificio", dijo. Ella y Brian se habían parado, aturdidos, en su terraza y vieron cómo el humo y las llamas se elevaban desde los pisos superiores de la Torre Norte. Abajo, cientos de personas estaban paradas en las esquinas, mirando hacia arriba.
Entonces, en el cielo, un rugido ensordecedor se acercó a toda velocidad.
"Eso pasó justo sobre nuestros hombros", relató. Le resulta difícil describir el estruendo atronador de un jet comercial a tan alta velocidad y baja altitud. Lo vio inclinar las alas en el último segundo, como para impactar más pisos.
La pareja fue lanzada hacia atrás, hacia el interior de su apartamento. "Yo estaba en el piso, y mi esposo estaba gritando", le dijo a una pareja de Nuevo Hampshire, que visitaba la ciudad este abril.
Ella y Brian se recompusieron, tomaron a Gabriel, su boston terrier con sobrepeso, y corrieron a las escaleras, donde los vecinos --gritando, llorando-- se abrían paso hacia la calle. Allí, las multitudes pasaban corriendo sosteniendo maletines o cualquier cosa que pudieran encontrar sobre sus cabezas, por miedo a la caída de escombros.
"¿Qué llevaba puesto?", le preguntó al grupo de Phoenix.
"¿Pijama?", adivinaron algunos adolescentes.
"Sin zapatos", agregó.
Se dio vuelta para volver a entrar a su edificio, pero un portero, concentrado en evacuar a los residentes, le bloqueó el paso. Brian le ofreció sus zapatos. No, dijo ella. Pero dame tus calcetines.
Se apresuraron hacia la parte baja, rumbo al extremo sur de Manhattan.
Al guiar los recorridos, señala al oeste hacia el malecón, donde ella, Brian y su perro se encontraron frente al puerto. Luego cayó la Torre Sur. En un instante, el soleado refugio que habían encontrado fue arrasado y quedaron cubiertos de polvo, humo y escombros. Stanton, con arcadas y ahogándose en busca de aire, se descubrió --extrañamente-- recordando los datos curiosos de sus antiguos recorridos.
Cuarenta y siete mil empleados.
1,1 millones de metros cuadrados.
Cuarenta mil perillas.
"Estábamos corriendo en medio de eso, tratando de encontrar lugares para respirar", le dijo a la pareja de Nuevo Hampshire. "'¿Vamos a morir?'. Simplemente no sabes qué va a pasar después".
Historias de héroes
Y aquí en el relato de su recorrido, la inquebrantable alegría y el amor de Stanton por la ciudad pueden disipar casi todo ese polvo por un momento.
"¿Alguien aquí ha oído hablar del rescate en barco del 11 de septiembre?", les preguntó a los adolescentes de Phoenix.
Silencio.
"¿A quién no le encantan las historias de héroes?", preguntó.
El puerto se había llenado rápidamente de decenas y decenas de embarcaciones: ferris, barcos de fiesta, remolcadores, botes familiares. Embarcaciones bautizadas como George Washington, Theodore Roosevelt y Alexander Hamilton se unieron al Frank Sinatra, al Yogi Berra y al Chelsea Screamer en una evacuación masiva y espontánea por agua.
Algunas embarcaciones llegaron a los muelles. Otras simplemente se acercaron con sus motores lo más que pudieron a la costa. Stanton y su esposo hicieron fila detrás del Museo de la Herencia Judía para abordar un remolcador, pero se llenó y se fue antes de que llegara su turno.
Entonces llegó un ferri. Se acercó al borde del malecón, pero su cubierta todavía estaba a entre 2 y 3 metros por debajo de las personas de pie en lo alto del terraplén.
Dos trabajadores del ferri levantaron a Stanton --que seguía en pijama, parpadeando para intentar quitarse el polvo de los ojos-- por encima del muro y la dejaron caer al barco. Brian y su perro la siguieron.
El ferri cruzó el río Hudson con su ruidoso motor y los dejó en un lugar del que Stanton nunca había oído hablar: Paulus Hook, Nueva Jersey, a la sombra del emblemático Reloj de Colgate.
Desembarcaron y evaluaron la situación. Dos adultos y un perro, cubiertos de arenilla y polvo, en un vecindario desconocido de almacenes y espacios industriales. Caminaron arrastrando los pies, deteniéndose de vez en cuando para evitar que Gabriel lamiera la costra de suciedad de su pelaje.
De repente y con urgencia, Stanton necesitó ir al baño. Cuando la pareja vio a una joven acercarse a un edificio de apartamentos que parecía nuevo, le preguntaron si había un baño. La mujer se dio cuenta de dónde venían y los llevó a su apartamento.
Allí conocieron al esposo de la mujer --¿David, tal vez?-- y usaron su baño. David, atónito, les ofreció vasos con agua, y los Stanton se quedaron de pie, incómodos, durante un minuto, demasiado sucios para sentarse, antes de irse.
Caminaron alrededor de kilómetro y medio entre almacenes y cruzando vías del tren ligero hasta llegar a un BJ's Wholesale Club. Adentro, una pared de televisores mostraba transmisiones en vivo del lugar del que acababan de escapar.
