Leer en la zona de peligro: Gabriel Giorgi sobre Distancias íntimas
Además me gustó mucho que escuchemos a Claudia en su voz, ¿no? Porque hay algo del registro tonal de la voz de Claudia, pero que... cómo se trafica en la escritura, que me parece que está bueno que haya sucedido. Y además lo que leyó Claudia era justamente el comienzo de lo que yo había pensado. Era

Además me gustó mucho que escuchemos a Claudia en su voz, ¿no? Porque hay algo del registro tonal de la voz de Claudia, pero que... cómo se trafica en la escritura, que me parece que está bueno que haya sucedido.
Y además lo que leyó Claudia era justamente el comienzo de lo que yo había pensado. Era la historia, porque me parece una historia hermosísima, la historia del chico y la chica atravesados por la lectura. Así que simplemente les solicito que recuerden lo que contó Claudia, ¿no? Un chico y una chica... «Zona de peligro», dice. Y la chica que le dice: «Pasó eso, pero pasó otra cosa también».
Ese momento en el que algo se desliza porque surge algo que ella dice: es una orientación por la vitalidad. Porque dice que hay escrituras —y cito a Claudia— «que liberan territorios ocupados».
Me gusta mucho esta historia. Es una historia menor y, por lo tanto, a la vez excepcional y cotidiana, donde emerge una fuerza que a la vez desorienta y reorienta cuerpos; una fuerza que aquí viene de la mano de la lectura. Pero que a la vez saca a la lectura de un repertorio más o menos estabilizado de sentido, de algunas fórmulas familiares: «la crisis de la lectura», «la crisis de la atención», «la automatización del leer», el «nadie lee nada». Sentidos que no dejan de tener urgencia y realidad, pero que aquí, en distancias íntimas, aparece otra cosa: algo que saca a las lecturas de las historias incesantes de las bibliotecas y que dejan aparecer un impulso siempre un poco ciego, que se sacude de los marcos de lectura dados. Los marcos de lectura son reconocibles, ¿no?
Creo que el libro de Claudia se toma la tarea de pensar y escribir qué es esa otra cosa que aparece en la lectura, y que aparece hoy, en este ahora: ¿qué es el leer hoy?
Esa pregunta, creo, es la que insiste. Escuchemos a Claudia. A veces tardo en exceso, pero déjame reponer su voz en otra voz. Cito:
«Si escribir tiene que ver con leer, leer tiene que ver con escuchar. Hay una intimidad distante entre estas dos operaciones. Mientras leo, mientras escucho, se me quedan pegadas algunas notas. Notas en el sentido musical del término: vibraciones, tonos. Frecuencias a veces imperceptibles para el oído, pero que toman el cuerpo. La escritura es la única operación, el único tratamiento para esos tocamientos. Escribir, tocar el cuerpo», decía Gabriel recién. «Lo pienso como una especie de incomodidad, una picazón muy específica que solo puede rascar la escritura. Solo así, mediante esa operación, se puede pasar a otra cosa. Sin embargo, la escritura no es una respuesta, mucho menos una respuesta automática. Conozco la molestia de tener el cuerpo repartido entre esas recepciones y la cosa diaria, la gestión de vivir: escuchas que no ingresan a un umbral de audibilidad, lecturas que no arrojan legibilidad. A veces me digo: pude haberla arrancado de raíz, ahogado, aplastado; pude haberla transformado en un hobby, un pasatiempo. En cambio, hice de esa incomodidad un ejercicio, una práctica, un cultivo: entrenar la recepción, volver audible, transmisible algo de eso».
Así arranca... No sé si arranca, pero así arranca el libro.
Distancias íntimas articula un léxico singular sobre la lectura, un léxico que reorienta nuestras ideas sobre el leer, la interpretación, el lugar... incluso el lugar del libro. El léxico incluye categorías como: escucha, resonancia, error, errancia, y fundamentalmente el sueño como territorio de juego de la lectura.
