
“Vi nacer la era espacial y quiero participar”. Con esas palabras en su solicitud a la NASA, Christa McAuliffe comenzó el camino hacia su gran sueño. Ya era madre de dos hijos y profesora de estudios sociales en Concord, New Hampshire, cuando fue elegida entre más de 11.000 aspirantes para convertirse en la primera docente estadounidense y una de las primeras civiles en viajar al espacio.
A sus 37 años, dejó las aulas para entrenar junto a la tripulación del Challenger. Su objetivo era dar dos clases desde el espacio y acercar el cosmos a los estudiantes. Para una docente convencida de que la historia también la construyen las personas comunes, la misión representaba la oportunidad de demostrarlo desde el lugar más extraordinario.
El 28 de enero de 1986, Christa subió al transbordador espacial junto a otros seis tripulantes. A las 11:38 de la mañana, el Challenger despegó desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida. Setenta y tres segundos después, la nave se desintegró en el aire. La tragedia terminó con la vida de toda la tripulación y con la lección que millones de alumnos esperaban escuchar desde el espacio.

De Boston a las aulas: los primeros años de Christa
Sharon Christa Corrigan nació el 2 de septiembre de 1948 en Boston, Massachusetts, y fue la mayor de los cinco hijos de Edward Christopher Corrigan, contador, y Grace Mary Corrigan, profesora suplente. Aunque fue bautizada como Sharon Christa, desde pequeña fue conocida por su segundo nombre. La familia se mudó a Framingham cuando su padre terminó sus estudios en la Universidad de Boston y consiguió trabajo en unos grandes almacenes. Allí Christa pasó su infancia y cursó la secundaria en Marian High, donde se graduó en 1966.
Durante esos años nació su fascinación por el espacio. El programa Mercury y las primeras misiones estadounidenses despertaron su imaginación en plena carrera espacial, pero fue el vuelo de John Glenn a bordo de Friendship 7, en 1962, el que dejó una huella especial. Después de conocer la hazaña del primer estadounidense en orbitar la Tierra, le dijo a una amiga que algún día las personas llegarían a la Luna, quizá incluso en algo tan cotidiano como un colectivo, y que ella quería ser parte de ese viaje. Aquella ilusión de adolescencia permaneció con ella durante los años siguientes.
Christa estudió Historia y Educación en Framingham State College y obtuvo su licenciatura en 1970. Ese mismo año se casó con Steven J. McAuliffe, su novio desde la secundaria. Juntos, se mudaron a Washington D. C., donde comenzó su carrera docente, que continuó en distintas escuelas de Maryland mientras formaba su familia. En 1978 obtuvo una maestría en Educación, Supervisión y Administración en la Universidad Estatal de Bowie y ese mismo año se mudó con su esposo a Concord, New Hampshire, donde continuó trabajando como profesora.
Para entonces, la enseñanza ya ocupaba el centro de su vida profesional: dio clases de Historia, Inglés, Economía, Derecho y Formación Cívica, y desarrolló sus propias propuestas para acercar a los estudiantes a los temas que enseñaba. En Concord High School encontró el espacio donde pudo desplegar plenamente esa vocación. Allí combinó una mirada particular sobre la historia con aquella fascinación por el espacio que la acompañaba desde adolescente. Años después, esas dos pasiones se encontrarían en una misma oportunidad: la posibilidad de postularse para viajar al espacio como profesora.

De las aulas al entrenamiento espacial
Cuando la NASA puso en marcha el Teacher in Space Project (Proyecto Maestro en el Espacio), en 1984, Christa vio una posibilidad que reunía dos intereses que habían marcado su vida: enseñar y explorar. El programa buscaba acercar la experiencia espacial a los ciudadanos y convertir a un docente en el vínculo entre la NASA y las escuelas. Para ella, el proyecto también significaba demostrar que una persona común podía participar de un acontecimiento histórico.
En su solicitud explicó que había visto nacer la era espacial y quería ser parte de lo que vendría. También propuso llevar un diario durante todo el proceso, desde su selección y entrenamiento hasta el vuelo y su regreso a la Tierra. La idea encajaba con una costumbre que ya formaba parte de su vida: desde el nacimiento de su primer hijo había escrito diarios personales porque quería conservar para sus hijos una parte de su propia historia.
El proceso de selección comenzó con 11.416 postulantes. De ellos quedaron 114 semifinalistas y luego diez finalistas, que fueron entrevistados y sometidos a evaluaciones médicas en el Centro Espacial Johnson, en Houston. Christa se destacó por su capacidad para comunicarse y por su perfil de persona capaz de acercar la misión a un público que no pertenecía al mundo de la ciencia ni de la aeronáutica.

El 19 de julio de 1985, el vicepresidente George H. W. Bush anunció en la Casa Blanca que la maestra había sido elegida como candidata principal para viajar en el Challenger. Barbara Morgan, otra docente de Idaho, quedó como suplente. A esa noticia, Christa recibió llorando de emoción, la que se incrementó cuando recordó a los otros nueve finalistas. “Cuando ese transbordador salga, puede que haya un solo cuerpo, pero habrá diez almas que llevaré conmigo”, dijo.
En septiembre comenzó el entrenamiento en el Centro Espacial Johnson. Durante los meses siguientes, Christa y Morgan se prepararon para las exigencias de una misión espacial, con ejercicios de gravedad reducida, vuelos de entrenamiento y prácticas vinculadas con las operaciones del transbordador. También hizo lo que mejor hacía: preparó las actividades educativas que realizaría durante el vuelo.
Su presencia despertó una enorme atención pública, pero ella seguía pensando en lo que encontraría al regresar a su casa y su escuela. Para ella, el viaje no significaba abandonar su identidad de maestra, sino llevarla hasta un lugar donde nunca había llegado una docente. “Imaginen a un profesor de historia haciendo historia”, dijo días antes.