Los clientes miraban boquiabiertos a los recién llegados, cubiertos de ceniza, que parecían haber salido de esos televisores. Los Stanton compraron suministros, incluido un par de zapatos para Christina. (Brian había salido con su billetera). Afuera, una fila de hombres y mujeres cubiertos de polvo amarillo esperaba su turno en una cabina telefónica.
El recuerdo de los días siguientes es muy vago. Más adelante esa semana, se les permitió regresar brevemente al apartamento para buscar algunas cosas esenciales. Nunca habían cerrado las puertas de su terraza ese día, por lo que la sala estaba cubierta de escombros: trozos de papel, recibos, un fragmento de una hoja de balance. Un diorama de cosas que alguna vez importaron.
'No me sentía muy bien'
Como muchos de los que pudieron hacerlo, huyeron de la ciudad y se dirigieron a Tallahassee, Florida, donde vivía la madre de Stanton. Se quedaron ahí unos meses.
Pero para la primavera de 2002, ella y Brian estaban de vuelta en su apartamento en la calle West. No regresar nunca pareció una opción. En algún momento de aquella época caótica para la ciudad y el país, Stanton se dio cuenta de que vivir en Nueva York no era su mejor vida: era la vida.
El turismo se paralizó durante un tiempo después del 11 de septiembre. Desde su terraza, Stanton observaba la lenta transformación de la zona cero. Y luego su trabajo, al igual que su ciudad, volvió a repuntar.
Reservaba recorridos a través de hoteles, organizadores de eventos y grupos como Junior Tours, que da servicio a estudiantes. Trabajaba por toda la ciudad, desde Central Park hasta Little Italy y desde Chinatown hasta el Distrito Financiero.
Y con el tiempo, retomó su antiguo recorrido por el World Trade Center. Al principio, no le fue bien. Se dio cuenta de que nadie quería una guía turística que llorara.
Mejoró. Esos primeros recorridos tenían un enfoque que se limitaba a los hechos. Pero con el tiempo, fue incorporando gradualmente sus experiencias de aquel día a su relato. El impacto del segundo avión. Los calcetines de su esposo. Los barcos.
Se corrió la voz en las redes sociales, y la gente comenzó a pedir su recorrido en particular. Ser guía turística dejó de sentirse como un trabajo extra.
Veinticinco años después, el recorrido, al igual que la vida, sigue evolucionando.
Durante una parada con los adolescentes de Phoenix, una chica levantó la mano.
"¿Dijiste que estabas en esa nube de humo?", preguntó.
"Sí".
"¿Has estado bien desde entonces?".
"No lo he estado", respondió.
"Hace dos navidades, no me sentía muy bien. Fui a un médico, que me dijo: 'No, no estás muy bien. Tienes cáncer'".
Las pruebas mostraron que el cáncer de Stanton coincidía con las enfermedades del 11 de septiembre que han matado a miles de socorristas en los últimos 25 años. Se dio cuenta de que no fue algo que solo les ocurrió a bomberos y a policías; todos habían respirado la misma ceniza sucia.
En 2025, se sometió a una histerectomía. Eso la dejó libre de cáncer. Luego recibió un diagnóstico de cáncer de piel este año que también podría estar relacionado con el 11 de septiembre.
Uno podría imaginar que, tras haber sobrevivido a los horrores del día, solo para enfrentar cáncer y cirugía casi un cuarto de siglo después, ya habría tenido suficiente de ese lugar.
Pero Stanton sigue volviendo al lugar de los ataques, una y otra y otra vez. A menudo se le llenan los ojos de lágrimas al hablar de dos amigos de una firma de corretaje que estaban saliendo y que murieron en las torres. O cómo Gabriel, su perro, que odiaba a todos menos a sus dueños, se portó tan bien ese día, intentando limpiarse el pelaje. Nunca volvió a ser el mismo. "El vidrio le había destrozado el esófago", relató. Más tarde murió de cáncer.
¿Por qué seguir reviviendo eso?
Porque.
Porque el rescate en barco es elogiado como la mayor evacuación marítima en la historia del país --ha sido llamado el "Dunkerque estadounidense"-- y hay un documental al respecto narrado por Tom Hanks, y sin embargo, pocos en sus recorridos parecen haber oído hablar de ello.
Porque no todos se dan cuenta de que el número de enfermedades y muertes vinculadas a los ataques sigue creciendo, superando con creces el de las personas que murieron ese día.
Porque, rodeada de placas y estatuas, de las piscinas reflectantes y del casco roto de esa enorme esfera de metal, ella también es un monumento conmemorativo.
"Tengo cierto control para mantener estas cosas vivas", dijo, fuera del alcance del oído de sus clientes. "Soy guía turística. Tengo una audiencia asegurada. ¿Quién más tiene la oportunidad de captar a la siguiente generación?".
Todo el recorrido dura aproximadamente una hora. Luego pasan a la siguiente parada. Ella ha terminado aquí por ahora, hasta que llegue el próximo grupo.
Michael Wilson cubre la ciudad de Nueva York y ha sido reportero del Times por más de dos décadas.