El libro toma así distancia de vocabularios previos, ¿no?: discurso, marco de inteligibilidad, interpretación, fijación de sentidos, debates... Sobre todo desde ese horizonte tan nítidamente textualista y hermenéutico que en gran medida ha modelado nuestras ideas sobre la lectura. Acá la lectura entra en otros juegos, en otros desplazamientos, en otros emplazamientos. Apunta claramente hacia la escucha, hacia la vibración, hacia ciertos confines del cuerpo que no son solo los del sentido, sino que trabajan mucho más cerca de los sentidos, ¿no? Lo que se oye y lo que se toca.
«Lecturas que no arrojan legibilidad», dice Claudia. Disimetría, disonancia, podríamos decir, entre lectura y legibilidad. Trabajar sobre esa esquina opaca. Y esa esquina opaca está hecha aquí del umbral de lo inaudible que imanta lo sensorial, porque hace de la lectura una especie de atractor y de activador de fuerzas.
¿Qué es leer hoy, ahora? Me interesa mucho la posibilidad de volver a pensar la lectura a partir de las coordenadas singulares de nuestra época. Y creo que Distancias íntimas nos da muchas herramientas para eso. Muy tentativamente, me gustaría situar la pregunta por la lectura a partir de algunas líneas que creo podemos reconocer.
Por un lado, claramente, la captura de la atención y la saturación de provocaciones que parecen caracterizar las esferas públicas en el presente, en el momento en el que son modeladas o al menos intervenidas por tecnologías reticulares y bajo el signo de las ultraderechas: aturdimiento gestionado. ¿Qué significa leer en el contexto de aturdimiento gestionado? Una captura y un modelado del tiempo y de los afectos que hace de la lectura un choque episódico.
Por otro lado, claramente la otra coordenada: la automatización de la lectura a partir de una inteligencia artificial que trabaja el sentido como cálculo probabilístico, donde leer significa el trazado de un promedio de sentidos disponibles: el sentido es la media probable, la estadística victoriosa en el océano de lo ya dicho.
Hace poco le pregunté a DeepSeek, la plataforma de inteligencia artificial con la que mantengo una especie de relación, de lazo —no sé cómo llamarlo—, le pregunté: «¿Cómo escucha la inteligencia artificial?». La respuesta fue muy interesante. La inteligencia artificial me dijo: «Convierte las vibraciones en números y produce sentido transformando esos números en la respuesta matemáticamente más probable». Es también —y les aseguro que me dijo esto, cito a DeepSeek—: «Una escucha huérfana, que oye todo pero que no significa nada».
En todo caso, subrayo esa idea de la escucha y la lectura: la conversión en número para modular la respuesta matemáticamente probable. Ahí hay una configuración del sentido, sobre todo una configuración de lo que llamamos el desacople.
Saturación afectiva, captura atencional, régimen de sentido automatizado: sitúan en esa encrucijada la pregunta por la lectura, y es ahí donde subrayo el «leer es escuchar» de Claudia. Una configuración política, tecnológica y afectiva que, por así decirlo, atraviesa la práctica del leer y le demarca inflexiones históricas propias.
Ahí es donde, creo, Distancias íntimas adquiere una fuerza singular, porque hace de la lectura una especie de infraestructura del sentido, abriéndola hacia la vibración y la resonancia más que a la representación, la idea o el significado. Lectura, escritura y lenguaje se vuelven tráfico acústico y háptico; modos del contacto que eluden y desvían tanto el agotamiento afectivo como la estandarización automatizada.
Entonces, «leer es escuchar» es una consigna que tiene muchas resonancias, ¿no? Un gritito de los que se deberían tirar, pero bueno. «Leer es escuchar» es en gran medida esa trama: entramar una sintonía de desvío, tanto del aturdimiento incitado como del régimen de probabilidad del sentido. Y es ahí donde entra uno de los grandes gestos de este libro para mí, que es el que se juega en relación a la errancia: el buen error, ¿no?