El día que el sueño se hacía realidad
Para enero de 1986, Christa ya había completado el entrenamiento que durante meses la preparó para viajar en el Challenger. Pero su misión no terminaba en sobrevivir a las exigencias de un vuelo espacial. Había preparado dos clases de 15 minutos que transmitiría desde la órbita para millones de estudiantes: la primera, un recorrido por el interior del transbordador y en la segunda, explicaría qué había aprendido la humanidad de la exploración espacial y hacia dónde podía avanzar. Su propósito seguía siendo el mismo que la había llevado a postularse: convertir una experiencia extraordinaria en una lección accesible para quienes la verían desde las aulas.
La expectativa creció a medida que se acercaba el lanzamiento. Christa ya era conocida en todo Estados Unidos y parte del mundo. Eso hizo que miles de estudiantes comenzaran a interesarse por la misión espacial de la que era parte.
En cada una de las entrevistas que daba hablaba sobre el viaje y de lo que significaba para ella llevar la mirada de una profesora al espacio. “Si te ofrecen un asiento en un cohete, no preguntes qué asiento. Simplemente sube”, le dijo a Johnny Carson cuando le preguntó sobre el entusiasmo que le despertaba la misión. Poco antes del despegue, en una conferencia de prensa en Cabo Cañaveral, cerró su intervención resumiendo su optimismo y su total confianza en el porvenir de las nuevas generaciones: “Que el futuro esté limitado solo por tus sueños”.
Sin embargo, las horas previas al lanzamiento estuvieron marcadas por una preocupación que terminó siendo decisiva. La noche anterior, las temperaturas en Florida descendieron muy por debajo de las habituales para un despegue y el hielo cubrió parte de la plataforma del Challenger. Ingenieros de Morton Thiokol, la empresa que fabricaba los cohetes propulsores, advirtieron que el frío podía afectar el funcionamiento de los anillos de sellado de uno de ellos y recomendaron no lanzar. La NASA discutió esos avisos durante la madrugada y finalmente autorizó la misión. Después de varios retrasos, el lanzamiento quedó fijado para la mañana del 28 de enero.
Christa llegó a la plataforma junto al comandante Francis Scobee, el piloto Michael Smith y los especialistas Ronald McNair, Ellison Onizuka, Judith Resnik y Gregory Jarvis. Saludó a quienes los esperaban y ocupó su lugar dentro de la nave. En tierra estaban su esposo Steven, sus hijos Scott y Caroline, sus padres, familiares, amigos, colegas y alumnos que seguían el lanzamiento con una expectativa que se extendía mucho más allá de Concord. A las 11:38, los motores se encendieron y el Challenger comenzó a elevarse sobre el Centro Espacial Kennedy. Durante los primeros segundos, la misión parecía avanzar exactamente como estaba previsto. Christa estaba rumbo al espacio.
Los 73 segundos que cambiaron la historia
El Challenger ascendía sobre Cabo Cañaveral cuando, a los 73 segundos del lanzamiento, una llamarada apareció junto al cohete propulsor derecho. El fuego alcanzó el tanque externo de combustible y la estructura de la nave dejó de responder a las condiciones del vuelo. A más de 15 kilómetros de altura, el transbordador se desintegró ante la mirada de los espectadores reunidos en Florida y de millones de personas que seguían la transmisión por televisión. Durante unos instantes, nadie parecía comprender lo que acababa de ocurrir. Después llegó el silencio y, con él, la confirmación de que los siete tripulantes habían muerto.
La investigación posterior determinó que el accidente se originó en los anillos de sellado de uno de los cohetes propulsores. Las bajas temperaturas de aquella mañana afectaron su capacidad para mantener el cierre y permitieron la fuga de gases calientes que inició la cadena de fallas. La Comisión Rogers, creada para investigar la tragedia, también cuestionó las decisiones que llevaron a autorizar el lanzamiento pese a las advertencias de los ingenieros. El desastre expuso problemas técnicos y fallas en la comunicación y en la toma de decisiones dentro de la NASA, que suspendió los vuelos del programa durante 32 meses.
Para los niños y niñas que esperaban ver a su maestra dando una clase desde el espacio, la tragedia convirtió aquella transmisión en una imagen imborrable que los enlutó por meses. La misión y lamentable muerte de Christa hicieron que el país entero volviera la mirada hacia el espacio, pero esta vez para comprender sus riesgos y recordar a quienes habían perdido la vida intentando llegar más lejos.
Christa McAuliffe fue enterrada en el cementerio Blossom Hill, en Concord, la ciudad donde había construido su vida como profesora. Con el tiempo, su nombre quedó ligado a escuelas, becas, instituciones educativas y programas destinados a estudiantes; también fue llevado por un asteroide y un cráter lunar. En 2004 recibió de manera póstuma la Medalla de Honor Espacial del Congreso.





