Los bosques argentinos capturan unos 7.600 millones de toneladas de CO₂ al año y albergan hasta el 80% de la biodiversidad terrestre (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las empresas ya no solo buscan medir su impacto ambiental, también empiezan a identificar cuánto dependen de la naturaleza para sostener sus operaciones. El desafío es transformar esa dependencia en información verificable que permita anticipar riesgos y atraer inversiones hacia la conservación.

¿Qué ocurriría con una empresa si el agua que necesita para producir dejara de estar disponible, si se degradara el suelo del que depende o si desapareciera un ecosistema que protege su territorio? La pregunta - señala un informe realizado por el Foro de Servicios Ecosistémicos América Latina (FSC)- puede parecer ambiental, pero tiene una consecuencia cada vez más evidente: también es económica.

La calidad del agua, la salud de los suelos, la biodiversidad, la captura de carbono y otros servicios ecosistémicos pueden condicionar operaciones, cadenas de suministro y decisiones empresariales de largo plazo. En ese escenario, los bosques ocupan alrededor del 16% del territorio argentino, una superficie cercana a la extensión de España, y representan aproximadamente el 30% de las tierras del mundo. Además, capturan netamente unos 7.600 millones de toneladas de CO₂ al año y albergan hasta el 80% de la biodiversidad terrestre.

En Argentina, los bosques ocupan alrededor del 16% del territorio nacional, una superficie cercana a la extensión de España (CONICET)

La dimensión económica del problema también es significativa. Se estima que el 55% del valor del PIB total de América Latina y el Caribe depende de la naturaleza, mientras que los servicios ecosistémicos representan unos US$15,3 billones anuales en la región.

Para el Forest Stewardship Council (FSC) -una autoridad global en manejo forestal responsable- el desafío ya no consiste únicamente en determinar cuánto impacta una empresa sobre los ecosistemas, sino también cuánto depende de ellos y qué consecuencias tendría su deterioro. El problema es que buena parte de ese valor todavía no aparece en los balances empresariales: un bosque puede almacenar carbono, regular el agua, conservar biodiversidad y proteger el suelo sin recibir necesariamente una valoración económica directa. Sin embargo, su degradación puede traducirse en mayores costos, interrupciones productivas, riesgos para las cadenas de suministro y una mayor exposición al cambio climático. Por eso, medir y verificar esos beneficios se vuelve una herramienta para orientar decisiones empresariales y financieras.

La dimensión tampoco es exclusivamente ambiental o financiera. Los servicios ecosistémicos tienen un impacto directo sobre el bienestar de las comunidades, la calidad de vida y el desarrollo de las actividades productivas. Conservarlos implica sostener recursos esenciales, reducir vulnerabilidades y preservar las condiciones naturales de las que dependen tanto las personas como las empresas.

Se estima que el 55% del valor del PIB total de América Latina y el Caribe depende de la naturaleza, mientras que los servicios ecosistémicos representan unos US$15,3 billones anuales en la región (EFE/Pablo Moraga)

En esa transición, medir se vuelve una herramienta estratégica. La evidencia sobre los servicios ecosistémicos puede respaldar reportes, monitorear compromisos ambientales, identificar riesgos y dependencias relacionados con la naturaleza y, al mismo tiempo, aportar información para orientar decisiones de inversión y asignación de capital.

FSC incorporó esta discusión en su “Marco Estratégico de Clima y Biodiversidad 2026-2032″, que plantea entre sus prioridades ampliar el acceso al financiamiento mediante la participación de instituciones financieras y fortalecer los sistemas de datos, monitoreo y evidencia. El objetivo es que los resultados ambientales puedan ser utilizados de manera confiable en mercados, reportes corporativos y decisiones de inversión.

El Foro de Servicios Ecosistémicos América Latina, sostiene que los servicios ecosistémicos tienen un impacto directo sobre el bienestar de las comunidades y la calidad de vida (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para avanzar en ese sentido, FSC desarrolló “Impacto Verificado”, una herramienta destinada a generar evidencia sobre siete servicios ecosistémicos: biodiversidad, almacenamiento y captura de carbono, agua, conservación de suelos, recreación, valores culturales y calidad del aire. El sistema permite cuantificar impactos y someter los resultados a procesos de verificación por terceros, aportando mayor credibilidad para respaldar compromisos ambientales y decisiones financieras.

La diferencia es sustancial: medir permite conocer qué ocurrió; verificar permite demostrarlo. Esa trazabilidad puede ser clave para que los beneficios de conservar un ecosistema dejen de quedar únicamente en el terreno de las declaraciones ambientales y comiencen a formar parte de conversaciones vinculadas con riesgo, rentabilidad y financiamiento.

La FSC plantea que la pregunta ya no es sólo qué huella de carbono deja una operación, sino que  incorpora otras: qué recursos naturales son estratégicos, qué riesgos podrían aparecer si se deterioran y qué inversiones permitirían reducir esas vulnerabilidades (Shadow Footprint)

La discusión resulta especialmente relevante para las actividades vinculadas al territorio y a los recursos naturales. Una caída en la calidad del agua puede afectar una operación; la pérdida de fertilidad del suelo puede reducir la productividad; la disminución de la biodiversidad puede alterar servicios esenciales; y la degradación de los bosques puede incrementar la exposición frente a determinados riesgos climáticos.

Identificar esas dependencias permite pasar de una lógica reactiva a una de planificación. La pregunta deja de ser únicamente qué huella deja una operación para incorporar otras: qué recursos naturales son estratégicos, qué riesgos podrían aparecer si se deterioran y qué inversiones permitirían reducir esas vulnerabilidades.

El desafío, sin embargo, sigue siendo complejo, asegura el informe del el Foro de Servicios Ecosistémicos. A diferencia de un activo financiero convencional, el valor de un ecosistema no puede resumirse fácilmente en una única variable. Su importancia surge de múltiples funciones que interactúan entre sí y que, en muchos casos, sostienen actividades económicas sin aparecer directamente en sus estructuras de costos.