¿Qué es la errancia acá? Una errancia que para mí tiene resonancias de Clarice Lispector, ¿no?, otra gran escritora de la lectura y de la lectura como errancia, en ese libro tan precioso. Entonces, ¿qué es la errancia aquí? Es la gran posibilidad de que eso que no coincide con la verdad imperante, con el régimen de verdad de la época, eso que la época marca como el error, como lo incongruente, como la disonancia... Es ahí donde vuelvo a situar el trabajo —que acá también tiene resonancias freudianas muy fuertes— de la lectura.
Venimos, creo, de un cierto cartesianismo de la lectura: la premisa de que leer implica la suspensión de la relación con lo que nos rodea, un pliegue sellado hacia adentro que interrumpe toda apertura hacia el exterior y que, por el contrario, se vuelve sobre su propio silencio. Llamamos «lectura silenciosa» a esto. Una fórmula bastante misteriosa.
La escucha interrumpe eso, lo embarra. Se abre a los ecos de eso que se trafica en una escritura y activa las voces que la atraviesan. «Leer con los oídos», dice María Moreno. Como si en esa práctica de lectura que solemos asignar a lo inteligible, lo abstracto, lo conceptual, ahí se recupera una trama sensible a partir de lo que en la escucha activa involucra una sensorialidad propia. Si leer es escuchar, la lectura es un campo de vibraciones, de resonancias y disonancias. Algo en esto nos exige un cambio de vocabulario en nuestros modos de pensar el libro y la práctica misma de la lectura.
Pero no se trata solamente de una inflexión sensible: en Distancias íntimas la escucha se anuda a la trama de los sueños...
PARTE 2:
(Intervención: El leer y el soñar, telepatía como intimidad, lo indómito y lo que no es infierno)
...trama entre el leer y el soñar, ¿no? Que me parece que es uno de los grandes aciertos de este libro, una de las grandes incitaciones, digamos, ¿no? Como si fuese una agencia en la que los sueños se vuelven casi contiguos a la lectura. Escuchen este momento del texto de Claudia:
«El campo aural ingresa al sueño, dispara flechas, direcciona la lectura. "Yo solo tengo esta pobre antena que me transmite lo que decís", cantaba Charly García en 1994. La poesía, las canciones, los sueños hacen eco de una transmisión. La transferencia o transmisión de pensamiento, conocida como telepatía, coincide con la eclosión de formas de comunicación y posibilidades de representación que se sucedieron entre finales del siglo XVIII y continuaron a lo largo del siglo XIX: el telégrafo, la fotografía, el teléfono, el fonógrafo, el gramófono. El inglés Luckhurst propuso traducir el pathos de la telepatía no como pasión, sino como intimidad».
Fin de cita. Por eso estos ensayos se leen como historias.
Historias hechas de planos, de sedimentos activos, de superposiciones donde textos, memorias, temporalidades, sospechas y verdades se friccionan sobre eso que llamamos lectura. Hay un indómito que se anuncia ahí.
Por eso, ¿qué significa leer hoy? Abrir la posibilidad de algo que apunta al subsuelo de los lenguajes reconocibles, de las verdades dadas. Una suerte de inmersión o de ascensión, pero que en todo caso nos saca de un plano de realidad sin sacarnos del laboratorio de lo real. Un pase de magia. Hace paso, un moverse. Que la lectura vuelva a ser la activación de esas aventuras, justo en el momento cuando nos quieren agotadas, exhaustas, cautivas en la captura de la atención y en la conversión numérica de las finanzas y de la deuda.
Cierro con otra cita final de Claudia:
«Cuando miramos detenidamente un cielo con nubes y su pasaje de formas, incluso las imágenes más tenebrosas están en movimiento. Vienen de una forma, van hacia otras formas. Como si allí —pienso ahora— pudieran encontrar lo que no es infierno en el infierno, y estuviera abocada a la tarea que nos encomienda Italo Calvino en Las ciudades invisibles: "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio"».
Entonces, situar ahí, en ese espacio, en ese hacer durar de lo que no es infierno en medio del infierno, ahí es donde se sitúa la práctica de la lectura.
Era eso. Gracias.

