La ‘operación rescate’ de Julián Álvarez en el Atlético de Madrid. (Europa Press)

No ha sido un verano fácil para Julián Álvarez. Tampoco para el Atlético de Madrid ni sus aficionados. Han pasado más de dos meses de aquel famoso: “Lo mejor para todos es una transferencia”, y la situación con La Araña está en su punto más frío y complicado desde que puso un pie en el Metropolitano. Mañana hay otro partido, contra un rival duro: el Athletic Club. Será el primer encuentro fuera de casa que los colchoneros disputen en LaLiga. Después vendrá la Champions. Pero hay algo claro: si los rojiblancos quieren aspirar a algo esta temporada, necesitan del mejor Julian. Y el Cholo lo sabe. Está convocado para San Mamés.

“Está entrenando muy bien. Esperamos lo mejor de él como todos sus compañeros”, dijo Simeone en la rueda de prensa previa al partido. No hubo reproche en sus palabras: “La vida está llena de oportunidades y esta es una que se le presenta a Julián para ajustar un montón de situaciones en su vida”, añadió. Porque ahora el vestuario debe estar unido para alcanzar los objetivos. Y eso también incluye al 19.

Sin embargo, y como todo el mundo sabe, Julián no está. Al menos no al 100%. Se quería ir. “Quiero cumplir mi sueño”, dijo en mitad del Mundial 2026. El problema es que su pretensión era irse a un rival directo, el FC Barcelona, que no podía pagar la elevada suma que, en un principio, puso el Real Madrid: 150 millones de euros. Una oferta de Florentino Pérez con la que mató dos pájaros de un tiro. Por un lado, cumplía su promesa electoral; por otro, impedía que el máximo rival se hiciera con uno de los mejores delanteros del mundo.

Pero detrás de esas palabras hay una cuestión que va mucho más allá del mercado, de los clubes o de las cláusulas. ¿Qué le ocurre a un futbolista cuando quiere irse de un club, no consigue hacerlo y tiene que volver a competir con normalidad en ese mismo lugar? “Lo más relevante no es simplemente querer marcharse y no poder hacerlo. Es experimentar que una decisión muy importante sobre tu propia vida depende de variables que no controlas: el club, una cláusula, una negociación, otro equipo, el mercado o incluso la reacción de la afición”, explica Luis Antón, psicólogo deportivo en IPSIA, a Infobae.

La incertidumbre de lo que pueda pasar mantiene al futbolista en un estado de alerta constante. Y cuanto más se prolonga esa situación, más difícil puede resultar cerrar el problema mentalmente. “Lo más desgastante puede ser llegar a una situación del tipo: ‘Quiero cambiar esto, estoy haciendo cosas para cambiarlo, pero la consecuencia no depende de mi conducta’. Ahí aparece la sensación de incontrolabilidad”, dice el experto.

En el caso de Julián, además, apareció otra variable: la relación con la grada. El delantero recibió pitos de una parte de la afición, de manera que el problema dejó de estar únicamente en su futuro profesional. “Ya no solo está en juego tu futuro profesional, sino también tu pertenencia al grupo”, apunta Antón. Eso no significa que Julián esté afectado psicológicamente. Eso habrá que preguntárselo a él o al club. Sí sabemos, en cambio, que está atravesando un contexto de presión.

Julián Álvarez en el banquillo del Atlético de Madrid. (EFE/ Kiko Huesca)

El riesgo de empezar a jugar para no fallar

Y esa presión se puede trasladar al césped. No obstante, no necesariamente en forma de una pérdida evidente de velocidad o de físico. Puede aparecer antes, en la cabeza. El fútbol exige al jugador estar atento de manera constante a un enorme número de estímulos: balón, compañero, rival, espacio, portería. La presión puede introducir otros, los que, según Antón, están relacionados “con la amenaza: pitido, error anterior, grada, consecuencia de fallar”.

A partir de ahí aparece un problema. El futbolista puede jugar más pendiente de evitar el siguiente error que de buscar la siguiente acción. También puede producirse la llamada reinvestment, la tendencia a controlar conscientemente movimientos que normalmente están automatizados. Un jugador como Julián no necesita pensar cómo controlar un balón. Pero bajo presión puede empezar a supervisar movimientos que antes ejecutaba sin pensar: “No falles”, “Controla bien”, “Asegura este pase”. “El problema no es necesariamente que el jugador sea más lento físicamente. Puede ser que tarde unas décimas más en seleccionar la respuesta. Y en fútbol de élite unas décimas pueden separar del éxito”, sentencia Antón.

Julián Álvarez tras el pitido final contra el Villarreal. (EFE/Kiko Huesca)

Y si Julián cambia lo que siente

La historia, sin embargo, no está escrita. Quedarse en un club del que querías marcharte no implica necesariamente estar condenado a jugar mal. Tampoco significa que la frustración vaya a mantenerse intacta durante toda la temporada. Si Julián vuelve a jugar, marca, sus compañeros le buscan, Simeone confía en él y el equipo gana, el contexto puede empezar a adquirir otro significado. “Las personas no reaccionamos indefinidamente a lo que queríamos hace tres meses. Nuestro comportamiento también va adaptándose a las consecuencias actuales”, subraya el psicólogo.

En ese proceso, el papel de Simeone y de los compañeros puede ser decisivo. “El equipo puede crear contingencias alternativas”, explica. El entrenador puede mantenerlo dentro del grupo, sus compañeros seguir buscándolo y el capitán respaldarlo. Después de un error, volver a darle la pelota. El futbolista recibe entonces dos mensajes distintos. El primero procede de la grada: “Te rechazamos”. El otro, mucho más próximo, del vestuario: “Sigues siendo uno de nosotros y seguimos esperando que participes”.

Para que eso funcione, no basta con los comunicados. “El apoyo real no consiste únicamente en decir públicamente que confían en él. Consiste en seguir buscándolo durante los partidos, darle el balón después de un error y comportarse con él como con cualquier otro compañero importante del grupo”. Y eso es precisamente lo que busca el Cholo Simeone en los entrenamientos.

El delantero argentino Julián Álvarez vuelve a los entrenamientos con el Atlético de Madrid (EFE/ Kiko Huesca)

Con la mirada en el derbi

Hay además un punto en el que Antón no duda: proteger a un futbolista no significa apartarlo indefinidamente del escenario que le genera presión. “Si está en condiciones de jugar, tiene que jugar”, sostiene. Evitar constantemente los partidos o los ambientes que generan tensión puede terminar reforzando la sensación de que son lugares de los que hay que escapar. “La mejor forma de cambiar esa relación es que vuelva a exponerse al contexto, pueda ejecutar, tenga buenas acciones y compruebe que sigue teniendo capacidad para influir sobre lo que ocurre”.

Eso empezará ahora. Con el mercado ya cerrado. Los tres partidos siguientes serán fuera de casa (San Mamés, Anfield y Anoeta); suficiente para que Julián coja ritmo y recupere sensaciones. Después vendrá la prueba de fuego, el miércoles 16, ante Osasuna, cuatro días antes del derbi, ambos en casa. Ahí se verá si Julián está con el Atlético de Madrid.